viernes, 14 de octubre de 2011

DÍA PRIMERO - DÍA TERCERO


Taller de Acompañamiento Espiritual
Vicaría Zona Oeste

Día Primero


"Un acompañamiento espiritual, es una ayuda que un hombre ofrece a otro, para que crezca en su fe y sea él mismo en la realización de la voluntad de Dios"

"...es una ayuda que un cristiano presta a otro, para hacerle capaz de escuchar la comunicación de Dios, de crecer en familiaridad con Él y de traducir en su vida las consecuencias de esta relación".


El acompañamiento espiritual es un encuentro, en que la búsqueda de Dios y de su voluntad es el centro y principal objetivo.


La actitud principal del acompañamiento es la acogida profundamente respetuosa y sin condiciones... tocamos así el campo del amor, pues el respeto es el núcleo del amor y la acogida su forma.  Esta acogida no se logrará si el acompañante no se acepta a sí mismo... un acompañante inteligente, prudente y piadoso, a quien le falta la suficiente aceptación de sí mismo, corre el peligro de hacer mucho daño.  Con una deficiente autoestima se puede buscar (en el acompañamiento), aún sin darse cuenta, gratificación y crear una exagerada dependencia. Pero lo más complicado es que no podrá acoger y aceptar sin condiciones al acompañado, en situaciones difíciles, precisamente porque él mismo no se acepta.

El más importante requisito del acompañante espiritual, para su servicio, es que la fe se haya hecho de tal manera carne y sangre en él, que haya llegado a una alta dosis de aceptación de sí mismo... así podrá ayudar a otro a observar la comunicación de Dios en su vida, a acogerla según sus fuerzas y a vivir en coherencia con ella. 

"La gracia supone la naturaleza"  en el acompañamiento hay que enfrentarse a una serie de fenómenos perturbadores, que a veces causan dificultades considerables, pero que si son bien abordados, pueden transformarse en un pozo de gracia real.


"Como mi ayer está hoy"
Para poder ayudar, es necesario entrar en la historia (en este caso familiar), para:
·        convivir con libertad con la herencia,
·        para reparar nuestro ayer y aprender a vivir en paz,
·        entrar en comunión con una historia (familia) más real, dejando de lado las descalificaciones o idealizaciones,
porque así también podemos entender conductas y modos de pensar nuestros y acoger a otros tal cual son.

Las relaciones con la sociedad y, especialmente, con papás y hermanos marcan para bien o para mal... hay que reconocer esas marcas para hacernos libres, para querer y para ser íntegros. 

Sabemos que nuestros padres o hermanos ha tenido aciertos y errores con nosotros... nosotros juzgamos y no miramos con ojos adultos para perdonar y agradecer. Acarreamos conflictos no resueltos que pueden cargarse a otros (transferencia).


            Para poder meterse en la propia historia hay que tener en cuenta que:
·        comenzamos un trabajo delicado que requiere paciencia y destierra los juicios,
·        hay que darse tiempo y libertad, para sentir "lo que salga"... los sentimientos no tienen moralidad (nuestras conductas sí),
·        necesitamos libertad para recordar, asociar, ligar un hecho con otro.




Taller de Acompañamiento Espiritual
Vicaría Zona Oeste



Día Tercero
 

El difícil arte de amarse a sí mismo[1]

"No hay virtud más difícil de alcanzar que el amarse a sí mismo".

Para reconciliarse con las sombras de los demás, hay que haber aprendido, con anterioridad, el difícil arte de amarse a sí mismo. 

Hablar de amor propio tiene connotaciones muy negativas.  Siempre se ha condenado esta actitud, dentro de nuestra espiritualidad cristiana, como si se tratara de algo indigno y pecaminoso.  Se le valora poco, pues parece ser un obstáculo para el verdadero amor que consiste en abrirse al encuentro y comunión con otras personas.

Sin embargo, los datos psicológicos y las recomendaciones evangélicas nos abren a otra perspectiva bastante diferente.  Mientras la persona no sea capaz de amarse a sí misma, reconciliarse con sus limitaciones, aceptar sus sombras y desajustes interiores, tampoco podrá amar al prójimo con sus deficiencias y fallos.  Jesús vuelve a insistir en esta verdad cuando le responde al escriba sobre cual es el primero de todos los mandamientos: después de hacer referencia al texto conocido del Deuteronomio (6,4-5) de amar al Señor "con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas", añade de forma explícita "amarás a tu prójimo como a tí mismo" (Mc. 12, 31).  En este caso el amor hacia sí mismo posibilita y condiciona el cariño a los demás.

La persona por lo tanto debe aprender a vivir, pacífica y armoniosamente, con una serie de elementos con los que había luchado a muerte para vencerlos y eliminarlos.  Es el comienzo de una difícil y dolorosa convivencia pues ha descubierto que los tendrá como compañeros inseparables durante toda su historia. 

La persona incapaz de reconciliarse con elementos negativos que oculta en su adentro, ya sea porque no los conoce e ignora por completo, o bien porque no quiere aceptarlos de ninguna manera y preferiría mejor vivir sin experimentar su compañía, está imposibilitada también para comprender la existencia de esos mismos componentes en el corazón de otros.  El encuentro y la reconciliación con el prójimo comienza a pesar de las diferencias y limitaciones, cuando el sujeto sabe reconciliarse consigo mismo y se abre con cariño y benevolencia hacia el fondo más profundo y negativo de su verdad.

El que no sabe amar a los demás no es porque se quiere demasiado a sí mismo, sino porque no se ama lo suficiente.  Nadie llega a quererse hasta que no llega a aceptarse como es y no como le hubiera gustado haber sido.  Es necesario reconciliarse con los propios límites, sin que esto signifique cruzarse de brazos o quedar satisfecho;  Reconocer que somos autores de ciertos capítulos o páginas de nuestra historia, que preferiríamos no haber vivido... que existen al menos algunos párrafos o frases que nos gustaría borrar del todo para no volver a leerlos.  Es, en una palabra, abrazarse con la propia pequeñez y finitud, sin nostalgias infantiles, con una mirada realista, llena de comprensión y ternura (como la de Dios)  y sin que falte un cierta dosis de humor.




[1] Eduardo López Aspitarte, LA BIOGRAFÍA DEL AMOR HUMANO, Cuaderno de Espiritualidad, Nº 117, CEI, Chile.