sábado, 15 de octubre de 2011

PROCESOS Y ESTRUCTURAS PARA EL ACOMPAÑAMIENTO VOCACIONAL




Pbro. Dr. Carlos E. Silva 

Objetivo: Presentar el acontecimiento vocacional como un proceso en el cual es fundamental conseguir unos objetivos que se realiza a través del acompañamiento personal y grupal. Que el alumno adquiera la convicción de que es necesario cultivar procesos para poder ayudar a los jóvenes en su camino vocacional. Que conozca también cómo se realizan esos procesos.
           
Contenido fundamental: El proceso de una vocación (1). Etapas y contenidos de cada una de ellas (2). Los itinerarios vocacionales y formativos (4). Perspectivas bíblicas del acompañamiento: la pedagogía de Dios en el A.T.; el acompañamiento de Jesús a las personas y al grupo discipular en el NT (3). La dinámica de los grupos humanos y su contenido vocacional (7). Las estructuras para el acompañamiento grupal: catequesis vocacional, círculos vocacionales, etapas previas, etc. (5) La entrevista como medio fundamental. Entrenamiento para la entrevista (6).

En primer lugar, me hago eco de los temas anteriores que ha dictado ITEPAL. En segundo lugar, asumo esta propuesta desde dos temas fundamentales: los procesos vocacionales y el acompañamiento personal y grupal. Hace más de 27 años que trabajo en “Pastoral Vocacional”. En el 2009 fui invitado por el CELAM a participar de la comisión que redactora del II Congreso Latinoamericano y del Caribe recientemente celebrado. Tanto la preparación, como el Congreso en Costa Rica fue una “gran Lectio Divina” de Lucas 5, 1- 12. Su lema fue: “Maestro…, en tu nombre echaré las redes” (Lc 5, 5).

Nuestro punto de partida es la realidad.   
Con corazón pastoral contemplamos una realidad nueva y cambiante a la vez (Cf. Cf. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en Aparecida 2007, 19; a partir de ahora DA). Estamos a la orilla de un cambio de época, de un gigantesco cambio cultural y de paradigmas (Cf. DA 33; 44; 56) que provoca “una crisis de sentido” (DA 38). Dado que es imposible describirlo en su totalidad, observaremos algunos factores que inciden en los procesos vocacionales. Nos interesan cuatro aspectos: a) las carencias humano-afectivas y la subjetividad de los jóvenes, que desafían a nuevos procesos vocacionales y formativos, b) la dificultad que tienen para hacer opciones definitivas o mantenerlas y, a la vez, el hecho de que las toman rápidamente, c) cierta tendencia a la depresión o al narcisismo en muchos de ellos, d) la falta de figuras paternas o de referentes maduros en muchos. También encontramos, en algunos de ellos: identidades sexuales no cerradas, falta de verdadera libertad, atención a necesidades y no a valores, cuadros de inestabilidad emocional y de indefinición profesional.
           
Un aspecto a tener en cuenta al hablar de procesos y de acompañamiento: antes eran las familias las que evangelizaban, hoy son las parroquias y movimientos los que proponen la fe, el discipulado y la misión. En el plano vocacional se agrega otro problema: la pobreza conduce al analfabetismo; son muchos los que no terminaron ni terminarán sus estudios secundarios.

Capítulo 1
El proceso de una vocación

El término vocación viene del latín (vocatio) y significa, esencialmente, llamado. Cada uno lo siente en su interior como atracción, aspiración, interés o motivación. Se revela progresivamente a lo largo de la vida, más intensamente durante la juventud. Aunque a veces tiene similitud con el de otros, siempre es personal. Todos tenemos una vocación. Se trata de encontrarla y realizarla. No es únicamente “lo que me gusta”. Tampoco es una imposición divina o “destino”. Porque viene de Dios es un don amoroso. Porque exige una respuesta, es una misión intransferible.

                                    El concepto de vocación
La vocación es la voluntad de Dios Padre que, en Cristo, se manifiesta por el Espíritu Santo como llamado y espera una respuesta libre y responsable de quien lo recibe.

La voluntad de Dios es “el sueño” de Dios Padre, su designio de felicidad y salvación para todo el género humano (Cf. 1 Tim 2, 4). Se revela en Cristo. Se manifiesta por el Espíritu Santo y, gracias a Él, es posible conocerla y discernirla. La oración y la vida de cada uno han de hacerse según esa voluntad (Cf. Jn 5, 14; Heb 13, 21).

La vocación es un llamado que Dios dirige a la conciencia de cada uno, a lo más profundo de cada persona y modifica radicalmente la existencia de quien lo recibe pues orienta y sella -positivamente- su futuro. Es un don, pues Dios llama a quién quiere, cuando quiere y como quiere. Es una gracia (Cf. Flp 2, 13). Es personal, pues va dirigido a la persona concreta. Es integral, porque involucra la totalidad del sujeto y provoca el crecimiento de todos los aspectos del ser humano. Abarca toda la historia personal, da una visión global de uno mismo y permite una respuesta total por la que se vive y hasta se muere. Es permanente, porque engloba la totalidad de la vida y es “para siempre”. Es dinámico y exige renovación. Es carismático y tiene en cuenta los talentos de cada uno. Es concreto -es a “algo”- y es situacional. Responde a una realidad objetiva, a una situación histórica y a un desafío específico. Es para el bien de los hermanos. Es llamado a la vida escatológi­ca y a la gloria eterna (Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen Gentium 48 y 51 -a partir de ahora LG- y Constitución Dogmática Gaudium et Spes 22 y 25, a partir de ahora GS). Se revela a través de signos que el llamado ha de discernir.  

Dios, que llama, espera una respuesta libre y responsable de parte de quien lo recibe. El llamado capacita a la persona para responder y la hace responsable del mismo. Tanto el llamado, como la respuesta conciente, determinan el sentido de la vida. La respuesta permite re-significar toda la vida desde la vocación recibida.

La voluntad de Dios se manifiesta como un único llamado que posee tres dimensiones: la humana o antropológica, la cristiana o bautismal y la específica o eclesial. Se manifiesta como un único llamado que posee tres estados de vida: el laical, el sacerdotal y el religioso-consagrado. Desde el bautismo, cada uno de ellos tiene una dimensión misionera y es vocación a la santidad. En efecto, las vocaciones específicas están orientadas hacia la santidad de los fieles y de la Iglesia misma (Cf. LG 39- 42).

La vocación es un proceso
La vocación se descubre y realiza en la historia. Es un proceso. El término viene del latín y refiere a un conjunto de acciones o actividades sistematizadas, coordinadas u organizadas, que se realizan -alternativa o simultáneamente- con un fin determinado. El término tiene significados diferentes según la rama de la ciencia en que se utilice. De la presente definición destacamos tres elementos: a) hablamos de acciones y actividades; b) estas se realizan sistemáticamente, en forma coordinada y organizada; c) persiguen un fin.

Podemos hablar de procesos psicológicos, pastorales, espirituales y  vocacionales. El proceso psicológico es el camino entre el yo real y el yo ideal. Su fruto es la identidad personal. Desde el punto de vista pastoral distinguimos eventos de procesos. Los primeros se realizan en un tiempo y un lugar determinado. Están dirigidos a grupos o masas. Los procesos pastorales suponen objetivos, tiempo, mediaciones y están centrados en las personas. Algunos incluyen cierto tipo de eventos. Éstos, no siempre forman parte de un proceso. Nos preguntamos: ¿proponemos eventos o procesos en nuestras pastorales? Aparecida habla de distintos procesos. Indica que pueden ser: culturales (Cf. DA 45), globales (Cf. DA 61), de movilidad humana (Cf. DA 73), electorales (Cf. DA 74), de inculturación (Cf. DA 94), de trasmisión de la fe (Cf. DA 204), de conversión (Cf. DA 245), de crecimiento (Cf. DA 249), de formación (Cf. DA 276), de discernimiento vocacional (Cf. DA 294), catequéticos (Cf. DA 298), de iniciación cristiana (Cf. DA 300), en los seminarios (Cf. DA 319), educativos (Cf. DA 334, 337 y 338), de renovación misionera (Cf. DA 365), de evangelización (Cf. DA 399), de re-educación de presos (Cf. DA 427 y 429), de acompañamiento vocacional (Cf. DA 446), de formación permanente (Cf. DA 518), de integración de países (Cf. DA 528), etc.

El proceso espiritual es una actitud permanente de búsqueda y de concreción de la voluntad de Dios. También el misterio de la vocación es un proceso, pues incluye un tiempo de búsqueda, discernimiento, mediaciones, acciones coordinadas, actividades, opciones, objetivos y propuestas formativas. El proceso vocacional ha de ir acompañado de procesos pastorales y espirituales previos, paralelos y, a la vez, complementarios. Supone la fe, presumen la oración y la vida espiritual. Conduce al servicio, la entrega y el compromiso. Es un tiempo de crecimiento, maduración y conversión. El marco del proceso vocacional es la Iglesia y su misión.

El punto de partida es el nacimiento natural y el nacimiento sobrenatural. El bautismo nos compromete con el estilo de vida de Jesús, los valores del Reino, una espiritualidad de filiación y fraternidad. La meta es la realización personal y la santidad. Entre el punto de partida humano-cristiano y la meta, se impone un proceso. En efecto, la Iglesia -asamblea de convocados- ha de proponer acciones, itinerarios, etapas, que permitan a cada uno ser lo que Dios pide que sea.

Los procesos vocacionales están íntimamente relacionados con los catequéticos y juveniles. El punto de encuentro entre la Pastoral Juvenil y la animación vocacional es la elaboración de un proyecto de vida. ¿Cuándo proponerlo? Por un lado, Pastoral Juvenil piensa un proceso en tres etapas: nucleación, iniciación-crecimiento y militancia. Por otro, el servicio de animación vocacional-pastoral vocacional también indica tres etapas a partir de Itaicí: despertar, discernir y acompañar la vocación. No puede haber Pastoral Juvenil sin animación vocacional. Surge la pregunta: ¿cuándo tender puentes? Opinamos que en la segunda etapa de Pastoral Juvenil, es decir, a partir de la etapa de “iniciación-crecimiento”. Siguiendo a Itaicí podemos hacer la siguiente propuesta integradora:
           
            Nucleación
                        I_____ Iniciación__________ Militancia (PJ).
                                    Despertar...
                                    Discernir ________    Acompañar (SAV-PV)        
 

                Coincidimos con Dutra Pessoa y afirmamos que el proceso vocacional pasa por tres etapas. Ellas son:

 

DESCUBRIMIENTO de la vocación            MADURACIÓN        CONFIRMACION
                                                                        1ra etapa          2da etapa
Búsqueda
Conciencia bautismal                                      Exploración     Compromiso
Conversión                                                      Retiros             Testimonio
Comunidad                                                     Inicio de la crisis
                                                                        Dificultades                                                   
                                                                        Enamoramientos                     Opción
                                                                        Elección                                  Concreción                             
Despertar vocacional            Acompañamiento/discernimiento    Vocación específica
Conciencia de la vocación                              Inseguridad- huida
como “estado”                                                            Regreso- crecimiento
Servicio de Animación (SAV-PV)                 Acompañamiento         Acompañamiento
                                                                        Vocaciones eclesiales Vocación específica
                        __________________________________________________

Primera etapa del proceso: búsqueda y despertar vocacional
La temática fundamental de la etapa es la dimensión humana o antropológica y la dimensión cristiana o bautismal de la vocación.

Nos situamos entre los dieciséis y dieciocho años. Pensamos en jóvenes que están agrupados y tienen un cierto sentido de pertenencia al grupo, la parroquia o el movimiento. Entre la familia -hoy fragmentada- y una compleja red de vínculos donde encontramos amigos, compañeros de trabajo y/o estudio, vecinos, profesores, etc., se hace necesario un espacio intermedio, capaz de generar vínculos personales. Es el grupo juvenil. Es un espacio mayor que la familia y menor que un centro educativo. Aporta auto-conocimiento, vínculos, conciencia de los problemas sociales, experiencia de trabajo en equipo y de pequeñas opciones. Contribuye a la vivencia de un Cristo joven y de una Iglesia viva. Desde él se descubre la comunidad mayor: la Parroquia y, desde ella, la Iglesia. Se descubre una fe comprometida y se pasa de una visión ingenua e idealista de la Iglesia a una visión más real, a la experiencia de “ser Iglesia”. Se pasa a la importante experiencia de orar, hacer análisis de realidad, juzgar desde la Palabra de Dios y actuar. Se hace la opción por los valores de Cristo. Esto será fundamental para el proceso vocacional. En esta etapa es importante descubrir la Pastoral de Adolescentes, la Pastoral Juvenil o el movimiento. Por eso, es recomendable que los grupos participen -junto a otros grupos- de misiones, servicio a los pobres, campamentos de trabajo, etc. En cada uno de ellos es fácil observar líderes y jóvenes con inquietudes. El grupo genera interrogantes y pone a cada uno en actitud de búsqueda. A ellos se les puede proponer comenzar un proceso vocacional-espiritual.

Tres elementos sobresalen durante la primera etapa y constituyen el despertar vocacional: la búsqueda de la identidad personal, la conciencia del compromiso bautismal y el descubrimiento de que cada uno “tiene” vocación. La psicología moderna opina que la personalidad se forja entre el nacimiento y los siete años de edad y que, en la adolescencia, se da como un nuevo nacimiento. Lo experimentamos en la vida pastoral. En esta etapa se da un redescubrimiento de uno mismo, de los otros y de Dios. Este conocimiento progresivo no es lineal. Se da en medio de dificultades, pruebas y crisis. Durante la adolescencia y la juventud se consolida la identidad personal. Aparece el tema de la profesión y de lo que se va a hacer. Para ello, se exploran las propias cualidades, capacidades, potencialidades y se establecen vínculos que serán importantes para la búsqueda. La motivación principal es a hacer algo, más que a ser alguien. Simultáneamente, comienza la reflexión sobre el futuro y la vocación personal. En términos espirituales, se redescubre el compromiso bautismal, se da una primera conversión y una vivencia de la comunidad eclesial. Surge el sentido de pertenencia a una comunidad concreta. Comienza el servicio de animación vocacional-pastoral vocacional.

Es importante distinguir profesión de vocación. Profesión, o vocación con minúscula, es un aspecto de la vocación, pero no es “la” vocación. Tiene relación con el “hacer y el saber hacer”. Supone una actividad que incluye un período de capacitación -corrientemente en un centro de estudios especializados- en atención a las cualidades personales. Se expresa en un título profesional y en muchos casos, en un grado académico. En términos generales, en una profesión se integran de manera más o menos armónica los intereses y las aptitudes personales. Coincidimos con Super que afirma que la profesión es la realización del concepto que la persona tiene de sí misma, lo que indica un proyecto de auto-realización. Tiedman y O´Hara dicen que la profesión es auto-desarrollo del yo-en-situación. El yo-en-situación sería la identidad del yo. Aquí ubicamos todas las profesiones: enfermera, maestro, carpintero, etc.

Holland y Roe indican que la profesión se vincula a la personalidad y describen seis tipos de personalidad: 1) realista, 2) intelectual, 3) social, 4) convencional, 5) emprendedora y 6) artística. Así, una personalidad realista puede inducir al estudio de ciencias sociales o una personalidad social a estudiar psicología. Para los citados autores, la estabilidad profesional está en relación con el grado de integración de la orientación profesional o laboral. Si la persona integra a su vida la profesión u oficio logra un grado de auto-realización y de satisfacción importante. Algunas veces, la elección de la profesión tiene su raíz en el contexto y en la influencia de la propia familia. Así, la hija de una maestra tiende a elegir la profesión de su madre.  

Vocación –o “Vocación” con mayúscula- es el término que designa una realidad más amplia. Abarca el proyecto vital, implica el llamado que cada uno recibe de parte de Dios y la respuesta que da a lo largo de la vida. Determina el ser. La voz de Dios se manifiesta desde las situaciones históricas, del mundo y de la cultura contemporánea. A la vez, desarrolla las cualidades y talentos de la persona. La Vocación es yo-en-situación en el contexto de la historia de la salvación. Es llamado-voluntad de Dios que habla desde la realidad y desde las cualidades que Él mismo da para la misión. Es respuesta que involucra a la persona y se realiza en la historia. La escuela de Rulla afirma que la Vocación es la realización del ideal de sí mismo y no del concepto de uno mismo que, como ya dijimos, corresponde a una profesión. El yo ideal es mucho más que un mirarse con auto-aceptación, es motivación que hace trascender al yo-real para que llegue a ser yo-ideal o ideal vocacional. El ideal vocacional incluye los ideales propios y los ideales que la Iglesia tiene para esa Vocación particular. El paso del yo-real al yo-ideal supone un proceso.

Mientras que la profesión u oficio supone vacaciones y jubilaciones, la vocación es para siempre, como se es madre para siempre. Se puede ser maestro -o maestra- por un tiempo, en cambio una madre nunca se jubila de madre, sólo cambia su actitud ante el hijo.

Constatamos una dificultad durante el proceso vocacional y, en especial, en esta etapa: discernir entre profesión y vocación. La elección es entre dos o más profesiones por un lado y entre dos o más vocaciones por otro. Aunque las opciones se den simultáneamente, es distinto elegir entre estudiar ingeniería o abogacía por un lado y contraer matrimonio con esta o aquella persona. Tampoco es lo mismo responder a Dios desde el sacerdocio o desde la vida matrimonial. La búsqueda de la voluntad de Dios se ha de hacer, pues, desde realidades diferentes ya que una afecta el hacer y la otra al ser, como ya afirmamos.

En esta etapa, la Animación Vocacional (SAV) puede invitar a reflexionar y a que cada uno se descubra en “estado vocacional”, es decir, ante el desafío de comenzar una búsqueda vocacional en sentido amplio. El proceso parte de la realidad de cada uno-en-situación. Invita a la búsqueda y a la construcción de la identidad personal (¿quién soy?). Genera interrogantes como: ¿qué es la vida?, ¿cómo deseo vivir?, ¿cuál es el sentido de la vida humana y, en especial, de mi vida?  Durante el proceso se ha de ver con claridad el concepto de vocación y de profesión. El segundo aporte consiste en ayudar a descubrir los propios talentos pues el proceso lleva a la misión (sentido de vida), propone la vivencia profunda del amor (¿para quién vivir?) y se realiza en el tiempo, en lugares concretos y en la historia. Incluye dos preguntas fundamentales: ¿quién es Dios? y ¿qué respuesta me hará feliz? Tanto el llamado como la respuesta se dan en un contexto de fe y a partir del encuentro con Cristo Vivo

Segunda etapa del proceso: maduración y discernimiento vocacional
La temática fundamental de la etapa es la dimensión cristiana o bautismal y la dimensión específica o eclesial de la vocación.

Estamos ante un tiempo de maduración y elección. A ella se retorna, dinámicamente, a lo largo de la vida. En esta etapa del proceso, la sociedad y la cultura presentan “caminos infinitos”. También, obstáculos y tentaciones, como: seguir siendo adolescentes, individualismo, superficialidad o una elección provisoria. Pueden ser obstáculos para la decisión vocacional: la imagen de Dios, la auto-percepción, la baja auto-estima, la dificultad para amar o de dejarse amar, vínculos no sanos que no han sido trabajados, el  temor a equivocarse o ciertas condicionantes ambientales. La decisión ha de permitir que cada uno sea protagonista de su propio futuro. Por eso, es importante que el Servicio de Animación Vocacional (SAV) ofrezca un clima de acogida y la posibilidad del acompañamiento vocacional-espiritual personalizado, de tal manera que el joven pueda encontrar un espacio para confrontar su proceso. Es la etapa de los primeros retiros, de la exploración de vocaciones específicas y, a la vez, de las crisis, las dificultades, los noviazgos. A veces, aparecen síntomas de inseguridad o miedos. También, es la etapa también del testimonio. Éste surge del encuentro con Cristo Vivo, la integración a la comunidad, la vivencia de los sacramentos, la oración personal y el servicio de la caridad. La opción implica “tomar la vida en las manos” y optar por un estilo de vida.

Tercera etapa del proceso: confirmación de la vocación personal y acompañamiento durante la formación inicial
La temática fundamental de la etapa es la dimensión cristiana o bautismal y la dimensión específica o eclesial de la vocación.

La opción por un estado de vida. causa consolación: paz, alegría, aumento de fe, esperanza, caridad, etc. Szentmártoni afirma que la Vocación se descubre entre los doce y los dieciséis años, aunque se la concreta varios años después. El autor agrega que, cuando hablamos de vocaciones adultas, estamos más bien hablando de un descubrimiento tardío de la propia vocación. En la presente etapa el joven tiene ante sí un triple desafío: crecer como persona, como discípulo misionero de Jesucristo y concretar su vocación específica.

            La motivación inicial, que antes permanecía unida a otras motivaciones, ahora se hace clara y se convierte en el núcleo integrador de la personalidad. Una vocación consagrada comienza, por ejemplo, por la influencia positiva de personas significativas -sacerdote, religio­sa, educador, o madre- por una experiencia de fe “fundante” como la misión o el voluntariado, una situación límite que ayuda a reflexionar, una lectura, un retiro, el ingreso de un amigo a la casa de formación, etc. Algunas motivaciones iniciales deberán purificarse o completarse con el tiempo. Recuerdo a “A” que ingresó a una casa de formación pensando que era la única forma de seguir a Cristo en profundidad. Progresivamente descubrió el valor de cada vocación y el que todas ellas son formas de seguir a Cristo. Fue así tomando conciencia de que realmente el Señor lo llamaba al sacerdocio. Su motivación inicial se había clarificado y purificado. 
  
Recuerdo también una persona a la que llamaremos “B”. Sintió que Dios lo llamaba a la vida sacerdotal y dio su primera respuesta. Durante el camino formativo tomó conciencia que, aunque había cambiado su geografía, seguía siendo el mismo. Era el “viejo B”. El “nuevo B” le exigía crecer como persona, madurar su dimensión afectiva, ser más responsable en el estudio, tomarse en serio la oración, procurar ser más libre y vencerse a sí mismo en algunos aspectos. “B” descubrió que debía organizar sus tiempos, cambiar el método de estudio, aprender nuevas formas de oración, superar su timidez, ensayar nuevas formas de interacción. Las tres dimensiones de su vocación: la humana, la cristiana y la específica lo desafiaban a cambiar, a ser mejor. También quien opta por la vocación laical-matrimonial es llamado a un cambio. Asumir con responsabilidad el matrimonio y una familia exige atravesar fronteras donde la persona, el discípulo, el profesional intentarán ser mejores. La respuesta es siempre dinámica. Mientras el sujeto realiza su proceso humano-cristiano, se forma para un estado de vida[1].

Para el trabajo grupal:
1. ¿Qué etapas percibimos en los procesos vocacionales que acompañamos?
2.  ¿Cuáles podríamos proponer? 
3.  Compartir las etapas de la propia vocación.

Capítulo 2
Etapas y contenidos de cada una de ellas.

          El Primer Congreso Latinoamericano de Pastoral Vocacional celebrado en Itaicí, Brasil en 1994 pensó el proceso vocacional en tres etapas: despertar, discernir y acompañar la Vocación. El II Congreso Internacional: “Desarrollo de la Pastoral Vocacional en las Iglesias particulares: experiencias del pasado y programas para el futuro”, Roma 1981, había dicho que el proceso vocacional “se realiza especialmente en la comunidad parroquial” (número 43). 

1. Etapa del despertar
  Procura sensibilizar a niños, adolescentes y jóvenes sobre el tema “vocación”. Consiste en la presentación de la vocación humana, bautismal y específica, con sus tres estados de vida. Propone la toma de conciencia de que Dios Padre nos llama a ser personas, Dios Hijo nos llama a ser discípulos y Dios Espíritu Santo nos llama a una vocación-misión específica. En términos espirituales, la etapa supone una actitud de búsqueda, apertura y necesita del aporte específico de la Animación Vocacional (SAV).

Objetivo principal: despertar la búsqueda vocacional.

Cada uno ha de pasar del “soy lo que espero tener” al soy “lo que puedo desear y aprender”, hasta llegar al “soy lo que puedo ser”, al decir de Erikson. Cada uno ha de abrirse a lo que Dios le pide, descubriéndose en proceso vocacional

Primer objetivo específico: elaborar la identidad personal y afirmar la vocación humana. Supone que cada uno opte por ser y se proyecte hacia el futuro, pueda crecer y vencer la tentación de ser eternamente adolescente, logre salir de sí mismo para encontrar el “tú” y trascender, de un sentido a su vida y consiga vivir desde metas y valores propios, integrando su historia personal.

Segundo objetivo específico: optar por Cristo y la escuela del discipulado. Supone asumir el bautismo y la vocación cristiana, el estilo de vida del Maestro y las bienaventuranzas, el esfuerzo por participar de una comunidad de discípulos y el compromiso con los más necesitados.
             
Tercer objetivo específico: diferenciar profesión de vocación y conocer los distintos estados de vida. Supone libertad respuesta) y fidelidad interior (apertura vocacional), responsabilidad (coherencia en la (concreción).

La temática gira en torno a la vocación humana y bautismal. Incluye el compromiso pastoral. Al comienzo aparece una inquietud: “me gustaría...”, “podría ser”… o una imagen motivadora (“me gustaría ser como...”). La primera inquietud puede ser fruto de una fuerte experiencia de fe, una conversión profunda, el deseo de crecer, la necesidad de dar testimonio o las exigencias del grupo. Por lo general, la motivación inicial desencadena un proceso de búsqueda vocacional.

¿Qué corresponde al servicio de animación vocacional (SAV)? Proponer actividades que muevan a la reflexión y a la búsqueda. La propuesta ha de tener en cuenta las características de cada edad y ciertos criterios pedagógicos. 

Propuesta temática para niños y adolescentes
Edad: 8 a 10 años. Características: el niño es sensible al compañerismo, la amistad, el perdón y la solidaridad. Necesita tener -aunque no siempre sucede- una buena relación con la familia. Requiere espacios y tiempos para la recreación. En términos religiosos, es atraído por ciertas imágenes y tiene una oración sencilla, espontánea. Le gustan las narraciones Bíblicas y puede tomar algunos personajes bíblicos como modelo. En términos vocacionales es importante que perciba el llamado a conocer, seguir y querer a Jesús. Para ello proponemos: fomentar la lectura y ver películas religiosas, representar escenas bíblicas, tener momentos de oración personal, participar en las celebraciones litúrgicas.

Edad: 11 a 13 años. Características: necesidad de ser acompañados en experiencias nuevas como secundaria, de tener figuras familiares cercanas y con identidades sexuales cerradas, de integrar un grupo de amigos, de encontrar espacios de creatividad y diversión. Poseen deseos de paz, amor, amistad, solidariedad y cercanía. A nivel religioso van formando -o deberían formar- la conciencia de bien y mal, afirmando valores propios. Es la etapa de nuevas respuestas religiosas: las suyas. A nivel vocacional, la búsqueda de identidad lleva a ciertas motivaciones como: “quiero ser como…” En esta etapa proponemos: integración al grupo eclesial y/o al grupo de monaguillos, cultivar la oración personal y comunitaria, la responsabilidad en el sacramento de la reconciliación y la Eucaristía, la escucha de la Palabra de Dios y la cercanía concreta a quienes sufren. El contenido fundamental a trasmitir es: “llamados a valorar la vida y la amistad”. Otros temas a tener en cuenta son: el grupo, la amistad, la familia, la vida, el crecimiento, la sexualidad, la fe, hombres y mujeres de fe en la Biblia, Jesús, la Iglesia (la Parroquia), el perdón, la reconciliación, la Eucaristía

Propuesta temática para adolescentes y jóvenes
Edad: 14- 16 años. Características psicológicas: búsqueda de identidad personal y sexual y de valores, especialmente autoestima, amistad, seguridad, libertad, equilibrio, justicia, servicio. Por lo general son soñadores, sensibles, críticos, imitadores. Toman conciencia de sus heridas humano-afectivas. Necesitan figuras significativas y definidas, vínculos cercanos, afirmar los comportamientos éticos y estéticos. A nivel religioso tienen necesidad de un encuentro con Dios desde nuevas categorías para comenzar una nueva forma de oración y de búsqueda religiosa. A nivel vocacional es el momento de presentar las distintas vocaciones de la Iglesia. El objetivo es: ayudarlos a crecer como personas, a que cada uno se conozca, valore y construya, a expresar los propios sentimientos y vivencias a través de gestos y signos, a buscar el encuentro con Jesús-Amigo en una Iglesia “viva”. Un tema impostergable en esta edad es lo afectivo-sexual, sobre todo en países, donde el Estado propone la “educación sexual” sin los valores del Evangelio. En algunas regiones comienzan a esta edad la preparación al sacramento de la Confirmación. Es un tiempo de formación y compromiso eclesial. Es importante ayudarlos a descubrir el dinamismo de los sacramentos, la oración y de la Palabra de Dios para orientar una etapa de cambios profundos.

Dos temas prioritarios son el llamado a ser personas y la vocación bautismal. Podríamos resumir ese contenido de la siguiente forma: "llamados a crecer en la fe y el amor". En esta etapa proponemos: presentar las distintas vocaciones de la Iglesia como importantes y complementarias. Dios llamará a cada uno a ser laico, sacerdote o religioso-consagrado. Otros temas son: amistad, noviazgo, educación sexual, compromiso con el grupo, la familia, la naturaleza y la Iglesia. Los cambios psíquicos, físicos, afectivos, sexuales, culturales, la aceptación personal y la auto-estima, los valores y las opciones que se van haciendo.

Edad: 17 y 18 años. Características psicológicas: identificación personal y afectivo-sexual, desarrollo de la autoestima, experiencia de amor personal, búsqueda de la propia identidad, socialización, deseo de libertad. Valoran la naturaleza, la fiesta y el tiempo libre. Algunos buscan moverse en torno a valores y dar un sentido a sus vidas. Otros presentan: carencias afectivas, de integración afectivo-sexual, relativizan los valores, poseen indecisión profesional o se evaden a través del alcohol, la droga, el sexo, la violencia, la TV o internet. En esos casos es prioritario ofrecer alternativas de maduración. A nivel religioso pueden tener una fuerte experiencia de Dios desde lo simbólico. A veces, presentan una fe poco cuestionada y cuestionadora. Necesitan testimonios, más que palabras. El servicio de animación vocacional (SAV) ha de ofrecer espacios de maduración personal y grupal, de formación cristiana, de encuentro con Cristo. Ha de proponer asumir la vida como vocación que pide una respuesta de fidelidad y compromiso en la Iglesia y en el mundo. Puede proponer, en comunión con las parroquias o los movimientos eclesiales, experiencias para la construcción de la propia personalidad, posibilidad de buscar y dar un sentido a la vida, servicio misionero o voluntariado, oración en torno a la Palabra de Dios, etc.

            Edad: 18 años en adelante. Características. Más allá de su cultura, los jóvenes tienen interrogantes a las que desea encontrar una respuesta adecuada. La búsqueda es señal de vitalidad, crecimiento, deseo de identidad. Les plantea una primera y fundamental opción: ser o cerrarse en un yo consumista, narcisista, insensible… Les concede la oportunidad de una nueva opción por Jesucristo. El acompañamiento en esta etapa consistirá, fundamentalmente, en despertar a los “por qué”, a la reflexión, al deseo de construir la propia vida, a la necesidad de hacer un proceso vocacional.  

Contenidos de la etapa del despertar
El primer contenido básico es el llamado a ser personas. Es uno de nuestros dos “cimientos” para decidir luego la propia opción de vida. Es la vocación fundamental. La vida es un don y un misterio. No depende totalmente de nosotros, pero somos responsables de ella. Hace unos años fui invitado a orientar un retiro vocacional en una parroquia rural. Al llegar el párroco me dijo: “hubo un intento de suicidio. Habla del valor de la vida”. Es una época caracterizada por una crisis de sentido; nosotros podemos darle un sentido unitario (Cf. DA 37- 38 y 42). La pregunta existencial que está en la base de tal desafío es: ¿para qué vivir?

La antropología teológica nos dice que la vida viene de Dios que es Padre y Creador y que va hacia Él. La antropología filosófica nos indica que encierra el llamado a ser personas. Estas dos verdades se complementan. Es la dimensión humana o antropológica de la vocación.
                       
            Cada sujeto puede decirse a sí mismo: ¿quién soy yo? y puede responder diciendo: soy un cuerpo, un cuerpo sexuado. Por él entramos en relación con el mundo y tenemos conciencia de espacio. A la vez, soy un ser inteligente, entendiendo aquí inteligencia como capacidad de reflexión y de conciencia. Soy capaz de saber quién soy y decidir que haré y seré en la vida. Soy capaz de conocer y de conocerme, de comprender y de comprenderme, de buscar la verdad y de oponerme al engaño.
                       
            La visión global del hombre nos indica que es ser-en-relación. Hablando desde la fenomenología podemos decir que tomamos conciencia de quiénes somos cuando entramos en relación con el otro. Cada uno se reconoce a sí mismo desde el otro y desde los otros. En el encuentro con el otro descubrimos realmente quienes somos y nos ponemos en contacto con nuestro verdadero ser. El tú es el punto de partida del propio conocimiento. Nos construimos a nosotros mismos diciendo: “tú”. Desde el tú afirmamos nuestro yo. Desde el otro y los otros nos descubrimos a nosotros mismos. El reconocimiento del tú es el punto de partida de la propia identidad. Es, por ejemplo, la experiencia de la amistad. Del encuentro, cada amigo sale distinto y enriquecido. El amigo permite reconocer el misterio más profundo de uno mismo. San Elredo de Escocia afirma que la verdadera amistad es espiritual y supone sentimientos y razón. Cada uno se auto-conoce y es auto-consciente cuando encuentra a los amigos. De ahí, la importancia de la amistad y de los amigos en la vida. Se crece con y gracias a ellos.

            El hombre es un ser capaz de amar y de ser amado, es comunicación de personas y es reconocimiento del yo personal que se descubre diferente al encontrarse con el yo amado. Así como un niño se descubre diferente cuando su madre y familia pronuncian su nombre, cada uno se encuentra a sí mismo cuanto su nombre es dicho por quienes lo aman: familia, amigos, novia, novio, hijos. A diferencia del positivismo de Comte que decía que el hombre individual es una abstracción y que lo concreto es la humanidad, creemos que la persona es sujeto conciente y que su mayor conciencia es la de amar y ser amado. Lo concreto son quienes amamos y nos aman. El amor nos descubre diferentes y capaces de comunión. El amor lleva a la felicidad. Por la amistad y el amor, el hombre se transforma en un misterio de auto-conocimiento y auto-donación. Ni el amor ni la amistad son búsqueda de uno mismo, sino entrega. Ellos son los verdaderos vehículos de la relación inter-personal, del movimiento hacia el tú y el nosotros. Sólo quien ama y es amado llega a experimentar la vida en plenitud. Cada uno ha de descubrirse: ser-para-los-otros. Somos conciencia de potencialidad, afecto y posibilidad de trascendencia. También somos límite, debilidad y sufrimiento.

            Max Scheler en su “El puesto del Hombre en el cosmos”, diferencia entre persona e individuo. El último se adapta al medio, está masificado. La persona es capaz de transformar y dar un sentido a su vida. Asumimos este concepto y, con Marichal, afirmamos que el individuo se relaciona desde el conflicto y usa a los demás. Está solo en la sociedad, es egocéntrico, autoritario y busca imponerse. Se siente perseguido, se mueve según sus necesidades y deseos, se atiende a sí mismo y se relaciona desde un inconciente contrato de no-agresión.

La persona, por su parte, se relaciona desde la solidaridad, tratando a cada uno como igual. Propone la vida en comunidad y es democrática en sus actitudes. Busca el  encuentro y la comunicación. Da fraternidad y amistad, genera seguridad y libertad. Tiende a la alteridad; por ello, ha de ir al mundo -no salirse de él- para arrojarse a la aventura de hacerse a sí mismo y dar sentido a su existencia. El ser persona no se hereda, se conquista. La tarea de serlo incluye el drama de la soledad, pues no todos se esfuerzan por ser personas. Cada uno llega a ser en la medida en que se descubre en-la-historia y con historia. La tentación es instalarse y continuar siendo individuo-nadie. Tal tentación se vence desde el amor. Para SER, hemos de darle un sentido a la vida.

La persona se realiza amando; es lo que reafirma Rulla con su teoría de la “auto-trascendencia por el amor”. Quien ama es capaz de trascender y es capaz de ser persona. El amor, más aún, el amar, da sentido a la vida. Quien ama trata a los demás como personas, busca inter-actuar, impulsa y procura una relación yo-tú; sabe convivir; crea reciprocidad; vive una vida con sentido y ayuda a descubrirla. Sólo quien ama responde a la interrogante ¿para qué vivir? y la transforma en: ¿para quiénes he de vivir? El amar también abre a Dios. Estamos de acuerdo con Víctor Frank que dice que, lo que da sentido a la existencia, es la auto-donación. El sentido absoluto de la vida lo da Dios, el que no falla y está siempre presente. Quien tiene un “para qué vivir”, encuentra la forma de darse. La antropología filosófica, más que explicar el cómo vivir, muestra el para qué vivir. Se propone encontrar en qué condiciones vale la pena vivir. Nos preguntamos: ¿qué motivos tengo para vivir? ¿Qué cosas y personas dan sentido a mi vida? La capacidad de darle un sentido a la vida revela el grado de madurez de cada uno. En definitiva, Dios llama a todos a ser personas. Es la dimensión humana o antropológica de la Vocación. Es la Vocación humana.

El proceso vocacional incluye una búsqueda antropológica. Ser persona es: hacerse ser. La construcción real de una vocación depende -al comienzo- de la voluntad de ser y de crecer en la dimensión humano-afectiva. Depende de la experiencia de amar y ser amados. La inmadurez humano-afectiva obstaculiza el crecimiento de otras dimensiones, de ahí su importancia. Recuerdo a un joven -al que llamaremos “C”- que me visitó una vez. Por un lado, no podía separarse de su madre, buscaba agradarla y esperaba su opinión sobre todo. Tenía grandes dificultades para optar. Por otro, había roto la comunicación con su padre y no lo veía desde hacía muchos años. Temía casarse y repetir la experiencia de divorcio de sus padres. Él mismo se sentía dividido internamente. Había dejado de estudiar y cambiaba con frecuencia de trabajo. Un joven así deberá cultivar su dimensión afectiva, libertad, responsabilidad y capacidad de opción. Sólo entonces estará en condiciones de elaborar un proyecto de vida. De ahí que, la primera tarea de los animadores vocacionales es aportar herramientas para el crecimiento humano-afectivo y de la libertad. Con ellas, cada uno podrá construir y vivir un proyecto de vida. Una vida integrada, con sentido, supone metas futuras. Desde el yo real, lo que somos, al yo ideal o lo que estamos llamados a ser, hay un camino. Existe un proceso a realizar. El proceso antropológico supone valores y motivaciones. Ellos impulsan a ser personas y a una vida con sentido. El valor primordial es Dios mismo. Otros valores, como la familia y la fidelidad, son fundamentales. La motivación más profunda de la vida y el sentido de la vida se complementan y confunden.

El proceso según Kierkegaard. Para el filósofo el proceso antropológico pasa por tres estadios, etapas o estados que son “maneras de vivir la vida” y de entender el mundo. Ellos son: el estadio estético en el que el sujeto se mueve por lo que “me atrae y gusta”. La belleza exterior determina la forma de comportarme y de mirar la realidad. Es la postura típica de los adolescentes, románticos y seductores. Es común en nuestra época, tan marcada por el culto a la belleza y por una insatisfacción permanente ante ella. Aunque es una etapa para soñar despiertos, es cambiante e inestable. Quien permanece en ella sólo ve lo exterior y tiene dificultad para hacer opciones permanentes. El segundo estadio es el ético. Supone distinguir entre el bien y el mal y optar por el primero. La etapa estética mira hacia afuera, la ética hacia adentro. Hay aquí una doble elección: en primer lugar la persona se elige a sí mismo, opta por ser y busca la autenticidad. En segundo lugar, sale de sí misma y elige de manera estable y reflexiva sobre la base de la moral. Hay entonces un progreso: se descubre la belleza del bien y de la verdad (Cf. CC 1750- 1761 y 1776- 1802). En medio de una cultura con valores relativizados es fundamental impulsar hacia esta etapa. En tercer lugar, Kierkegaard habla del estadio religioso que permite entrar en relación con el Absoluto. El hombre lo necesita para encontrar un sentido trascendente a su vida. Él permite que “el hombre sea hombre” en plenitud, que trascienda al tiempo, al espacio y a sí mismo.

El proceso exige –además- integrar la historia personal y hacer conciente la herida primordial, es decir, aquella que está en la raíz de los miedos, reacciones, complejos y posturas. El proceso se realiza en el amor. Incluye revisar todo aquello que no es amor. Supone la realidad del mal. Mounier señala que la persona es un sujeto infinitamente complejo, que pide una conversión espiritual incesante (revolución personalista) y vive la expansión del espíritu (revolución comunitaria). Ambas expansiones llevan a una nueva visión del mundo (revolución ontológica). Si hay un problema vital para el hombre es la propia vida. Para Mounier, el corazón de la acción es la decisión interior. Existir es auto-realizarse, es optar por lo espiritual. Todo proyecto de vida tiene una dimensión comunitaria (Cf. CC 1877- 1896). El proceso personal tiene, como meta, la comunión con la familia humana y con Dios. En Dios el hombre alcanza la plenitud del ser y del existir. Juan Pablo II, en “Fides et Ratio” 26, se preguntaba: ¿tiene sentido la vida? ¿Hacia dónde se dirige? Respondía diciendo que ésta es la pregunta radical y genuinamente filosófica de la que no se sustrae hombre alguno. La respuesta a tal interrogante se realiza en la historia.

Resumimos el planteo a partir de tres imágenes: el turista, el protagonista y el peregrino. El primero “visita” el mundo, no se compromete en la construcción de su ser, se queda en la belleza exterior, elude responsabilidades y sacrificios. El protagonista se busca a sí mismo y asume compromisos para ser visto. No cultiva su persona, sino su figura. El peregrino es aquel que tiene una meta, ha elaborado e intenta cumplir un itinerario o proyecto de viaje, da sentido a su caminar y lo hace con-otros. Ha optado por el bien, la verdad y por construir la comunión con los demás en Dios. 

En síntesis, Dios Padre nos llama a ser personas. Tal Voluntad, en su dimensión humana o antropológica, es una vocación fundamental, común a todo ser humano. Podemos decir, de otra forma, que la vida tiene una dimensión vocacional, que no puede faltar en el proceso.

Los animadores vocacionales han de tener claro este punto. Siempre es importante verificar si el vocacionable ha madurado y crece como persona. La vida espiritual supone y necesita que la dimensión humana sea sólida. Es imposible pensar en una vocación específica sin las condiciones mínimas de desarrollo humano-afectivo y personales. La interrogante de Jesús -en Juan 1, 35- 42- “¿qué buscan?” es un desafío común a todos y conduce al esfuerzo de ser y de darle un sentido a la vida (Cf. DA 244). La vocación humano-afectiva es el cimiento de una opción profesional o vocacional. He aquí una misión al interno del servicio de animación vocacional (SAV)- Pastoral Vocacional y el desafío para quienes buscan ser. Un desafío para nuestras parroquias y movimientos, desde una Iglesia que es Maestra en humanidad: ayudar a ser, a ser personas.

Para el trabajo grupal: 
1- ¿Cómo ayudar a nuestros adolescentes y jóvenes a ser personas?
2-  ¿Cómo continuar nuestro proceso sin dejar de construirnos como personas?

Al decir de Menapache, en “La sal de la tierra”, Buenos Aires, 1977:
Es poco lo que aparece,
Y mucho lo que hay detrás;
Para poder comprenderlo
Parate hermano a pensar.
Que el pasto no da la leche
Por mirarlo y nada más;
La leche la da la vaca
Después de mucho rumiar.
El que es turista en la tierra,
Anda nomás por andar;
No llega a ninguna parte
Porque no busca llegar.

El segundo contenido es el llamado a ser discípulos de Jesucristo. Tal llamado, en su dimensión bautismal o cristológica, es una vocación común a todos los cristianos. La fe tiene una dimensión vocacional. El proceso ha de integrarla.

Jesús es el Maestro. El término aparece cuarenta y ocho veces en los Evangelios. Jesús acepta ser llamado Rabbí, es decir, Maestro. Él mismo se atribuye ese nombre (Cf. Jn 13, 13). Sus seguidores, aprendían a vivir teniéndolo en medio de ellos. Sin embargo, Jesús se distingue de los maestros de su tiempo. Generalmente el discipulado era a término, en cambio los discípulos de Jesús lo siguen durante toda la vida (Cf. Lc 9, 62). Mientras que aquellos servían a su maestro casi como los esclavos, los de Jesús son llamados amigos (Cf. Jn 15, 15). Aunque, en aquel tiempo las mujeres y los niños no eran considerados aptos para el discipulado, Jesús llama tanto a niños como a mujeres (Cf. Mc 10, 14 y Lc 8, 3). Mientras que los discípulos de un conocido maestro gozaban de fama y autoridad ante el pueblo, los de Jesús sufrirán persecución y calumnia (Cf. Mt 5, 11).

En la antigüedad, los maestros invitaban a sus discípulos a relacionarse con algo trascendente y los maestros de la Ley les planteaban la adhesión a la Ley de Moisés. Jesús invita a encontrarnos con Él y a que nos vinculemos estrechamente a Él, porque es la fuente de la vida (Cf. Jn 15, 5- 15) y tiene palabras de vida eterna (Cf. Jn 6, 68). En la convivencia cotidiana con Jesús y en la confrontación con los seguidores de otros maestros, los discípulos descubren dos puntos originales. Por una parte, no fueron ellos los que escogieron a su maestro, fue Jesús quien los eligió. Por otra, ellos no fueron convocados para algo (purificarse, aprender la Ley…), sino para Alguien. Fueron elegidos para vincularse íntimamente a una Persona (Cf. Mc 1, 17; 2, 14).

Los discípulos de Jesús aprenden a vivir según la voluntad del Padre y al mismo tiempo, descubren su vocación y asumen el riesgo de la cruz. Tal discipulado, más que un privilegio, es una responsabilidad. Ahora, el discípulo es el que tiene conciencia de haber sido llamado a estar con Él y a la misión La enseñanza fundamental de Jesucristo es su propia Vida, Pasión, Muerte y Resurrección.

“El sacramento del bautismo es el fundamento de toda vida cristiana” (CC 1213) y también de toda vocación. Nos hace miembros de Cristo. Él revela a cada hombre y a cada mujer su propio misterio (Cf. GS 22). La fe es un don. Por el bautismo somos llamados a ser discípulos. La fe cristiana parte del encuentro con la persona de Jesús, que suscita el deseo de seguirlo. “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DA 243). La pregunta existencial que está en la base de tal desafío es: ¿para quién voy a vivir?

Cristo es la respuesta a las grandes interrogantes de la vida. “En este momento, con incertidumbres en el corazón, nos preguntamos con Tomás: “¿Cómo vamos a saber el camino?” (Jn 14, 5). Jesús nos responde con una propuesta provocadora: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6). Él es el verdadero camino hacia el Padre, quien tanto amó al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna (cf. Jn 3, 16)” (DA 101). La respuesta que Cristo ofrece a la persona es una novedad, que supera los proyectos personales e invita a hacer un acto de fe en Él, en su Palabra: “en tu nombre echaré las redes” (Lc 5,5) (Cf. Pre-congreso vocacional, Managua 2010).

La llamada de Jesucristo es una invitación personal, Él “llama a los suyos por su nombre, y éstos lo siguen porque conocen su voz” (DA 277). Jesucristo nos llama por nuestro propio nombre, con nuestra historia, con nuestras cualidades y con nuestros defectos. “Ustedes no me eligieron a mí, he sido yo quien los eligió a ustedes y los he preparado para que vayan y den fruto, y ese fruto permanezca” (Jn 15,16).

La vocación se gesta y se construye en un diálogo inefable entre el amor de Dios que llama y la libertad del hombre que responde a Dios en el amor. “La admiración por la persona de Jesús, su llamada y su mirada de amor buscan suscitar una respuesta consciente y libre desde lo más íntimo del corazón del discípulo, una adhesión de toda su persona al saber que Cristo lo llama por su nombre (Cf. Jn 10, 3). Es un “sí” que compromete radicalmente la libertad del discípulo a entregarse a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida (Cf. Jn 14, 6). Es una respuesta de amor a quien lo amó primero “hasta el extremo” (Cf. Jn 13, 1). En este amor de Jesús madura la respuesta del discípulo: “Te seguiré adondequiera que vayas” (Lc 9, 57). (DA 136). “El cristiano corre la misma suerte del Señor, incluso hasta la cruz”. (DA 140).

La meta del llamado no somos, ni siquiera la transformación que produce en nosotros, sino la misión para la que Dios nos llama. “Al llamar a los suyos para que lo sigan, les da un encargo muy preciso: anunciar el evangelio del Reino a todas las naciones (Cf. Mt 28, 19; Lc 24, 46-48)”. (DA 144). “Al participar de esta misión, el discípulo camina hacia la santidad” (DA 148; Ibíd.) y lo acepta como único Maestro (Cf. Mt 23, 8; DA 136).

Como discípulos suyos sabemos que sus palabras son Espíritu y Vida (Cf. Jn 6, 63. 68; DA 105). Hemos de asumir el mandamiento del amor, el ejemplo de su obediencia filial, su compasión ante el más débil como estilo de vida (Cf. DA 138, 139) y su misión. Tal discipulado, vivido en comunidad, es una gracia (Cf. DA 18) y una misión (Cf. DA 146).

El proceso de todo discipulazo
                        El corazón espiritual de Aparecida es el número 278. Presenta cinco pasos:

                        El primer paso es el encuentro real y profundo con la Persona de Jesucristo Crucificado-Resucitado. Quienes serán sus discípulos ya lo buscan (Cf. Jn 1, 38), pero el Señor es quien los llama: “Sígueme” (Mc 1, 14; Mt 9, 9). Aunque el discípulo busque al Maestro, es Él quien lo busca primero. En el fondo, se trata de que cada uno se deje encontrar por Él. Este encuentro debe renovarse constantemente por el testimonio  personal y la acción misionera de la comunidad. Sin este encuentro fundante y kerygmático, no será posible elaborar un proyecto de vida. Sin el kerygma, los demás aspectos de este proceso están condenados a la esterilidad. Sólo así se da la posibilidad de una iniciación cristiana verdadera. El kerygma es, no solo el origen de la iniciación cristiana, sino el hilo conductor del proyecto (Cf. DA 278 a). La meta es una vida “en Cristo”. La meta final fue lo que llevó a San Pablo a exclamar: “y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20).  
           
                        El segundo paso es la conversión. No hay encuentro verdadero si éste no conduce a la conversión. De hecho, no es la persona la que se convierte, sino la que se deja convertir. Hablamos aquí no sólo de una conversión ética, sino a la Persona de Jesucristo. Supone pasar del yo real -es decir, de lo que soy- al yo ideal que es Cristo y a lo que estoy llamado a ser por el sacramento del bautismo y por vocación. Es la construcción del yo cristiano, del yo espiritual, de la persona espiritual. Es una conversión como discípulos y para ser mejores discípulos. Es un cambio que afecta a la persona en su totalidad, que afecta su forma de ser y de vivir (Cf. DA 278 b). Se actualiza cada vez que celebramos el sacramento de la reconciliación. 
 
            El tercer paso es el discipulado. La persona, que ama a Jesucristo, profundiza en el misterio de su Persona (Cf. DA 278 c). Se alimenta, por un lado con la oración personal y comunitaria y, por otro, con la Palabra de Dios. Es de fundamental importancia la catequesis permanente y la vida sacramental para que pueda perseverar en la vida cristiana y en la misión. Así discernirá e iluminará la realidad personal y circundante. “En el fiel cumplimiento de su vocación bautismal, el discípulo ha de tener en cuenta los desafíos que el mundo de hoy presenta a la Iglesia de Jesús, entre otros: el éxodo de fieles a las sectas y otros grupos religiosos; las corrientes culturales contrarias a Cristo y la Iglesia… la escasez de sacerdotes en muchos lugares, el cambio de paradigmas culturales, el fenómeno de la globalización, la secularización, los graves problemas de violencia, pobreza e injusticia, la creciente cultura de la muerte que afecta la vida en todas sus formas” (DA 185). El discípulo ha de tener una clara conciencia de la realidad.

            El discípulo ha de intentar vivir la misma gran opción de su Maestro: hacer la voluntad del Padre. Para ello, ha de imbuirse de sus sentimientos, ser sensible a los pobres y comprensivo con los pecadores, porque él mismo se sabe necesitado y pecador. Ha de ser cercano a sus semejantes (Cf. Mc 4, 3- 8. 26- 29; Lc 12, 16- 21) porque su Maestro fue cercano a los humildes y supo del hambre (Cf. Mt 4, 2), la sed (Cf. Jn 4, 7; 19, 28), el cansancio (Cf. Jn 4, 6- 7), la vida insegura y sin techo, la persecución, la angustia (Cf. Mt 26, 40), la negación (Cf. Lc 22, 55- 60) y el abandono (Cf. Mt 27, 46). La dinámica de la Encarnación llevó al Maestro a sufrir el dolor humano. La dinámica del discipulado lleva a ser solidarios con todas las situaciones humanas.

            El verdadero discípulo ha de ser un ser libre (Cf. Lc 16, 19- 26; Lc 19, 1- 10; Lc 12, 15- 21; Lc 16, 13; Lc 12, 33- 35), ha de abandonarse en las manos del Padre (Cf. Lc 12, 22- 31; Lc 15; Lc 11, 1- 13), ha de tener misericordia y compasión (Cf. Lc 6, 27- 38), ha de ser amigo (Cf. Lc 10, 17- 24). Ha de poseer sus valores (Cf. Lc 7, 11- 17; Lc 4, 38- 41) y  combatir las divisiones creadas por los hombres (Cf. Lc 10, 29- 37; Lc 7, 6; Lc 20, 46- 47), especialmente aquellas que deshumanizan (Cf. Lc 5, 17- 26; Lc 9, 12- 17; Lc 8, 22- 39; Lc 8, 42- 48). Para ello, ha de cultivar la oración, ha de tener una espiritualidad encarnada y una espiritualidad de comunión, una oración que prolongue la Creación y la Encarnación y que asuma la historia humana y la vida de la gente. Jesús nos enseña orar por los otros. Siempre, se ha de volver la mirada al Maestro La oración diaria del discípulo será un signo del primado de la gracia en el itinerario del discípulo-misionero. El proceso no puede sino apoyarse en la oración y en la Palabra.

El discípulo se alimenta de la Eucaristía pues “cultiva una relación de profunda amistad con Jesucristo y procura asumir la voluntad del Padre” (DA  255). La Eucaristía es Misterio de comunión con Dios, la Iglesia y la realidad social. No sólo es el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo, también lleva al compromiso con el prójimo (Cf. DA 251). “La Eucaristía, fuente inagotable de la vocación cristiana es, al mismo tiempo, fuente inextinguible del impulso misionero” (DA 252). Al decir de Benedicto XVI: “¡Sólo de la Eucaristía brotará la civilización del amor que transformará Latinoamérica y El Caribe para que además de ser el Continente de la esperanza, sea también el Continente del amor!” (DA 128).

El verdadero discípulo no puede creer “a su manera”. Ha de cultivar la participación en el espacio vital de la comunidad (Cf. DA 278 d). “La vida en comunidad es esencial a la vocación cristiana” (DA 164). “En la Eucaristía, se nutren las nuevas relaciones evangélicas que surgen de ser hijos e hijas del Padre, hermanos y hermanas en Cristo. La Iglesia que la celebra es “casa y escuela de comunión”, donde los discípulos comparten la misma fe, esperanza y amor al servicio de la misión evangelizadora” (DA 158). El discípulo ha de tener sentido de pertenencia a una comunidad pastoral y de vida (Cf. Ibíd.,). Quien es individualista es un mal discípulo. El buen discípulo es, a la vez, misionero (Cf. DA 184; 278 e). Jesús está presente en medio de una comunidad viva en la fe y en el amor fraterno. Allí cumple su promesa: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Está en todos los discípulos que procuran hacer suya la existencia de Jesús y vivir su propia vida escondida en la vida de Cristo” (Cf. Col 3, 3) (DA 256).

Este itinerario formativo de parte de la Iglesia y el proyecto de vida del discípulo se necesitan y complementan mutuamente. La puesta en marcha del proyecto de vida exige, por otra parte, testigos que avalen dicho proceso. El acompañamiento espiritual-vocacional es clave para que cada uno se encuentre y convierta a Jesucristo, asuma su historia personal como historia de salvación, integre su propia realidad de pecado y viva como gracia los sacramentos, especialmente la reconciliación y la Eucaristía. Tal discípulo no podrá contener su vivencia y será necesariamente misionero.

“Aparecida” agrega que son lugares o espacios para la formación de los discípulos: la familia, la parroquia, las pequeñas comunidades de vida, los movimientos y la educación.
           
Los cinco pilares sobre los que ha de apoyarse el discipulado son: oración, Palabra de Dios, Eucaristía-Reconciliación, vida fraterna y acompañamiento personalizado. Las parroquias, movimientos, etc. y la Animación Vocacional (SAV)--Pastoral Vocacional tienen su aporte específico en este itinerario.  

El Documento final de Aparecida agrega que se ha de “proponer a los jóvenes el encuentro con Jesucristo vivo y su seguimiento en la Iglesia, a la luz del Plan de Dios, que les garantiza la realización plena de su dignidad de ser humano, les impulsa a formar su personalidad y les propone una opción vocacional específica: el sacerdocio, la vida consagrada o el matrimonio. Durante el proceso de acompañamiento vocacional se irá introduciendo gradualmente a los jóvenes en la oración personal y la lectio divina, la frecuencia de los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación, la dirección espiritual y el apostolado” (DA 446 c). Éste numero es clave. Reafirma el proyecto de vida propuesto: un encuentro con Jesucristo vivo en la Iglesia, la conversión y el discipulado. Expresa claramente que el itinerario incluye una opción vocacional específica. He aquí el desafío para nuestras pastorales, movimientos y parroquias.

                        Recuerdo el encuentro con un joven al que llamaremos “D”. Salía de una situación límite, había tenido un encuentro con Cristo en la parroquia y quería seguirlo. Para expresar su conversión había dejado todo: pequeños bienes materiales, familia y estudio. En primer lugar lo ayudé a conocerse mejor, valorarse a sí mismo y a su familia, aceptar sus potencialidades y volver al estudio. Después, le sugerí leer el Evangelio de Mateo desde la pregunta: ¿cómo puedo seguir a Jesucristo?   

El seguimiento de Jesucristo en grupo -o pequeña comunidad- es fundamental. También es importante que la Animación Vocacional verifique que el vocacionable intenta vivir como discípulo. La vida espiritual supone y necesita que la dimensión cristiana sea sólida. Es imposible pensar en una vocación específica si la persona no vive como discípulo y en comunidad de discípulos. Sin este nivel será imposible hablar, plantear, esperar o formar vocaciones para un estado de vida determinado. La afirmación de Jesús, citada en Juan 1, 35- 42: “vengan y vean” nos impulsa a que el encuentro con el Maestro sea dinámicamente real y permanezca en nosotros para que cada discípulo pueda permanecer en Él y en su amor (Cf. Jn 15, 9. DA 245).

                        El tercer contenido básico es la ya señalada distinción entre Vocación y profesión. Después que este punto esté claro han de presentarse los tres estados de vida y la necesidad de una búsqueda seria y responsable.

                        El cuarto contenido fundamental es la elaboración del proyecto de vida en Jesucristo (Valor final y verdadero). Ha de incluir aspectos pedagógicos y ha de ser vocacional. ¿Quién soy? ¿Cómo seguir a Jesús? ¿Cuál es mi Vocación? Estas y otras propuestas, desencadenan la búsqueda personal con la metodología y pedagogía propias de la Pastoral Juvenil. La elaboración del proyecto ha de ser “procesual” y personalizado, ha de tener en cuenta la dimensión: psico-afectiva (ser, poseerse, donarse en el amor), socio-cultural (convivir y comunicarse), política (situarse y comprometerse históricamente), técnico-metodológica (hacer y construir) y mística-teologal (trascender).
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El quinto contenido fundamental es la necesidad de escuchar la voz de Dios que llama a un estado de vida.

Durante esta etapa sugerimos pasar de un acompañamiento informal por parte del guía de jóvenes, del asesor laico de pastoral juvenil, del catequista, del religioso, consagrado o directamente del sacerdote (la charla espontánea con la invitación a conversar, a compartir ¿cómo andás?, ¿cómo te sentís?...a profundizar la fe o los problemas propios de esa etapa de la vida) a un acompañamiento formal. El joven podrá así tomar conciencia de que Dios lo llamará o lo llama a una vocación- misión concreta y se podrá asumir en estado vocacional. Pero, antes de comenzar un acompañamiento formal, se ha de verificar si hay un mínimo de disposiciones y posibilidades de responder a una vocación consagrada: si existe un cierto nivel de estudio concreto (que esté estudiando con una cierta responsabilidad y que en 12 no tenga- por ejemplo- 9 materias bajas), de permanencia al grupo juvenil, al menos de unos meses, de querer asumir la propia familia, vida y amistades, de plantearse metas, etc. Para verificar esto se pueden hacer tres entrevistas previas  mínimas como sondeo viendo también si no están presentes las contraindicaciones de las cuales hablaremos más adelante. Muchas veces conviene proponer un retiro vocacional al comenzar el acompañamiento.

En esta etapa se puede complementar el proceso con encuentros, jornadas y retiros vocacionales. La línea ignaciana motivadora de la etapa es el “principio y fundamento”.

Sirven aquí como textos bíblicos: Jn 1, 40- 42; Lc 18, 18- 22; Lc 5, 1- 11; Lc 5, 27- 29; Lc 9, 23- 24; Lc 9, 57- 62; Lc 14, 25- 27. 33, etc. Son los distintos llamados que hace Jesús. Sería importante preguntarnos: ¿cuál es el horizonte mínimo de esta etapa? Éste debe tener las características de la madurez humano-afectiva y del compromiso espiritual-eclesial-pastoral.

2. Etapa del Discernir

Objetivo principal: es el discernimiento de la vocación específica.

Supone que, tanto la dimensión humana como la dimensión cristiana de la vocación se van desarrollando y que la persona está en condiciones de optar por un estado de vida. Presume el ejercicio de la libertad, la responsabilidad, la sinceridad, convicciones firmes, coherencia con los propios valores, conocimiento de límites y posibilidades, no mezclar la Vocación humana-cristiana con valores incompatibles y obrar según las normas del propio grupo. ¿Cuándo comienza la etapa? Cuando la persona es capaz de trabajar y amar. Durante el proceso grupal y la integración parroquial o al movimiento, cada uno hace sus pequeñas y grandes opciones a: aceptarse y seguir conociéndose, a ser de esta o de aquella forma, a vivir, compartir, celebrar la fe comunitariamente, a estudiar, a elaborar un proyecto de vida según los criterios del Evangelio, a buscar y definir su vocación específica. Cuando se comienza- generalmente en la etapa de la militancia de la Pastoral Juvenil- a hacer tales opciones se está en condiciones de discernir y de hacer una opción de vida. Es esta capacidad de opción la que da ánimo, seguridad, claridad y la que consolida el crecimiento vocacional llevándolo al discernimiento. Aquí se presentan las vocaciones eclesiales: laical, sacerdotal y religiosa (consagrada). Cada uno ha de discernir cuál es la “suya.” Para ello, es importante que busque un referente espiritual o acompañante y ejercite la forma en que toma decisiones.

El sexto contenido es el tema de la libertad. Este valor es determinante en la conquista de la personalidad y decisivo para comenzar la etapa del discernir pues sólo discierne quien es libre. La condición fundamental es “administrarse a uno mismo”, ser libre, haber logrado in­dependencia, ser alguien que actúa por sí mismo. Aquí hablamos de libertad para ser. La libertad tiene vertientes: liberarse de la esclavi­tud, del miedo, de la ig­norancia, de la mi­se­ria y liberarse para ser uno mis­mo. Levinas afirma que la libertad es la capaci­dad de responder personalmente al llamado del otro, es decir que, más me realizo cuanto mejor escucho y respondo al prójimo. Libertad es la capacidad de ser alguien frente a los otros, en el mundo. Se construye con pequeñas opciones libres; de ahí la importancia de aprender a hacerlas. Supone el amor, pues amar es donarme totalmente a alguien, en libertad. El amor es libre y es el mejor campo para ejercer la libertad. Podemos decir que el hombre no pierde nunca su libertad metafí­sica o potencialidad, pero sí, su libertad exis­tencial o funcional, de ahí la importancia de buscarla permanentemente. Así entendida, la libertad es un don y una tarea. San Pablo ha­bla de “la libertad de los hijos de Dios”, cuando la persona no se mueve por miedo o intereses materiales, sino por la fe. La verdadera libertad acepta a Dios. La elaboración de un proyecto de vida supone, pues, un estado de libertad (Cf. CC 170- 174).

El séptimo contenido es el discernimiento propiamente dicho. Se hace desde las cuatro fases de la personalidad:
- “fase de la personalidad social”: donde predomina el discernimiento desde la realidad social.
- “fase de la personalidad cristiana”: donde predomina el discernimiento personal para encarnar la propuesta evangélica desde la consideración de los diferentes carismas y estados de vida.
- “fase de la personalidad eclesial”: donde predomina el discernimiento para llegar a asumir los ministerios eclesiales al servicio del Pueblo de Dios.
- “fase de la deliberación y elección vocacional”: donde el acompañamiento espiritual-vocacional tiene un puesto decisivo a la hora de recapitular el llamado a través de todas las experiencias vividas hasta el presente, de responder sin condiciones en generosidad y responsabilidad, de asumir- de manera libre, noble y conciente- el riesgo propio de toda Vocación: el Amor y el servicio” al decir de Santillana. 

Es importante enseñar a discernir como lo hizo Jesús que no solo optó por el bien, sino que eligió adecuadamente los medios, que no eligió medios eficaces según la mentalidad de su época, sino que, desde el valor de la solidaridad con el débil y la fidelidad a la voluntad del Padre Dios, amó incondicionalmente.

El octavo tema primordial es la vocación que se elije. ¿A qué me llama, concretamente, Dios? Es clave que cada uno sepa, con cierta profundidad, “qué va a ser”. Es igualmente importante que el proceso sea enriquecido con retiros, encuentros, campamentos y misiones vocacionales. La primera inquietud vocacional ha de complementarse ahora con la actividad, la lectura y la atención a referentes vocacionales. Durante la presente etapa es importante aportar elementos para que la persona se conozca más, lo integre todo y se reconcilie consigo mismo, pues la vocación-misión supone una persona en paz consigo mismo.

La temática fundamental se sigue apoyando en la presentación de las distintas vocaciones, carismas y reglas de discernimiento, en el “ver” y “juzgar” la realidad, en el esfuerzo por “actuar” en ella, en las posibilidades vocacionales de cada uno, en la idoneidad de los candidatos a un estado de vida. Las líneas ignacianas motivadoras de la etapa son: la contemplación de “Cristo Rey”, “las dos banderas”, “los tres binarios”.

Aquí es clave hacer un acompañamiento frecuente que ayude a verificar además de la vocación, la madurez según la edad, el conocimiento personal, la firmeza en la fe  y vivencia de la comunidad, el deseo de ordenar la vida según el Evangelio y en especial los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía, la sensibilidad ante los necesitados y los pobres al menos de otros jóvenes, la experiencia de oración como diálogo y la capacidad de reflexión propia, la disponibilidad y apertura a la formación.

Es clave ayudar en esta etapa a una revisión: del auto-conocimiento, auto conocimiento que genera como conducta el deseo de conocerse y como problema el auto engaño, de la auto- valoración, es decir la auto aceptación que genera como conducta el aprecio personal y como dificultad- común en esta época- la auto- desvalorización... de la auto confianza que genera seguridad personal y que lleva al desafío de sentirse “capaz de...” pero que tiene como dificultad la inseguridad, del auto- control o auto disciplina que lleva al organizarse pero que tiene como dificultad en muchos casos, el descontrol, de la auto afirmación y auto realización, es decir, la auto- trascendencia que propone una vida autónoma y desarrollar las propias potencialidades, pero que tienen como dificultad la auto- dependencia y tendencias a no ser.

También es clave en esta etapa la revisión de la auto estima que lleva al amarse a si mismo y como dificultad -también descalificante- la auto destrucción. Un tema central aquí es la opción por Cristo y en Cristo. Recién en esta etapa se puede hablar de carismas, madres fundadoras, etc., sin influir en quien aún no ha cerrado el discernimiento totalmente.

3. Etapa del Acompañar
Se realiza, para la vida consagrada y sacerdotal en casas de formación. Tiene como objetivo la formación inicial. Cada uno ha de formarse para lo que Dios llama. Aquí se ha de integrar toda la vida y la personalidad desde la propia vocación. A esta etapa también corresponde el matrimonio. Recordemos que hay, después de la profesión u ordenación, un tiempo en que se hace necesaria integrar la propia vocación asumiéndose desde ella. Un desafío pastoral es el acompañamiento de los matrimonios y familias integradas. El tema central es el de la fidelidad[2].  

En esta etapa no cualquiera sabe acompañar, sin embargo este acompañamiento es el que hace posible la realización de la propia vocación que enfrenta las dificultades propias de un estado de vida y que ahonda en la experiencia de la fidelidad de Dios.

Para el trabajo grupal:
1. ¿Cómo acompañar en el despertar vocacional generando procesos vocacionales?
2. ¿Cómo ayudar a discernir en libertad y responsabilidad?
3. ¿Cómo proponer un acompañamiento sistemático para que la vocación cristalice y no se pierda?
4. ¿Qué otras temáticas incluiríamos?
.
Apéndice 1
         
Etapa
Despertar
Discernir
Acompañar
Destinatarios
Adolescentes y
jóvenes (etapa de
iniciación de
pastoral juvenil).
Jóvenes (adultos); etapa de iniciación y militancia de
pastoral juvenil.
Jóvenes (adultos o en etapa de militancia de pastoral juvenil).
Objetivo específico
Inquietar acerca del sentido de la vida; dar los primeros pasos para elaborar un proyecto de vida estable desde la fe.
Colaborar en la búsqueda de la voluntad de Dios y de la vocación personal.
Contribuir en la construcción de la identidad vocacional-personal.
Valores fundamentales a
suscitar y consolidar
Servicio, solidaridad y
Sinceridad
Disponibilidad, responsabilidad y
libertad
Fidelidad y apertura radical al Proyecto del Padre en Cristo por el Espíritu.
Temas centrales
¿Quién soy?,
¿cómo soy?.
Vocación humana y vocación bautismal.
¿Quién soy?,
¿cómo soy? y ¿para quién soy? ¿A qué me llama Dios; discernimiento.
Vocación humana-cristiana y
específica.

De la respuesta vocacional a la opción definitiva. Responsabilidad personal, comunitaria y social; fidelidad.
Vocación humana-cristiana y específica
Otros contenidos
Conversión y
crecimiento; responsabilidades (estudio, trabajo, familia, oración, sacramentos,
compromiso de fe, amistades, etc).
Auto-conocimiento (y no auto-engaño).

Diagnóstico pastoral-espiritual de fortalezas, debilidades y
posibilidades.
Profundizar en la experiencia de conversión y
crecimiento integral.
Reconciliación consigo mismo, con los demás y con Dios. Compromisos eclesiales, espirituales y pastorales.
Auto-aceptación (y no auto-destrucción).
Asumirse desde el  yo-real e integrar el yo-ideal.
Explorar la posible vocación personal.
Análisis evangélico de la realidad y de la propia realidad.
Auto-confianza (y no auto-inseguridad)...
Desde el yo-real al yo-ideal y viceversa.
Maduración de la vocación humano-cristiana, y específica; formación intelectual, espiritual, pastoral, comunitaria, afectiva, etc). Reflexión de los principios
evangélicos de
castidad, pobreza y obediencia.
Socialización de la agresividad, integración de la
sexualidad por el
Amor.
Posibles textos
bíblicos
Acercamiento a
Jesús: Lc 18, 18-
19 (joven rico); Lc
19, 1- 4 (Zaqueo).
Invitación: Lc 5, 1-
11 (Simón y
Andrés) o Lc 5,
27- 28 (Leví).
Exigencias: Lc 9,
23- 24 (negarse
tomar la cruz, no
avergonzarse de
Jesús); Lc 9, 57-
62 (no tener donde
inclinar la cabeza,
no mirar hacia
atrás)…
Vocación: Lc 6, 12- 16 (los 12); Mt 16, 18- 19 (Pedro).
Envío de vida: Lc 9,
1- 6 (a los 12).
Estilo: Lc 22, 24- 27
(a servir); Mc 1, 30
(anunciar el
Evangelio); Mc 10,
45 (dar la vida); Jn 4,
34. 6, 38 (hacer la
voluntad del Padre).
Misión: Jn 21, 15- 19 (Pedro); Mt 28, 19- 20 (Apóstoles)...

Tipo de
Acompañamiento
No-formal y formal.
Formal: personalizado.
Espiritual-vocacional personalizado.
A tener en cuenta
Clarificar falsas
Motivaciones.
Sondear “contraindicaciones”.
Tener en cuenta la crisis, marchas y
Contra-marchas. Elaborar un perfil de ingreso a la próxima etapa.
Psico-diagnóstico y eventual derivación; psico-pedagogo, etc.
Ayudar a distinguir crisis de adaptación, crecimiento y
vocación.


Capítulo 3
Los itinerarios vocacionales y formativos.

La palabra “itinerario” viene del latín: iter-itineris y significa viaje o trayecto. La voz también nos habla de ruta, proceso, recorrido, camino y vía. Supone un punto de partida, un recorrido y una meta. Como camino, admite etapas. Podemos hablar de itinerarios psicológicos (Cf. Erikson; “proceso heroico”), vocacionales, etc. Todo itinerario vocacional supone el encuentro personal y comunitario con Cristo. No podemos reconocer una vocación en quien vive aislado de la comunidad eclesial.

Itinerario vocacional e itinerarios grupales
Los itinerarios vocacionales están íntimamente relacionados con los procesos grupales juveniles a través del tema del proyecto de vida. La imagen bíblica de Lucas 5, 1- 11 nos permite reflexionar sobre el tema. Para ello, hacemos una breve “Lectio”. Nos preguntamos. ¿qué dice el texto? Nos proponemos escuchar la Voz de la Palabra. Ella estuvo en la creación, está en la historia y en la realidad. El lugar es el lago, la orilla, el borde, del mar. Allí los futuros discípulos han pasado toda la noche. No han pescado nada. Vuelven a lavar las redes y a compartir la frustración. A ese lugar va Jesús. La gente se  agrupa  para  escuchar la Palabra del Maestro. La gente y los futuros discípulos se abren entonces y reconocen en la Palabra al Maestro, al Mesías, al Salvador. La segunda interrogante es: ¿qué nos dice el texto? Intentamos discernir el Rostro del Maestro contemplando su diálogo, sus gestos. Vemos a Pedro postrarse ante Jesús y luego echar las redes y hacer señas a los compañeros para recoger la pesca milagrosa. Al encontrar a Jesús, Pedro vive una experiencia de conversión. Al arrodillarse reconoce que es pecador. Después del encuentro y de la conversión viene el llamado a ser pescador de hombres, a construir la Casa de la Palabra, es decir, la Iglesia, la comunidad. El llamado también es a pescar, ayudando a pasar de la orilla del mar a la del bien. Es la “contemplatio”. La vida de Pedro se hace misión.

Hoy, descubrimos nuevos escenarios: las culturas juveniles, el mundo global y digital, el cuidado de la creación, las cuestiones interculturales, los nuevos rostros de pobres y excluidos, las nuevas condiciones de la familia, etc. En esa realidad comprobamos que hay nuevos llamados. Conducen al compromiso de los jóvenes, los laicos y, especialmente, de la mujer, los afro-americanos, los indígenas y los que migran, etc. En todos los casos, el primer paso es escuchar la Palabra. Ella llama, convoca, despierta, da elementos para discernir. De esta forma, las etapas del “despertar” y del “discernir” se ven enriquecidas. El proyecto de vida personal, enriquecido por los itinerarios grupales, ha de apoyarse -necesariamente- en la Palabra.

El itinerario vocacional desde la vivencia comunitaria
La Iglesia tiene caminos comunitarios concretos. El modelo es la vida de las primeras comunidades (Cf. Hechos 2, 42- 47; 4, 32- 36 y 6, 7). Una comunidad viva genera inquietudes, motiva, despierta vocaciones. Hemos de preguntarnos si nuestras comunidades son realmente vivas y convocan.

El itinerario vocacional y la liturgia
           Muchas veces, las vocaciones despiertan a partir de la vivencia de las celebraciones litúrgicas. Es el ejemplo de las vocaciones surgidas del grupo de monaguillos. De ella brota -además- la conciencia de ser pueblo convocado y asamblea de llamados. Ella es, al mismo tiempo, manifestación, origen y alimento de cada vocación y ministerio eclesial. En las celebraciones litúrgicas se hace memoria del obrar de Dios. Especialmente en la Eucaristía, se manifiesta la vocación de toda la Iglesia y de cada discípulo y misionero. Cada celebración puede ser un motivo vocacional. La liturgia llama a la comunión en la Iglesia y a construirla en todos los pueblos.

El itinerario vocacional y la oración
De la oración brota la conciencia de que el Espíritu de amor y de unidad (Ef 2, 11- 12; Gal 3, 26- 28; Jn 19, 9- 26) llama a cada uno a una misión y se descubre que toda vocación es un don para los demás. La oración conduce al encuentro con Cristo. El diálogo con Dios posee una dimensión vocacional. El mismo Jesús, cuando vio una muchedumbre cansada y decaída como ovejas sin pastor exclamó: “la mies es mucha pero los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9,37- 38; Lc 10, 2). En la práctica, las comunidades tienen a lo largo del año litúrgico múltiples iniciativas de oración por las vocaciones. La oración en las comunidades diocesanas, religiosas y parroquiales es de gran importancia. La imagen evangélica del “Dueño de la mies” conduce al corazón de la pastoral de las vocaciones: la oración. Ella es signo de la caridad y la compasión de Cristo (Cf. Mt 9, 36); manifiesta la confianza en el Padre, que no permitirá que falten obreros en la Iglesia. Por ello, la pastoral debería estimular y acompañar la vida de oración de sus fieles. Una comunidad orante es una comunidad que llama.

El itinerario vocacional y el servicio
           El servicio de la caridad es muy importante. “Quien quiera llegar a ser grande entre ustedes que sea vuestro servidor” (Mt 20, 26), “quien quiera ser el primero sea el servidor de todos” (Mc 9, 35). En la Iglesia primitiva, esta forma de vivir la fe fue aprendida muy pronto, dado que el servicio aparece como una de los componentes estructurales de la misma, hasta el punto de que se instituyen los diáconos para el servicio de las mesas. Muchas veces se expresa en nuestros días como voluntariado. Propone espacios de hermandad y unión entre los hombres y con Dios. No puede sentir vocación quien no experimenta un espíritu de hermandad y se cierra a toda vínculo con los demás. La vocación es relación, servicio solidario, compasión, sensibilidad ante los problemas de la humanidad. La vocación de servicio es, no sólo un signo vocacional sino, una experiencia fundamental para quien realiza el proceso de búsqueda y discernimiento de su vocación personal. Más aún, para el servicio de animación vocacional (SAV-Pastoral Vocacional), el servicio responsable y continuado de un joven es señal concreta de que Dios puede estar llamando. El servicio en la caridad lleva a conocerse mejor a uno mismo y abre a la grandeza de dedicarse a los otros. El auténtico servidor es aquél que ha aprendido a tener, como un privilegio, el lavarle los pies de los hermanos más pobres, el que ha conquistado la libertad interior al punto de dar su tiempo y vida a los otros. Quien sirve al hermano, inevitablemente encuentra a Dios y se encuentra a sí. Está más cerca de discernir su vocación como servicio a Iglesia y al mundo.


Itinerarios formativos
           Dependen de cada etapa del proceso vocacional.
           En la etapa del despertar se han de proponer elementos de conocimiento personal y de la realidad, de oración personal y comunitaria para “revitalizar el encuentro con Cristo Vivo” (espiritualidad), de servicio en la caridad (pastoral). Se ha de ayudar a profundizar la vocación humana y cristiana-bautismal. Se ha de impulsar al testimonio. Éste llega a ser, específicamente, un itinerario vocacional.


            En la etapa del discernimiento, el servicio de animación vocacional (SAV-Pastoral Vocacional), las Diócesis y las comunidades religiosas y/o movimientos pueden ofrecer espacios específicos de formación. Uno de ellos es la “casa de acogida” o “casa de discernimiento”, espacio de maduración humano-cristiano y comunitaria.
           
            La etapa del acompañar se concreta en un itinerario formativo
         Esa etapa está dividida en dos: formación inicial y formación permanente. La primera se realiza en casas de formación y condiciona la formación permanente. La vocación matrimonial-familiar no tiene una propuesta concreta para la etapa inicial por lo que hablaremos de la propuesta sacerdotal y religiosa-consagrada. Dado que ingresamos a un vasto campo, sólo abordaremos algunos aspectos del itinerario.

a) Perfil de quien ingresa a una casa de formación
El servicio de animación vocacional (SAV-Pastoral Vocacional) tiene una gran responsabilidad: verificar la idoneidad de los candidatos al sacerdocio y de quienes ingresan a casas de formación religiosa y/o consagrada. Un criterio fundamental y obligatorio es apostar a la calidad y no al número. Hemos de pensar en el bien de la persona y de la Iglesia. Conocidos problemas que afectaron a sacerdotes, religiosos y religiosas comenzaron, en gran parte, por un mal discernimiento al comienzo del planteo vocacional. No debían haber ingresado a casas de formación. De ahí la importancia de tener un perfil mínimo para quienes inician la etapa del acompañar.

            Consideramos que el perfil ha de incluir, además del grado de bachiller en cuanto a formación académica: conocimiento personal, capacidad de escribir una breve biografía, deseo de conocerse y aceptación total de sí mismo, capacidad de reflexión propia, disponibilidad y apertura a la formación, compromiso pastoral, sensibilidad para con los necesitados y pobres, opción por una austeridad de vida, disposición para optar por la castidad y madurar en lo humano afectivo, capacidad de vivir las relaciones con suficiente autonomía, madurez afectiva, sexual y relacional, experiencia concreta de amistad, no haber tenido frecuentes ni recientes relaciones sexuales, experiencia de Dios y de oración como diálogo, madurez de fe, conocimiento mínimo de la Palabra de Dios, escucha asidua del Espíritu, vivencia de la comunidad, de los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía, experiencia de Iglesia, disposición para dejarse acompañar y motivaciones vocacionales más o menos claras.

            Son de igual importancia las experiencias de sufrimiento o enfermedad para encontrar al Crucificado y madurar, de vivir con una cierta autonomía familiar, de asumir opciones estables, de demostrar capacidad de vivir en grupo y trabajar en equipo. En definitiva, son elementos que nos hacen pensar en una madurez personal y cristiana mínima. Sería importante preguntarnos:

            ¿Qué elementos agregaríamos a estas características mínimas?

            Son elementos que, necesariamente, han de observar, aportar y apuntalar tanto la Pastoral de las Vocaciones en la etapa del discernimiento como las casas de formación que realizarán el acompañamiento desde equipos interdisciplinarios.

            b) “Contraindicaciones” para el ingreso
Son las características que hacen inviable el ingreso al Seminario; también, a casas de formación religiosa o consagrada, tanto masculinas como femeninas. Las llamaremos “contraindicaciones” y las dividimos en dos grandes categorías.
I) absolutas: 1) desordenes mentales y desintegración de la personalidad, debilidad mental, esquizo­fre­nia (se manifiesta comúnmente entre los 15 y 20 años o después de los 28). 2) tensiones e insomnio permanentes, aislamiento social, dependencia absoluta -sobre todo de la madre-, dificultad de pensar, creciente deterioro del propio trabajo, razonamientos reiterativos sobre cosas abstractas, inteligencia inferior, incapacidad para abstraer, comprensión lectora excesivamente baja. 3) Alucinaciones, delirios persecutorios o de grandeza (¡cuidado con los que son cardenales antes de ser diáconos!). 4) Excesiva falta de confianza en sí mismo. 5) Inadaptación sexual, vivencia de la homosexualidad, etc.

            Coincidimos con Cencini A., en “Cuando la carne es débil” que existen patologías estructurales, perturbaciones y problemas relevantes. Las primeras, tienen su raíz en la infancia, son permanentes, definitivas e impiden pensar en una vocación de especial consagración; por ejemplo, quien ha sido violado en la infancia, tiende a transformarse en violador cuando adulto. Sperry Len habla de: 1) pedofilia cuando la conducta sexual afecta a pre-púberes, 2) efebofilia, es decir, una conducta sexual inapropiada con adolescentes, 3) abuso sexual contra adultos, sean mujeres o varones, no deseadas y compulsivas, fuera de control (como las violaciones, tocamientos, acoso sexual, etc.), 4) parafilias, es decir, trastornos psico-sexuales que buscan estimulación, excitación o gratificación sexual como exhibicionismo, fetichismo (mantener en la mano un objeto -por ejemplo una ropa interior femenina- para excitarse), frotteurismo, es decir, tocar o rozar a otra persona sin su consentimiento, masoquismo sexual (excitarse al ser humillados o golpeados), etc. Éstas manifestaciones afectan la identidad personal y el equilibrio. Algunas veces, las causas de tales problemas están en una no-evolución de la personalidad psico-sexual. Las perturbaciones exigen una atenta mirada de parte de técnicos y son, comúnmente, contraindicaciones para el ingreso a casas de formación. Podemos llamarlas  absolutas.

            II) Los problemas relevantes pueden corregirse con el tiempo y son, más bien, problemas de desarrollo, fragilidades vinculadas a un retraso, a una insuficiente solución de problemáticas evolutivas, a una adolescencia persistente o problemas de carácter espiritual en torno a los valores. Los problemas relevantes están vinculados a una no-satisfacción afectivo-sexual, a una mirada distorsionada de la realidad o a una relación inter-personal perturbada. Exigen una terapia. Sperry Len habla aquí de: hiper-emotividad, cierto grado de angustia, introversión, falsedad de juicios, perturbaciones afectivas como la timidez, comporta­miento agresivo, falta de adultos significativos durante la niñez, etc. En el plano de lo afectivo-sexual podemos decir que, quienes dicen no tener problemas, “son un problema”. Podemos llamarlas relativas.

            En definitiva, se ha de observar cómo se han resuelto los tres problemas básicos de la personalidad: la socialización de la agresividad, la integración de la sexualidad en el amor y la aceptación y conciencia de la realidad en que se vive. Estos son los elementos que hacen posible mantener los compromisos definitivos. Esto supone haber pasado de un período de auto-crecimiento, de purificación y de formación para la misión. De ahí la importancia de la entrevista de ingreso, de un conocimiento mínimo de la persona y de la propuesta de una pericia psiquiátrica previa al ingreso. Una persona es capaz de una decisión definitiva cuando se han armonizado necesidades, aptitudes y valores y ha hecho una síntesis suficientemente clara de sus motivaciones ¡sin dar demasiadas explicaciones! La elección vocacional supone así un voto de confianza en la voz interior, un dejar la casa paterna, un desenmascararse ante sí y los demás diciendo: “esta es la vocación para mi”.

          Desde nuestro punto de vista, no se trata de hacer un juicio ético sobre la persona, sino discernir su idoneidad para esta o aquella vocación.

          Algunas palabras sobre la formación inicial
          La formación inicial, tanto sacerdotal como religiosa y consagrada, exige criterios formativos claros. El Magisterio universal y local es amplio en tal sentido. Se propone una formación integral. Es “toda” la persona, el discípulo, el llamado, el que ha de formarse. Hablamos -comúnmente- de cuatro áreas formativas que se complementan: espiritual, intelectual, pastoral y humano-afectivo. Brasil ha incorporado una quinta: la comunitaria. Aunque el área intelectual es el que ocupa más tiempo y marca los ritmos de la formación y el pastoral es transversal a los demás, por un lado pensamos que el área espiritual es prioritaria y, por otro, que el humano-afectivo es el que mayor atención exige actualmente. La realidad pide una particular atención a lo humano-afectivo. Es el mayor desafío para los actuales formadores. Un proceso formativo que no contemple tal reto condiciona la fidelidad de los futuros consagrados pues, si no hay “cimiento”, toda construcción será vulnerable y, tarde o temprano, aparecerán los problemas. No podemos formar “bombas de tiempo”. Lo mismo podemos decir del comunitario. Los “pares” también forman.        
         
          En esta etapa del proceso es primordial colaborar a que crezca el auto-conocimiento que genera como conducta el deseo de conocerse y enfrenta el problema del auto-engaño. Se ha de favorecer la auto-valoración de la persona, es decir, la auto-aceptación que genera -como conducta- el aprecio personal y afronta el problema de la auto-desvalorización. A la vez, se ha de tener en cuenta la auto-confianza que genera seguridad personal y lleva al desafío de sentirse capaz de enfrentar la dificultad de la inseguridad. Ha de proponer el auto-control o auto-disciplina que lleva al organizarse, pero que ofrece como dificultad -en muchos casos- el descontrol. Ha de plantear la auto-afirmación y auto realización, es decir, la auto-trascendencia por el amor que propone una vida autónoma y desarrolla las propias potencialidades. Tiene como dificultad la auto-dependencia y tendencias a no ser. En esta etapa es clave la revisión de la auto-estima que lleva a amarse a sí mismo y a buscar solucionar tendencias de auto-destrucción. Un tema central es conocerse y cimentar toda opción por Cristo y en Cristo. Recién en esta etapa se puede profundizar carismas. Es el momento para que la persona asuma y se asuma en una apertura radical a la Voluntad del Padre. Como en otros momentos aparecen crisis de adaptación, crecimiento o de vocación, por lo que es clave un buen acompañamiento espiritual-vocacional. No todas las crisis son malas. Algunas de ellas permiten madurar y alcanzar mayor libertad interior.  

Cada casa de formación y el Seminario son comunidades eclesiales educativas (Cf. PDV 61 a) destinadas a favorecer la respuesta personal a la llamada del Señor. En este sentido son pequeñas escuelas de humanidad y de discipulado. El fin es propio a cada casa y, en el caso de los religiosos, religiosas, consagrados y nuevos movimientos, a cada carisma.

Cada vocación es un modo concreto y específico de realización de la llamada a ser hombres nuevos. Por ello, es responsabilidad de cada casa, favorecer y garantizar en los candidatos y candidatas una personalidad equilibrada y madura, que refleje la perfección humana del Hijo de Dios hecho Hombre, que haga más creíble el ministerio o carisma y que permita servir mejor a sus hermanos. Juan Pablo II -en Pastores Dabo Vobis 43- hablaba de que, “sin una adecuada formación humana, toda la formación está privada de su fundamento necesario.” Particular importancia en la formación humana tiene la capacidad de cada uno de relacionarse con los demás. El hombre no puede vivir sin amor (Cf. PDV 44).

La comunidad es el espacio ideal para la formación del amor a Dios, al prójimo y a uno mismo. Íntimamente relacionada con esta formación para el amor, está la formación para la libertad y la conciencia moral. Cada futuro sacerdote, religioso o consagrado aprenderá, por ello, a cumplir sus obligaciones escuchando la voz de Dios que habla al corazón.

Acerca de las áreas humano-afectiva y comunitaria, son objetivos posibles:
-          La capacidad de percibir sin distorsiones y juzgar con objetividad, justicia y sentido crítico a personas y acontecimientos de la vida.
-          La capacidad de realizar opciones libres y responsables tomadas a partir de motivos auténticos e interiorizados.
-          La capacidad de relación madura y constructiva con las personas de distinto sexo, de diferentes edades y condiciones sociales diversas.
-          La adecuada integración de la identidad sexual y de la propia sexualidad (Cf. PDV 43).
-          La capacidad de apertura al otro, independientemente de las características individuales, que permite una clara e incondicional aceptación del prójimo.
-          La capacidad de colaboración y trabajo en equipo.
-          La capacidad de amar la verdad, la lealtad, el respeto por la persona, el sentido de la justicia, la fidelidad a la palabra dada, la verdadera compasión, la coherencia y en particular el equilibrio de juicio y de comportamiento.

Uno de los objetivos más importantes es que el candidato o la candidata vayan adquiriendo, mediante el encuentro transparente con la comunidad, un conocimiento ajustado sobre su propia persona, sus motivaciones y comportamientos; de igual importancia es que vayan discerniendo el papel que desempeña en la estructuración de la propia personalidad la vida familiar y las vicisitudes socio-políticas, económicas y culturales del tiempo en que se vive. Alcanzado este conocimiento se pueden corregir las propias carencias y potenciar las capacidades personales. De esta forma, cada uno y cada una se aproximará a una personalidad no arrogante ni polémica, sino afable, hospitalaria, sincera, prudente, discreta, generosa, servicial, leal, fraterna, comprensiva, capaz de perdonar y consolar (Cf. PDV 43).
           
Asimismo, han de formarse en la castidad, no como negación del amor, sino como  “una virtud que desarrolla la auténtica madurez de la persona y la hace capaz de respetar y promover el significado esponsal del cuerpo. Toda su afectividad se ha de expresar en la auténtica y verdadera amistad” (Ídem). Para alcanzar una madurez humano-afectiva, como ya adelantamos, recomendamos recurrir a la asesoría psicológica. Dicha asesoría no debe ser vista sólo en función de la madurez que ayudará al desempeño de las futuras tareas pastorales; no es, pues, una preparación técnica ni una especialización científica. La psicología ayuda a conseguir una madurez integral. Con su aporte pueden vivir, con  mayor profundidad, las exigencias de la opción vocacional mediante la integración progresiva entre estructuras psíquicas de la propia personalidad y exigencias del seguimiento vocacional. Esta integración personal tiene una profunda relación con la madurez afectiva, imprescindible para la opción del celibato. “Una vez comprobada la idoneidad del sujeto, y después de haberlo recibido para recorrer el itinerario que le conducirá a la meta (del sacerdocio, por ejemplo), se debe procurar el progresivo desarrollo de su personalidad, con la educación física, intelectual y moral ordenada al control y al dominio personal de los instintos, de los sentimientos y de las pasiones” (Pablo VI, Sacerdotalis caelibatus 65). Así mismo, le ayudará a tener una mirada a la realidad inteligente e integradora, con conocimiento y discernimiento de los valores de la cultura de su entorno.

Los futuros sacerdotes, llamados a “estar con Jesús” para ser luego “enviados por él” (Mc 3, 14- 15), necesitan -junto a la formación humano-afectiva- una firme y definitiva adhesión personal a Jesucristo. Por ello, cada casa de formación ha de ser una escuela de espiritualidad. La adhesión a Jesucristo lleva a cultivar la fe, la esperanza y la caridad (SD 65 y 68; Pb 860). La vida espiritual, por lo tanto, anima e informa todos los aspectos de la formación. Es preciso que cada formando sea iniciado en una profunda intimidad con Dios. Una formación espiritual centrada en el conocimiento de la Palabra, y su meditación, lleva al futuro consagrado a conocer y experimentar el sentido auténtico de la oración cristiana. Ella es el alma y la expresión de la relación del hombre con Dios. Esto explica la importancia esencial de la Eucaristía para la vida y para la formación espiritual (Cf. PDV 48). Así lograrán un seguimiento más radical de Cristo.

El estudio de la filosofía, de la teología y, muchas veces del propio carisma, han de estar unidos a la Tradición viva de la Iglesia e interpretadas auténticamente por el Magisterio. Se trata de formar hombres y mujeres consagrados para la misión. Por ello, la formación, desde sus diversos aspectos, debe tener un carácter esencialmente pastoral (Cf. PDV 57). Es necesario garantizar, a lo largo del proceso educativo, una formación específicamente pastoral, que incluya tanto la reflexión teológica de la pastoral de la Iglesia, así como las necesarias prácticas apostólicas que deben acompañarla. La formación pastoral ha de fundamentarse en una comprensión de la Iglesia que es esencialmente Misterio, Comunión y Misión. La formación pastoral es global y ha de preparar en los diferentes  campos de la acción evangelizadora, para la proclamación de la Palabra de Dios, las celebraciones litúrgicas, la experiencia de oración personal y comunitaria, la evangelización de la religiosidad popular, el acompañamiento espiritual, el compromiso social, la organización, animación y administración de la comunidad, el acompañamiento de los nuevos movimientos y los sectores específicos de la acción pastoral (Cf. OT 16 y Pb 875).

Recuerdo a “E”, hijo de divorciados y con pocos amigos que sintió el llamado del Señor e ingresó a una casa de formación. Lo afectivo era su gran desafío. Las palabras que más resumen su proceso son: “se unificó” pues supo integrar, desde una lectura espiritual y de fe, su vida personal, sus heridas, las causas de las mismas y crecer. No sólo desarrolló sus cualidades, se hizo una nueva persona. Sabe que inició un proceso que no finaliza; se sabe débil y feliz. Mientras se aproxima a la etapa final de su formación inicial, valora lo recibido y ha descubierto que su fragilidad es hoy su riqueza y aporte a los demás. Su respuesta es más firme porque es más maduro como persona y cristiano. Retomaremos el tema de la fragilidad. También recuerdo a “F”: sumamente inteligente y con un especial don de convocatoria, pero paralizado por el miedo a equivocarse y por su pasado. Nunca pudo despejar sus “nudos” y, finalmente, no respondió. 

Por lo dicho, cada casa de formación ha de ser una escuela de vida cristiana y comunitaria para que cada uno, desde su vocación, sea hombre o mujer de comunión al servicio de la comunión y gestor de comunión. Para que esto sea posible, se han de generar procesos progresivos, armónicos, dinámicos, integrales y permanentes en el campo humano, cristiano y vocacional.

¿Qué elementos hemos de tener en cuenta cuando alguien solicita el ingreso a nuestra casa de formación?
¿Cómo resumimos nuestra propuesta formativa? ¿Cuáles son sus pilares fundamentales?
   
Formación permanente
Con Cencini -en “La formación permanente”, 191 y 409- definimos la formación permanente como: “la disponibilidad constante a aprender, que se expresa en una serie de actividades ordinarias y luego también extraordinarias, de vigilancia y discernimiento, de ascesis y oración, de estudio y apostolado, de verificación personal y comunitaria, etc., que ayudan cotidianamente a madurar en la identidad creyente y en la fidelidad creativa, a la propia vocación en las diversas circunstancias y fases de la vida”. Es “la disponibilidad a escrutar y descifrar lo que hay detrás de las peticiones y expectativas, ansias y conflictos, nerviosismos y euforias, ilusiones y desilusiones… más o menos in-expresos, pero siempre reveladores de nuestro personal mundo interior, de ese misterioso subsuelo intrapsíquico en el que nuestro yo hunde sus raíces”.

En primer lugar es la actitud y la opción por aprender constantemente. Recordamos que definimos al discípulo como “el que aprende”. Aquí, hablamos de un  aprendizaje continuo. En segundo lugar exige vigilancia, discernimiento y cultivo de las distintas áreas de la formación inicial: espiritual, intelectual, pastoral, humano-afectiva y comunitaria (Cf. DA 194; PDV 72). Dada la realidad y observando la causa de muchas deserciones opinamos que es prioritario atender lo humano-afectivo y lo espiritual. En tercer lugar exige trabajar el valor de la fidelidad. En efecto, la identidad personal, creyente y vocacional es dinámica, crece o retrocede, se duerme o tranza con la mediocridad. La opción por aprender conlleva fidelidad a uno mismo, a Dios y a la propia Vocación. 

“La formación permanente, precisamente porque es “permanente”, debe acompañar a los sacerdotes siempre, esto es, en cualquier período y situación de su vida, así como en los diversos cargos de responsabilidad eclesial que se les confíe; todo ello, teniendo en cuenta, naturalmente, las posibilidades y características propias de la edad, condiciones de vida y tareas encomendadas (PDV 76). Teniendo en cuenta el número de presbíteros que abandonaron el ministerio, cada Iglesia particular procure establecer con ellos relaciones de fraternidad y de mutua colaboración conforme a las normas prescritas por la Iglesia” (DA 200).

Como formación permanente abarca toda la vida del sacerdote o consagrado. Se subdivide en cuatro etapas: “formación permanente inicial”, “formación permanente media” (de los seis a los veinticinco años), “formación permanente madura” (de los veinticinco a los cuarenta años) y “formación permanente avanzada” (a partir de los cuarenta años de consagración). Esta división puede variar según la persona, la edad de ordenación o consagración y la cultura. Optamos por presentar la primera. La formación permanente inicial abarca el primer quinquenio de ministerio o consagración y se vive – comúnmente- entre los veinticinco y treinta y cinco años de edad. Es el tiempo en que se hace experiencia de la propia Vocación, antes soñada y preparada. Es un tiempo particular, tanto en términos pastorales y psicológicos, como de potencialidades espirituales e intelectuales en que se consolida la identidad vocacional.

La fragilidad como realidad
Con Aparecida intentaremos “ver” al presbítero, religioso, consagrado joven, al cuerpo presbiteral o a la Congregación y “juzgar” desde Jesucristo para “actuar” como Iglesia (Cf. DA 19). Nuestro mundo es complejo (Cf. DA 33- 97) y aunque se ha globalizado (Cf. DA 34) toda visión sobre él está fragmentada (Cf. DA 36). Vivimos un cambio de época (DA 44) en la que cambia la imagen que el hombre tiene de sí mismo, su forma de relacionarse, la moral y los valores; cambia la sociedad, la economía, la cultura, la política y las manifestaciones religiosas en una época de sincretismos, búsquedas espirituales fáciles y politeísmos. Los cambios son vertiginosos e influyen en la relación con Dios y en el sentido de la vida (Cf. DA 37). La post-modernidad trasmite desencanto a la nueva generación y relativiza todo, mientras desaparecen las grandes figuras carismáticas de antaño y surgen pequeños ídolos que duran hasta que surge alguien más atrayente. Los medios de comunicación no trasmiten contenidos trascendentes, inducen a un consumismo compulsivo y al culto de la propia imagen. Cada uno vive el presente y busca lo inmediato. Se rinde culto a la tecnología, mientras no interesa la injusticia. Se defiende la iniciativa privada, la privatización de la religión y de la propia misión. Como consecuencia, se atiende al yo, más que al bien común. Los cambios y las nuevas filosofías provocan crisis en la sociedad y en las personas (Cf. DA 40). Tanto la realidad de un mundo en cambio como la cultura de lo relativo, del individualismo, de la subjetividad, del narcisismo, de “conductas evitativas” del esfuerzo y del sacrificio, repercuten sobre las nuevas generaciones (Cf. DA 44).

Cambia la Iglesia en la que algunos laicos se independizan de sus pastores locales y prefieren decir que dependen directamente de Roma, mientras otros se apartan de Roma y pierden conciencia de catolicidad (Cf. DA 44); no faltan quienes desean volver a la eclesiología y espiritualidad anterior al Concilio Vaticano II y cuesta asumir el actual debilitamiento de la vida cristiana y del sentido de pertenencia a la Iglesia Católica (Cf. Benedicto XVI, Discurso inaugural de Aparecida). Cambia la forma de ser de los presbiterios y de las familias religiosas. Muchos presbiterios están integrados, mayoritariamente, por religiosos o por presbíteros en formación permanente madura o avanzada, tienen pocos jóvenes y la brecha generacional es muy grande. Unos encomiendan todo a los jóvenes y los recargan, otros no les dan suficiente espacio. En algunos, se ha debilitado la conciencia de cuerpo, de presbiterio, en otros se ha perdido la mística motivadora de los planes de pastoral y del discernimiento en equipo. Se corre el riesgo de tener presbiterios y líderes cansados y envejecidos. Como consecuencia de la realidad descripta, los vínculos personales son hoy más débiles y mayor la inestabilidad de cada uno. Cada sacerdote o consagrado es hijo de su tiempo. Se hace necesaria la permanente revisión de la identidad vocacional mientras -positivamente- se buscan espacios de oración, se provocan encuentros generacionales, se intenta reflotar la mística del clero nacional, se hace el mes ignaciano, se visitan los monasterios con frecuencia y crece la cercanía con los obispos.

Los presbíteros, religiosos y consagrados jóvenes se caracterizan, en general, por la fragilidad. Hay excepciones, pero la fragilidad está presente en la mayoría de ellos y de ellas. Es la consecuencia de la realidad y el punto a “trabajar” durante la formación permanente inicial.    

Fragilidad intelectual. Por un lado, el hombre moderno lee menos, mientras consume cada vez más imágenes; persiste una tendencia al mínimo esfuerzo y a no profundizar los temas fundamentales. Por otro, la formación intelectual curricular es demasiado costosa y los pequeños talleres-cursos no cuestionan ni permiten crecer, mientras el pueblo de Dios reclama mayor profundidad y que el estudio pase por el corazón. Aparecida recomienda el encuentro personal con Cristo, Palabra hecha Carne. El encuentro con Él ha de “potenciar el dinamismo de la razón”, ha de forjar amantes de la Verdad - en especial de la Verdad teológica- capaces de leer e iluminar la realidad pastoral. Esto significa una continua y seria reflexión y el cultivo permanente de la inteligencia a la luz de la fe y la Verdad.

Fragilidad pastoral. La primera tendencia del sacerdote, religioso o religiosa-consagrada es a “hacer cosas”, grandes eventos, priorizando el hacer sobre el ser. La segunda tendencia es a trabajar solos o únicamente con la generación de pares, olvidando experiencias y no reconociendo la sabiduría pastoral que se adquiere con la síntesis de la vida. El cuadro se agrava con la realidad de personas recargadas, cansadas, con algunas instituciones eclesiales débiles, mientras se persigue el mito del consenso y la auto-gestión dando por supuesto que las parroquias y/o las congregaciones son contenedoras. Es un error. Las parroquias, familias religiosas en general, presbiterios y Diócesis no son suficientemente contenedoras a nivel pastoral. La tercera tendencia consiste en caer en lo que denominamos “complejo mesiánico”: la convicción de que todo comienza con la persona y de que las opciones pastorales de los demás presbíteros o consagrados son arcaicas y obsoletas por lo que hay que “borrar y comenzar”. La fragilidad pastoral se manifiesta en cansancio al poco tiempo de ministerio o de la consagración o en pérdida de lo esencial. En el caso de los sacerdotes: poco tiempo para la visita de enfermos, el sacramento de la reconciliación o el instrumento pastoral del acompañamiento espiritual-pastoral. El escaso contacto con el sufrimiento, la muerte, el pecado o la debilidad de los otros oculta la propia fragilidad. Este es el principal problema. Es el alerta-rojo de una crisis que se avecina. El “héroe” está a punto de desplomarse y no es conciente de ello, de ahí la necesidad de apostar a los equipos sacerdotales, a la fraternidad en la congregación. 

Fragilidad espiritual. La primera tendencia es a perder figuras referentes y a convencernos de que “puedo solo”. El seminario o las casas de formación habían proporcionado una rutina espiritual diaria, valorado los sacramentos de la Eucaristía, la reconciliación, el acompañamiento espiritual-vocacional, las adoraciones eucarísticas, las celebraciones con el obispo y el presbiterio, la revisión de vida y la corrección fraterna en pequeñas comunidades. Había propuesto una estructura contenedora que permitía madurar espiritualmente. Cada uno debió apropiarse de la propuesta. No todos lo hicieron. Ahora se vive a la intemperie. No todos continúan con un referente espiritual, la práctica sacramental, los desiertos, etc. La actividad no siempre es recogida y discernida en oración. Se pierde profundidad y sentido. El diálogo presbítero-obispo-presbiterio no siempre es profundo. Tampoco lo es el diálogo religiosa-superiora-responsable-congregación. Se pierde en filiación y fraternidad.

Fragilidad humano-afectiva y comunitaria. Tiene su raíz en la realidad cultural y familiar. Se manifiesta en la dificultad de mantener opciones permanentes o en hacerlas rápidamente, sin  interiorizar sus consecuencias, en la forma de vivir los problemas, de evitar los conflictos, en la hiper-sensibilidad, en cuadros de depresión, en problemas ante las figuras de autoridad o en la forma de vivir el celibato, en mecanismos de defensa rígidos o en posturas extremadamente subjetivas. Se expresa en la necesidad de seguridad, éxito, eventos numerosos o compensaciones afectivas, en relaciones de amistad absorbentes, en dificultad para establecer amistades nuevas o en largos tiempos dedicados a navegar en el cyber-espacio, mientras las relaciones virtuales sustituyen a las personales. La fragilidad depende -muchas veces- de “lo que siento” o “me gusta”. El subjetivismo pasa a ser para estos la única norma. Se desea “todo y en seguida”, mientras se invierte mucho tiempo y dinero en la propia imagen que nunca convence. La fragilidad depende de la presencia o ausencia de emociones fuertes, mientras lo importante es estar bien con uno mismo. Obedece a necesidades afectivas no resueltas. Privilegia el “hacer” -que da satisfacciones inmediatas- y lo pone por encima del ser. Muchas veces, estos puntos no han sido trabajados suficientemente durante la formación inicial. Aunque en ella se ha introducido el apoyo de técnicos -pericia psiquiátrica de ingreso, taller de identidad, psico-diagnóstico y eventual terapia- el aporte no siempre ha sido suficiente. Con Rulla afirmamos que, quienes se mueven por necesidades afectivas, tienen pocas posibilidades de perseverar en su vocación. 

Fragilidad vocacional. El egreso de una casa de formación no significa que la respuesta vocacional sea definitiva. Ha culminado la formativa inicial, pero la persona necesita aún continuar su formación permanente. 

Posibles respuestas a la fragilidad
Frente a esta realidad nos preguntamos: ¿qué hacer? Ante la fragilidad hemos de anteponer la conciencia de los propios límites, la apertura a la gracia, el trabajo en equipo y el valor de la fidelidad. Proponemos afirmar la opción por aprender a vivir la propia vocación durante toda la vida y atender a las antiguas áreas formativas buscando, ante todo, la fidelidad a la Voluntad de Dios. No conocemos deserciones por problemas teológicos o pastorales. Las fragilidades humano-afectivas y espirituales son las que más influyen en la fidelidad e identidad vocacional. De ahí la importancia de una nueva maduración humano-afectiva y de una nueva opción por lo espiritual.

Nuestras Iglesias necesitan teólogos. Frente a la fragilidad intelectual proponemos la elaboración de una verdadera propuesta de renovación para los hombres y las mujeres consagradas. La experiencia personal me habla, además, de la importancia del post-grado y, en especial, de cursos académicos internacionales que por sus exigencias, permiten crecer verdaderamente. Ante la fragilidad pastoral sugerimos el trabajo en equipo, el sentido de pertenencia al presbiterio, a la Diócesis, a la comunidad, a la congregación y la conciencia de corresponsabilidad pastoral. Son importantes los Planes de Pastoral que promueven participación e impulsan a la comunión.

Aparecida propone -a nivel espiritual- la experiencia de Dios como encuentro que lleva a la conversión. Los maestros espirituales hablan de una primera, segunda y tercera conversión. Tal afirmación nos dice que, durante la formación permanente inicial y las siguientes, la conversión sigue siendo un desafío. Ante todo somos discípulos y sobre esta realidad se apoya la identidad vocacional. Son necesarias nuevas experiencias de encuentro con Cristo. “Por ello, los cristianos necesitamos recomenzar desde Cristo, desde la contemplación de quien nos ha revelado en su misterio la plenitud del cumplimiento de la vocación humana y de su sentido. Necesitamos hacernos discípulos dóciles, para aprender de Él, en su seguimiento, la dignidad y plenitud de la vida. Necesitamos, al mismo tiempo, que nos consuma el celo misionero para llevar al corazón de la cultura de nuestro tiempo, aquel sentido unitario y completo de la vida humana que ni la ciencia, ni la política, ni la economía ni los medios de comunicación podrán proporcionarle. En Cristo Palabra, Sabiduría de Dios (Cf. 1 Cor 1, 30), la cultura puede volver a encontrar su centro y su profundidad, desde donde se puede mirar la realidad en el conjunto de todos sus factores, discerniéndolos a la luz del Evangelio y dando a cada uno su sitio y su dimensión adecuada” (DA 41- 42). El desafío incluye vigilancia de la castidad, la obediencia y la pobreza o austeridad de vida. Estos tres principios evangélicos permanecen unidos de tal forma que, cuando falla uno, se deterioran los demás.            

Frente a la fragilidad humano-afectiva proponemos el seguir integrando distintos aspectos de la historia personal. Algunos temas son cíclicos. Todos tenemos heridas profundas que exigen, no tanto mirar a uno mismo sino al Único sanador-liberador: Cristo (Cf. Sal 147 (146), 3; Hech 4, 11- 12). Por todo esto es recomendable hacer, junto al chequeo médico y dental periódico, una supervisión psicológica cada tres o cinco años para favorecer la salud mental. Se trata de desarrollar personalidades que sigan madurando en contacto con la realidad y abiertas a Cristo. Ante todo somos personas y sobre esta realidad se apoya la identidad vocacional.

En definitiva, la formación abarca diversas dimensiones que deberán ser integradas armónicamente a lo largo de toda la vida.
a)      La Dimensión Humana y Comunitaria. Tiende a acompañar procesos de formación que lleven a asumir la propia historia y a sanarla, en orden a volverse capaces de vivir como cristianos en un mundo plural, con equilibrio, fortaleza, serenidad y libertad interior. Se trata de desarrollar personalidades que maduren en el contacto con la realidad y abiertas al Misterio.
b)      La Dimensión Espiritual. Es la dimensión formativa que funda el ser cristiano en la experiencia de Dios, manifestado en Jesús y que lo conduce por el Espíritu a través de  los senderos de una maduración profunda. Por medio de los diversos carismas, se arraiga la persona en el camino de vida y de servicio propuesto por Cristo, con un estilo personal…
c)      La Dimensión Intelectual. El encuentro con Cristo, Palabra hecha Carne, potencia el dinamismo de la razón que busca el significado de la realidad y se abre al Misterio. Se expresa en una reflexión seria, puesta constantemente al día a través del estudio que abre la inteligencia, con la luz de la fe, a la verdad. También capacita para el discernimiento, el juicio crítico y el diálogo sobre la realidad y la cultura. Asegura de una manera especial el conocimiento bíblico teológico y de las ciencias humanas para adquirir la necesaria competencia en vista de los servicios eclesiales que se requieran y para la adecuada presencia en la vida secular.
d)     La Dimensión Pastoral y Misionera. Un auténtico camino cristiano llena de alegría y esperanza el corazón y mueve al creyente a anunciar a Cristo de manera constante en su vida y en su ambiente. Proyecta hacia la misión de formar discípulos misioneros al servicio del mundo. Habilita para proponer proyectos y estilos de vida cristiana atrayentes, con intervenciones orgánicas y de colaboración fraterna con todos los miembros de la comunidad. Contribuye a integrar evangelización y pedagogía, comunicando vida y ofreciendo itinerarios pastorales acordes con la madurez cristiana, la edad y otras condiciones propias de las personas o de los grupos. Incentiva la responsabilidad de los laicos en el mundo para construir el Reino de Dios. Despierta una inquietud constante por los alejados y por los que ignoran al Señor en sus vidas” (DA 280).

Cuatro retos complementarios
Muchas veces, cuando un paciente entra a ver a un psiquiatra, la pregunta es: ¿cómo se llama y qué hace?, ¿qué día es hoy?, ¿en qué ciudad estamos? Es que la salud mental se mide- entre otras cosas- por la conciencia de uno mismo, por estar ubicado en el tiempo y en el espacio. 

Ante la fragilidad, se ha de procurar la conciencia saludable de uno mismo. Consiste en estar contentos con lo que somos y hacemos. Radica en ser nosotros mismos en toda circunstancia. Para ello y dinámicamente, hemos de integrar toda la personalidad humano-cristiana desde la propia Vocación y vivirla con pasión. Ha de integrar -y seguir integrando periódicamente- las propias heridas, necesidades afectivas, sombras, transferencias y contra-transferencias, recuerdos, fantasías, talentos y potencialidades. Para ello sugerimos -una vez más- la supervisión psicológica periódica y la vida fraterna. Se trata de cuidar la salud psíquica, física, moral, social, eclesial y espiritual. En un mundo en cambio, la pregunta existencial sigue siendo: ¿quién soy? La única respuesta tiene tres dimensiones que se alimentan dinámicamente: soy fiel a mí mismo, soy fiel a mi Vocación y soy fiel a Dios. Esta respuesta ha de asumir la propia fragilidad, ha de abrirse a la gracia, ha de reconocerse en tensión entre lo que se es y lo que se debería ser, entre la realidad y lo posible.  

La conciencia saludable del tiempo consiste en el correcto uso del mismo, en vivir el presente en paz. Supone la armonía del tiempo material, del psicológico y del espiritual. Es la aceptación serena del tiempo de Dios. Una fragilidad común en nuestro tiempo consiste en no saber organizar el tiempo. Hemos de asumir nuestra historicidad y aprender a usar, correctamente, el tiempo a corto y a largo plazo. Las agendas nos ayudan en tal sentido. El uso del tiempo a largo plazo consiste en ver como se usa el día, las semanas y meses en la perspectiva del proyecto de vida y de la propia Vocación. Esto no siempre sucede. Hay quienes viven sin agendas y sin planificar. Tal realidad hace fracasar la auto-imagen y se termina en aburrimiento, insatisfacción y vacío, porque todo vale igual. Entonces surge la pregunta ¿qué estoy haciendo aquí y ahora? El apoyar la vida solamente en tiempos útiles se transforma en peso. Muchas veces esas sensaciones van unidas a un sentimiento de víctima ante el Obispo o el compañero mayor. Muchas veces aparece la fatiga física -pues no duerme suficientemente- o mental por falta de motivación y espiritual pues no hay “nada nuevo bajo el sol”.

El uso del tiempo a corto plazo consiste en tener lo mínimo necesario organizado. Sin embargo hay quienes viven en el desorden y la dispersión total y llaman a eso espontaneidad; así tapan la improvisación absoluta: no se sabe cuándo se está trabajando o descansando, la gente puede golpear a las 0, 45 o a las 11, 30. El tiempo poco definido hace que la persona esté ocupado todo el día y toda la noche. Para una persona responsable, un estilo de vida así puede llevar a una sensación de frustración. Para quien tiene una responsabilidad relativa, el resultado final puede ser un “no hago lo suficiente”. La dispersión lo puede convertir en un barco sin brújula. Cuando la distinción entre día y noche, trabajo y descanso, deber y caprichos personales se confunden, aparece la sensación de una vida insalubre y en consecuencia, sin sentido. De hecho no se hace nada verdaderamente útil. Puede aparecer la pregunta: ¿para qué seguir? El otro extremo es el absoluto control del tiempo, tanto de los plazos largos como cortos. Comúnmente los extremos repercuten en el celibato y ahondan las necesidades y carencias afectivas. También repercuten en la oración que tiende a la dispersión o a los escrúpulos. Los extremos influyen negativamente en lo pastoral.

Es necesario armonizar el tiempo, organizarlo a corto y largo plazo. Exige libertad interior, es decir, la capacidad de asumir lo imprevisible con cierta paz. Incluye aceptar que los tiempos de Dios no son los nuestros y confiar en su Providencia. Nos lleva a asumir que hacemos camino en grupo y que los tiempos del otro y de los otros, nos enriquecen. Tal uso equilibrado del tiempo impide la ansiedad, la hiperactividad o el cansancio abúlico, evita la búsqueda de satisfacciones inmediatas, los mecanismos de defensa y escapes: viajes frecuentes, opciones supra-parroquiales o estudios civiles. De ahí el valor de lograr un uso saludable del tiempo.    

Frente a la fragilidad, otra meta es la conciencia saludable del espacio pastoral. Cada responsabilidad exige libertad interior. Se concreta en el espacio pastoral. Es fundamental que cada uno sepa, con claridad, cuáles son sus espacios pastorales y responsabilidades, para que el servicio sea eficaz. No es fácil el trabajo en equipo. Hay que aprender a hacerlo. Detrás de esta afirmación está la conciencia de que los objetivos son los mismos y de que los espacios pastorales no son competitivos, sino complementarios. Se ha de evitar que sean absorbidos por una única persona y que alguno de los miembros del equipo pastoral pierda espacios de responsabilidad. Cuando esto sucede, comienzan los conflictos.

Se ha de tener en cuenta que, comúnmente, quien trabaja puede despejarse en su casa y quién tiene grandes problemas familiares puede tomar un respiro en el trabajo. Generalmente, la vida ofrece espacios diferentes y complementarios. Diferentes lugares y espacios crean un equilibrio saludable. El problema se da cuando la parroquia y la casa del sacerdote o religioso son tierra de todos. Cuando hay un solo lugar éste puede volverse sofocante y el dejar el ministerio puede ser una aparente salida. Siempre es  recomendable cambiar de espacios de tanto en tanto: trabajo pastoral y lugar del día libre, comunidad permanente y lugares de vacaciones. Siempre se recomienda la existencia de un espacio existencial y cambios de parroquia cada siete o diez años. ¡Al menos hemos de cambiar de parroquia o colegio dos veces antes de las bodas de plata! La inamovilidad es un problema. El problema opuesto se da cuando alguien necesita cambiar de espacio con demasiada frecuencia y en lugar de asumirse limitado y con necesidad de auto-crítica, culpa a los espacios y a las personas por sus dificultades.

La conciencia saludable del espacio propone: 1) que cada uno conozca con claridad sus espacios de trabajo y responsabilidades, 2) que nadie absorba la totalidad de las responsabilidades ni las delegue totalmente, 3) que sean diferentes los espacios de trabajo pastoral y de recreación, 4) que exista la capacidad de cambiar cada tanto de parroquia, colegio, etc, 5) que cada uno pueda, a su vez, diferenciar los espacios mínimos para rezar, atender pastoralmente, realizar reuniones o hacer vacaciones.

También exige, de parte de cada uno, tener lo que llamaremos: justos espacios inter-personales. El neo-sacerdote o consagrado se relaciona con quienes sirve: desconocidos, parroquianos-conocidos o amigos-familiares, Obispo-compañeros. La madurez humano-afectiva incluye saber cómo relacionarnos con los demás y distinguir círculos afectivos diferentes. No todo se ha de conversar con todos. Esta conciencia saludable pide, a la vez, espacios de fraternidad. Son fundamentales. Convienen que los primeros años transcurran junto a figuras sacerdotales o religiosas  “probadas”. Aunque la pedagogía y la sabiduría de la Iglesia coloca a los nuevos presbíteros o religiosos con personas adultas desde el punto de vista vocacional, la novedad esta en buscar que sean espacios de intercambio, no sólo pastorales e intelectuales sino de fraternidad, de crecimiento humano-afectivo y  espiritual. La falta de relaciones inter-personales vitales y estimulantes engendra individualismo y desánimo, hace emerger síntomas como la sensación de soledad, la incapacidad para comunicarse a nivel profundo o miedo a las propias vivencias y conduce a relaciones funcionales, formales y diplomáticas. Se desvirtúa así la propuesta de la formación inicial con sus pequeñas comunidades y correcciones fraternas.

La conciencia saludable de la propia Vocación consiste en vivir de y para la Vocación recibida. Mientras que la conciencia saludable de uno mismo desafía la madurez humano-afectiva, ésta desafía la vida espiritual. Esta conciencia nace y crece en un espacio personal en el que se discierne la vida: la oración. Ella madura la identidad sacerdotal o consagrada y crece en la medida en que se escucha -en el silencio interior y entre el ruido exterior- al Espíritu. Todo ha de afirmar la propia Vocación. Desde la seguridad del “soy sacerdote” o “soy consagrado” se enfrentarán las situaciones cambiantes de la vida, de la propia misión y, en especial, de la propia fragilidad con entereza. (Cf. Directorio para el Ministerio y la vida de los Presbíteros, Vaticano 1994, 39- 54). Además de la oración proponemos re-vitalizar el encuentro con la Eucaristía y la contemplación del Misterio de la Cruz sin la que no es posible llegar a la Pascua. La contemplación asidua de la Cruz y del Crucificado integra polaridades, evita dobleces, ordenan e integran los afectos, enfrenta la dicotomía de la actividad pastoral y los espacios personales, afectivos y espirituales.

No debería faltar la revisión periódica de la relación con el Obispo o el superior de la comunidad o Congregación, con el presbiterio en el caso del presbítero y de la fraternidad comunitaria en el caso de los religiosos, tampoco el cuidado del sentido de la obediencia -entendiendo por obediencia la aceptación serena de lo que Dios dispone por mediación de la Iglesia y del “no pensar solos”- de la castidad o de la pobreza. Una relación sana con el Obispo -figura de autoridad- manifiesta la madurez espiritual. La relación con el cuerpo de presbíteros, diáconos permanentes o demás religiosos ha de ser fraterna, de hermanos. Aún cuando en toda familia los hermanos discuten, se alejan y reconcilian, no puede faltar el respeto y el hablar de frente. Una sana relación con los pares enfrentará también las propias debilidades y las abrirá al crecimiento. Cada uno es responsable de sus pares. Junto al cuidado de la calidad de obediencia y realidad de la pobreza, cada uno ha de hacer de la castidad una opción permanente. Renovarla cada tanto es fundamental para dinamizar la propia Vocación.

La relación con los laicos ha de ser de servicio. Una actitud paterna se opone al autoritarismo que revela inferioridad inconciente y una falsa eclesiología. Los curas jóvenes no están del todo convencidos de que muchas de las cosas que hacen realmente sean necesarias, ni de que todo lo que dicen sea verdad. Los desestabiliza muchísimo ser contradichos o que los demás no acepten lo que dicen. A veces, terminan en una rigidez absoluta de pensamiento. Hay quienes responden con el Código de Derecho Canónico o con el Catecismo de la Iglesia Católica sin observar que, antes de iluminar la situación, es necesario acercarse al caído como buen samaritano. Éstos, producen reacciones fundamentalistas. Por eso, el trato con los fieles y con los ministros laicos ha de ser un tema de constante revisión para alcanzar la salud vocacional.   

Me pregunto: ¿qué elementos me permitieron seguir creciendo luego de la ordenación? Uno fue el acompañamiento espiritual, otro fue la oración y el buscar cada tanto (cada lustro en mi caso) una instancia espiritual fuerte y vivencial: primera semana de San Ignacio, Ejercicios de mes, desierto, etc. También me ayudó el intercambio con el párroco experimentado y enfermo que, en el ocaso de su vida, me testimonió que “los árboles mueren de pie”.

En definitiva, la propuesta es cuidar el tesoro de la propia Vocación desde las mismas áreas de la formación inicial. La sugerencia es acentuar una espiritualidad de comunión. La comunión es como una gran profecía en un mundo fragmentado e individualista. Es una posibilidad evangélica. Apunta al centro del problema y de ciertos problemas. Parte de la igual dignidad humana y del bien común. Supone comunión afectiva y hasta de bienes, tiempos, ideales y motivaciones. Exige aunar voluntades en un esfuerzo común que, por otra parte, nadie hará solo. Supone caridad y gratuidad. Impulsa a una Iglesia-Comunión, comunidad de comunidades y comunidad ministerial. Incluye el servicio a los más pobres y sufridos, para decir en Cristo: “No tengo oro ni plata, pero lo que tengo te doy: en Nombre de Jesús de Nazaret, camina” (Hech 3, 6). La comunión es caridad que mira los intereses de Dios (línea vertical o ascendente) y a los problemas de los hombres actuales (línea horizontal). El equilibrio de estas dos líneas se encuentra en la misión. 

La invitación es volver a las preguntas fundamentales y existenciales: ¿quién soy? (identidad), ¿de quien soy? (intimidad-pertenencia), ¿qué estoy creando? (generatividad-creatividad), ¿qué sentido y significado tiene mi vida? (sabiduría) y ¿para quién soy? (consagración-misión). Se trata de volver a tres preguntas importantes: ¿quién soy (identidad personal), ¿en qué apoyo mi fe y discipulado? (identidad cristiana) y ¿cómo sirvo al pueblo de Dios? (identidad vocacional). Se trata de afirmar la identidad, desde la conciencia de ser vasija de barro que, sin embargo, guarda un tesoro. Por eso, hay que buscar la sabiduría. La propuesta es no querer arreglar el mundo, sino la propia vida. Es ver la realidad y a los demás con los ojos de Dios, con una mirada contemplativa. Es consolidar la propia identidad y continuar la aventura de “Ser”.  
           
A nivel eclesial el desafío es una pastoral presbiteral y para religiosos que esté atenta y responda a las necesidades en la línea del crecimiento permanente. Sólo así la configuración con Jesucristo de unos y con el carisma particular de otros será real. La salud integral de cada presbítero es la riqueza de su Iglesia local, la salud integral de un religioso es la riqueza de su Congregación. El primer quinquenio define qué tipo de vida tendrá cada uno. Son propuestas concretas: enfrentar la fragilidad, la necesidad de un acompañamiento integral, compartir vivencias, descanso, ejercicio sano del liderazgo, auto-disciplina, manejo de los conflictos, relación con la familia, espíritu de fraternidad y, en definitiva, conciencia saludable de uno mismo, del tiempo, del espacio y de la propia Vocación. La formación permanente inicial, en síntesis, es: apertura radical a la gracia, esfuerzo personal y opción de cada Diócesis o Congregación[3].

Apéndice 2
El Stress
Es la reacción no específica del cuerpo ante un estímulo, sea este positivo en el caso de una euforia de satisfacción, sea este negativo en la manifestación de una no satisfacción. Es un problema crónico de nuestro tiempo y tiene entre otras, como causas:
- los grandes cambios del mundo contemporáneo y de la Iglesia, hasta en la teología, la eclesiología, etc que son causa de tensión.
- los grandes cambios en la imagen del sacerdote y en las exigencias que se le presentan (se debe hacer todo) o en la imagen del consagrado.
- falta de reconocimiento y ayuda muchas veces en comunidades divididas, agresivas y con críticas permanentes.

El crónico es difícil de curar por sus manifestaciones de: úlceras, ten­siones permanentes, parálisis o afecciones cardíacas. El común suele llevar a perder el gusto por el trabajo pastoral pues la Vocación se transforme en un peso, en un deber que lleva a querer cambiar de trabajo o de Vocación misma, a una vida marcada por el “demasiado”: demasiado trabajo, demasiadas reuniones, demasiado...todo, a la herejía de las obras buenas y de hacer cosas. Se puede manifestar también en una pérdida del sentido del celibato por vivirse en un mundo erotizado. Puede llevar al alcoholismo, a una alimentación excesiva, a un sentimiento de permanente culpa o a la soledad. Lleva al descuido de la salud física y emotiva, del deporte y de la amistad. En lo espiritual puede llevar dejar la oración y al surgimiento de ideales que no pueden darse por la realidad o las limitaciones propias de cada uno.

Muchas veces son causas de esta realidad la pérdida de autoridad sacerdotal y el paso del sacerdote autoridad al sacerdote amigo, de sentirse exigidos por lo pastoral que se tecnifica y por la técnica misma, por no saber hacer prioridades, por la falta de reconocimiento al trabajo hecho, etc.
           
El stress se resuelve en la medida en que se equilibran los cuatro elementos básicos de la salud mental:
            - vida espiritual,
            - amistades,
            - trabajo y
            - tiempo libre bien utilizado.

Además, es importante para la formación permanente la visita periódica al médico, la atención a la sintomatología del stress, y la presencia de familias amigas. Cada Diócesis, Congregación, Instituto tiene la palabra en lo que se refiere a formación permanente y en cuanto a ayudar a la salud física, la atención a la alimentación y el dormir bien, las va­caciones, el año sabático y la salud emotiva, en cuanto facilidades para cultivar y mantener  amistades, espacio de trabajo, tiempo libre, vida espiritual, etc. Cada Diócesis tiene la palabra en cuanto a la posibilidad de una casa destinada a la salud y el descanso o para la recuperación de casos de alcoholis­mo, crisis vocacional, etc y tiene la palabra en cuanto a un Vicario para el Clero y la Vida Religiosa que esté atento a estas realidades y a nuevos desafíos.




Capítulo 4
Perspectivas bíblicas del acompañamiento: la pedagogía de Dios en el AT. El acompañamiento de Jesús a las personas y al grupo discipular en el NT.

            Por un lado afirmamos que el acompañamiento vocacional es “el proceso personal y comunitario mediante el cual la Iglesia crea condiciones para que los cristianos puedan optar con la mayor madurez y libertad posible, por la manera específica del seguimiento de Jesús, según sea la Voluntad de Dios sobre sus vidas” (III Encuentro Latinoamericano de Vocaciones, CELAM- DEVYM, “La Animación de la Pastoral Vocacional”, Lima 1986, 11).

  Por otro, aseveramos que Dios -a lo largo de la historia de la salvación- ha creado las condiciones para que, hombres y mujeres de la Biblia por un lado y el pueblo de Israel por otro, lo reconocieran como Único Dios, lo amaran y lo siguieran. La pedagogía divina es la manera con la que Dios Padre llama a Abraham, Moisés, etc., y por la que conduce a Israel -su pueblo- hacia la Revelación de Jesucristo. En cada oportunidad invita al dialogo, al compromiso, manifiesta su misericordiosa y opta por el pobre. Podemos hablar, de una pedagogía divina en el AT como en el N T                  

La pedagogía de Dios en el AT. Siete características
1. Dios llama desde siempre. Un ejemplo de ello es la Vocación de Jeremías (Cf. Jer 1, 5). El primer elemento que aparece es la iniciativa divina. “Te conocí…, te consagré…, te constituí…” La vocación es regalo, don, manifestación gratuita del amor divino. El punto de partida del proceso vocacional es una experiencia de amor. Quien se experimenta amado escucha un llamado personal que es desde y para siempre (Cf. Itaicí, A. Giraldo Jaramillo, 131- 151). 

2. Dios llama a una misión. Abraham es llamado a la fe y a la vida (Cf. Gn 12, 1- 9. 22, 1- 29). Moisés para conducir al pueblo de Israel hasta la tierra prometida (Cf. Ex 3, 2- 13. 14, 15- 31). El segundo llamado es significativo. Dios ha escuchado el sufrimiento de su pueblo y viene a liberarlo. Para hacerlo, le da una misión: ser guía, conductor del pueblo elegido. De la misma forma, Dios elige y envía a Gedeón: “Vete, y con tus propias fuerzas salva a Israel… Yo te envío” (Jue 6, 14). La conciencia de ser elegido para una misión da un sentido de pertenencia.   

3. Dios llama a ser pueblo. Llama a que cada uno sea parte de un pueblo que lo tiene como Dios. Se opone a toda idolatría e invita a dejarse guiar por Él. Ese acompañamiento lleva al crecimiento personal y a la identidad comunitaria, a ser pueblo de Dios, pueblo elegido, pueblo santo (Cf. Dt 4, 5- 22. 27, 9- 11 y Lv 19, 2). 

4. Dios llama a realizar un proceso. Conduce al pueblo hacia la realización de la promesa. Se presenta, no como una idea, sino como una Persona que se deja encontrar en la historia. La pedagogía divina es progresiva. Esto, nos hace pensar en la necesidad de progresos graduales. Como los de Israel, estarán pautados por la infidelidad del pueblo, la necesidad de conversión y la fidelidad de Dios. Tanto Dt 32, 10- 12 como Os 11, 1- 9 condensan la pedagogía divina hacia su pueblo: Dios lo cuida, protege, ama, enseña a caminar y lo acompaña. Parte de la realidad concreta y propone una ruptura con el pasado opresivo. Proponer un camino, un itinerario que comporta la salida “de la tierra de uno mismo”. El proceso supone una meta: Dios mismo. Sólo Él conduce a la tierra prometida, a la libertad. El camino -como éxodo- está lleno de contradicciones, frustraciones, fracasos e infidelidades. Dios es fiel.

5. Dios manifiesta una pedagogía liberadora. La acción de Dios no fue improvisada. Génesis 3, 15 muestra la intencionalidad divina. Dios no es juez rígido, sino Padre amoroso. La acción educativa de Dios comienza como un llamado permanente a la libertad en medio de opresión y la esclavitud: “de Egipto yo llamé a mi hijo” (Os 11, 1). La vocación a la libertad es condición irrenunciable en el proyecto de Dios. Responder a ese llamado implica un momento de ruptura, un “salir de”…, un salir de la situación objetiva y subjetiva de servidumbre, realizar un “éxodo”, un camino largo y difícil, lleno de dificultades, amenazados por las divisiones, el cansancio, el deseo de volver atrás y la nostalgia por lo que se ha dejado. El proceso guarda interrogantes y desafía a la confianza. La meta es la liberación. 

6. Dios manifiesta una pedagogía histórica. “Dijo Dios: bien vista tengo la aflicción de mi pueblo y he escuchado el clamor que le arrancan sus capataces; pues ya conozco sus sufrimientos. He bajado para liberarle de la mano de los Egipcios y para subirle de esta tierra, una tierra que mana leche y miel” (Ex 3, 7. 8). Ante un pueblo rebelde, Dios ofrece una nueva oportunidad y llama a la conversión, invita a emprender de nuevo el camino, reaviva la esperanza. El ejemplo de Dios nos enseña a perseverar en el itinerario y en el tiempo.

7. Dios manifiesta que su pedagogía es el amor En la frontera del Antiguo y del Nuevo Testamento encontramos la pedagogía del amor. Dios es fiel (Cf. 1 Cor 1, 9). Su fidelidad es amor que no se agota en sí mismo, sino que sale al encuentro del otro. Es amor de misericordia (hesed), amor sólido, que persevera en el tiempo. También es verdad y coherencia consigo mismo (´emet). El último  término tiene la misma raíz que ´emunah, es decir, fe. Se puede entender la fidelidad como “obediencia de fe”. Porque Dios es ´emet, puede pedirnos ´emuah. La vertiente jurídica de su fidelidad es la Alianza. Su vertiente vital es un amor incondicional. En este sentido, podemos decir con E. Jacob: “Lo más maravilloso para el pueblo de Israel, no es tanto que Dios lo ame, sino que ese amor sea fiel y duradero, a pesar de todo.” También nosotros podemos maravillarnos porque su amor es eterno, a pesar de cómo somos. Hay dos salmos que cantan esta forma de fidelidad. El Salmo 117 (116) proclama: “¡Alabad a Yahvéh, todas las naciones... pues sólido es su amor hacia nosotros, su fidelidad dura por siempre.” El Salmo 136 (135) afirma: “su amor no tiene fin”. La fidelidad es como una “alianza nupcial” en la que Dios no falla nunca. Él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo. Por ello, la fidelidad funda una relación teologal: “has de saber, pues, que Yahveh tu Dios es el Dios verdadero, el Dios fiel que guarda la alianza y el amor por mil generaciones a los que le aman y guardan sus mandamientos” (Dt 7, 9). Porque es fiel no se muda, es firme, no cambia su promesa (Cf. Miq. 7, 14- 15. 18- 20). Es imposible que Dios deje de ser fiel (Cf. Rom 3, 3). Lo es, a pesar de nuestras fallas. “Si somos infieles, él permanece fiel, pues no puede desmentirse a sí mismo.” (2 Tim 2, 13). Dios no puede dejar de amarnos incondicionalmente. El Salmo 89, 31 dice “Si sus hijos abandonan mi ley y no andan según mis decisiones, si profanan mis preceptos y no guardan mis mandamientos, castigaré a varillazos su pecado y con golpes su falta; pero mi amor no se lo quitaré ni renegaré de Mi fidelidad”  Porque es fiel es paciente y nos espera.  

El acompañamiento de Jesús a las personas y al grupo discipular en el NT.
                        Jesús es el Maestro. La relación maestro-discípulo en Israel, era distinta a la de hoy. Los maestros de Israel eran referentes que llegaba a ser más importante que el propio padre. Su autoridad moral no se basaba en los estudios que poseían, sino en la vida que llevaban. Para los judíos era más importante saber vivir, que vivir. Era lo que llamaba la atención. Podemos decir que guiaban a encontrar la propia vocación y misión. Jesús acepta ser llamado Maestro y enseña a encontrar, cumplir la Voluntad de Dios y a vivir. Los discípulos eran quienes aprendían a vivir su estilo de vida.
                       
                        Como en el Antiguo Testamento, también en los Evangelios aparece la progresión pedagógica y el desarrollo gradual en la formación de los discípulos.
                       
                        Primer momento: el llamado (Cf. Lc 5, 1- 11).
                        Conduce a la conversión y al seguimiento (Cf. DA 278). Es el ejemplo de Zaqueo (Cf. 19, 1- 10). Paralelamente, hay un anuncio del Reino (Cf. Mc 1, 15). Una característica del llamado es que se da a partir de la realidad. Los discípulos no viven ajenos a la tentación de la riqueza, la discordia, la injusticia, la dominación. Viven “en el mundo.” Allí los acompaña. Se puede decir que las situaciones históricas son el marco sin el cual no se comprende la enseñanza de Jesús al grupo. El grupo de los discípulos se relaciona con todo el pueblo que escucha a Jesús y entre el cual Jesús realiza su misión. La referencia al Padre y la coherencia de Jesús a su misión, son dos referencias necesarias del acompañamiento del Maestro al grupo. También aparece la radicalidad del seguimiento y la misión, expresada en el camino hacia Jerusalén y en los anuncios de la Pasión. Jesús acompaña a sus discípulos en medio de la misión, la radicalidad y su oración constante. Si el discípulo es el que aprende a vivir, podemos afirmar que el grupo aprende de un acompañamiento que, ante todo, se expresa en la Vida del Maestro, parte de la realidad de cada uno e ilumina las distintas situaciones de la vida. El contexto es el de la fe.

Segundo momento: el acompañamiento
Jesús parte de las inquietudes del grupo. Surgían del contraste entre las situaciones del pueblo y la predicación del Maestro. Muchas veces se transforman en preguntas concretas, por ejemplo, ¿cuántas veces se debe perdonar a los hermanos?, o sobre su forma de orar. Es significativo el ambiente de libertad en que se mueve el grupo. Ellos manifiestan sus inquietudes con espontaneidad,. Jesús los forma respetando sus tiempos.

Su acompañamiento es cercano y familiar. El primer lugar donde se experimentan los valores evangélicos -de servicio, alegría, caridad, perdón, etc.- es el grupo de sus discípulos. Jesús enseña con el ejemplo. Su pedagogía no es neutra. Con frecuencia toca el modo de vivir de las personas a quienes se dirige. Algunas veces, se enfrenta con ellas, exigiéndoles conductas coherentes con el Reino. Otras, realiza un acompañamiento personalizado, que compromete al discípulo. No exige a sus discípulos que tengan muchas cualidades o que prueben un comportamiento determinado en el pasado, sino que exhorta a vivir los valores del Reino en el futuro y en un contexto comunitario. Tampoco les pide que sigan un ideal de tipo moral, sino que se dejen penetrar por el misterio del Reino para adquirir sus valores. El proceso incluye valores que solamente se comprenden desde el Reino. Ellos no son de corte individualista, sino comunitarios: el servicio, el perdón de las ofensas, la confianza ilimitada en el Padre, la pobreza, la tolerancia, la perseverancia, etc. Su enseñanza tiene una finalidad: que el grupo de discípulos viva como tal.  

Tercer momento: el seguimiento
1. “Estar con Él(Cf. Mc 3, 14). Es la primera respuesta que espera el llamado. Aunque cada uno es personal, “estar con Él” exige integrar el grupo de discípulos. El seguimiento pide trabajo en equipo. La vinculación íntima con Jesús es desde una comunidad llamada a participar de su vida y misión (Cf. Lc 6, 40b).

            2. Escuchar al Maestro. Jesús pregunta a los primeros discípulos: “¿qué buscan?” (Jn 1, 45). Ellos responden: “¿Maestro, dónde vives?” Luego, ellos lo siguieron, escucharon, tuvieron un diálogo pedagógico con Él. El seguimiento incluye una escucha dinámica y orante.   

            3. Ser libres y amar. Jesús dice: “si alguien quiere venir en pos de mi...” (Mt 16, 24)… “si quieres ser perfecto…” (Cf. Mt 19, 16- 21). El seguimiento pide, por un lado, libertad interior y, por otro, capacidad de amar y de dejarse amar. El amor otorga libertad. La experiencia de amar convierte al discípulo en hombre libre.

            4. Ser amigos. En la parábola de la vid y los sarmientos Jesús revela el tipo de vinculación que ofrece y que espera de los suyos (Cf. Jn 15, 1- 8). No quiere una vinculación de siervos (Cf. Jn 8, 33- 36), porque “el siervo no conoce lo que hace su señor” (Jn 15, 15). Pide un vínculo de amistad. El siervo no entra en la casa de su amo, ni en su vida. El amigo escucha al Maestro y conoce al Padre. Es su “hermano” (Cf. Jn 20, 17), participa de su vida. Jesús y el discípulo comparten la misma vida que viene del Padre: Jesús por naturaleza (Cf. Jn 5, 26; 10, 30), el discípulo por participación (Cf. Jn 10, 10; DA 132). El seguimiento es fraterno.

5. El grupo de discípulos es la familia de Jesús (Cf. DA 133). Como ellos, estamos llamados a vivir en comunión con el Padre (Cf. 1 Jn 1, 3), en el Hijo por el Espíritu Santo (Cf. 2 Cor 13, 13; DA 155). “La vocación al discipulado… es con-vocación a la comunión en su Iglesia. No hay discipulado sin comunión…. La fe nos libera del aislamiento y nos lleva a la comunión. Esto significa que una dimensión constitutiva del acontecimiento cristiano es la pertenencia a una comunidad concreta, en la que podamos vivir una experiencia permanente de discipulado y de comunión con los sucesores de los Apóstoles y con el Papa” (DA 156).

6. Ser amados y amar. En el origen de toda vocación hay una elección amorosa. El llamado está dirigido a la conciencia profunda de la persona que, a partir de este, modifica su existencia y su corazón. El llamado es sanador, “pues no necesitan médico los sanos, sino los que están mal” (Cf. Lc 5, 31- 32). El corazón cerrado al amor es causa de muchos males. Al amar, Jesús sana a quien es elegido. El seguimiento incluye conciencia de la propia debilidad y confianza en su “poder sanador.”

7. Aceptar las mediaciones. Es el ejemplo de Pablo (Hecho 9, 1- 20) que, aconsejado por Ananías para recuperar la vista, llenarse del Espíritu Santo y discernir la misión, nos muestra la presencia de intermediarios (Cf. Hech 9, 9- 20)[4].

Para el trabajo grupal:
1. ¿Qué elementos encontramos en el acompañamiento que realiza Dios en el AT?
2. ¿Qué elementos reconocemos en el acompañamiento que hace Jesús a sus discípulos?
3 ¿Cómo proponerlos?
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Capítulo 5
La dinámica de los grupos humanos y su contenido vocacional.

Los grupos sociales pueden ser clasificados de distintas formas. En algunos casos, se trata de personas que están juntas y las une una circunstancia. En otros, son muchedumbre y los une el lugar. La sensación de ser muchedumbre desarrolla un estado psicológico de pasividad. También podemos hablar de bandas, barras o tribus. Sus actividades, aunque llevadas a cabo en común, no presentan un objetivo esencial pues la finalidad verdadera es estar juntos. La banda es muy diferente de la muchedumbre, por el número limitado de sus miembros, por la adhesión de ellos a su colectividad y por su mayor duración. La banda es bastante efímera. Otros grupos humanos cultivan y desarrollan la interrelación, los une una motivación común. Cada uno conserva su identidad, pero se enriquece en el grupo. Es lo que buscan nuestros grupos eclesiales. Aquí encontramos modos similares de sentir, pensar y valores comunes.

1. El grupo
Se mueve desde la clave de la inclusión. Desarrolla conductas de integración afectiva, promueve un ideal común, mueve a la participación y a una “progresión personal”, al decir de los scout. Podemos hablar de itinerarios grupales.

El grupo primario se caracteriza por los lazos personales íntimos, calidos, fraternos, cargados de emociones y mueve a la solidaridad. El grupo secundario es un sistema social que funciona regido por normas dentro de un segmento de la realidad social. Hablamos de grupos primarios cuando el vínculo interpersonal es lo más importante y de grupo secundario cuando éste posee un carácter institucional. Aquí, es un conjunto de personas que persiguen fines determinados, idénticos o complementarios. Más que un grupo, son una asociación de personas. Sus relaciones son cerealmente frías, impersonales, contractuales, formales.

Dinámica de pertenencia
Hablamos de pertenencia cuando cada integrante se siente y es aceptado como parte del grupo. El grupo pasa a ser, no una suma de individuos, sino una nueva realidad donde cada persona mantiene su identidad y puede hacerla crecer con-otros. Cuando una persona pertenece a un grupo, asume roles interactivos y responsabilidades en vistas al bien de los demás integrantes. Tales grupos se organizan, a la vez que respetan y promueven los carismas personales. Riviere dice que un grupo es un conjunto de personas que se reúnen para realizar una o varias tareas, ligadas entre si por constantes de tiempo y espacio y articuladas según el don personal de cada uno.
Cinco características surgen del sentido de pertenencia: 1) pluralidad de personas; 2) objetivo común; 3) un espacio de referencia; 4) un tiempo histórico determinado y 5) la forma de plantearse valores, ideologías, respuestas sociales, acciones concretas, etc.
En la mayoría de los grupos surgen líderes. Unos son nombrados, otros asumen el liderazgo en forma espontánea. Los liderazgos participativos, democráticos, de consenso, son los más importantes para la vida de un grupo.
A su vez, los grupos interactúan con otros. Sobre cada grupo influyen otros. A veces, llevan a un cambio de las actitudes personales y/o de la totalidad del grupo. Un mal grupal e intergrupal es la dependencia. Se opone al sentido de pertenencia pues la referencia es, por lo general, una persona y no a todos y a cada uno de sus integrantes.  
Dinámica de la identidad
El criterio de identidad considera que los miembros tienen conciencia colectiva de si mismos, es decir, tienen una identidad personal y, a la vez, colectiva. El criterio de estructura social considera que las relaciones entre los miembros tienden a estabilizarse, organizarse y regularse mediante el desarrollo de sistemas diferenciados de roles, valores compartidos y conductas. La fe es un factor determinante que da identidad personal y grupal.

Dinámica de poder
Hemos de asumir que los “juegos de poder” son parte de la realidad grupal. Generan alianzas -concientes o inconcientes-, relegan personas, proponen  equivocadamente la competencia. Pueden marginar o ayudar a crecer. Se da en los grupos eclesiales.  

Dinámica de debilidades grupales:
Hay grupos que realizan procesos lentos, necesitan más tiempos para reflexionar y actuar. En cada uno se da -además- un efecto nivelador, es decir, una tendencia a elaborar un pensamiento colectivo por encima del individual. En muchos casos se da una polarización de opiniones y comportamiento que pueden llevar, incluso, al surgimiento de sub-grupos. A la vez, se procura el compromiso. En algunos se aparece la “responsabilidad dividida” y, en otros, una responsabilidad compartida. 

Contenido vocacional
Un grupo eclesial “sano” genera una reflexión vocacional en sentido amplio (vocación a ser personas y a ser discípulos) y mueve al compromiso (vocación personal o eclesial). Promueve el despertar y el discernimiento vocacional.

2. La familia
Es el grupo social básico. Es un grupo natural, hoy en crisis. Es una Iglesia doméstica. “Es uno de los tesoros de los pueblos latinoamericanos  y patrimonio de la humanidad entera” (DA 432). Proporciona protección, seguridad, compañía, socialización. Es, a la vez, un santuario de amor, respeto a la vida y semillero de vocaciones. En ella se cultivan los valores evangélicos (la oración, la Eucaristía, el compromiso apostólico, etc.), culturales (compartir, valorar la vida, etc.) y morales (fidelidad, perseverancia, etc.), y el aprecio a la  vocación sacerdotal, religiosa y laical De ahí que, cuando falta esta experiencia fundante, las carencias afectivas y la inmadurez tienden a aumentar. La misión de la familia está en una estrecha relación con la pastoral vocacional; y como núcleo de la sociedad es la primera llamada a ser promotora vocacional en la comunidad, sembrando, afirmando y acompañando la vocación cristiana y específica en cada uno de los hijos, sobre todo dando testimonio de su propia vocación (Cf. Material preparatorio del Congreso 2011).

Contenido vocacional
Una familia sana genera la reflexión vocacional y promueve el despertar y el discernimiento vocacional. Algunas veces, uno de los padres juega un papel fundamental en el momento de la elección vocacional. Otras, la dependencia familiar se convierte en un obstáculo vocacional.

3. El grupo formativo
Es, generalmente, el grupo que promueve el trabajo estudiantil en equipo o que surge de una generación en el campo formativo.

Contenido vocacional
Comúnmente, cuando una persona ingresa a este tipo de grupos, ya discernió su vocación por lo que el grupo lo ayuda a madurar y a replantearse metas. La experiencia de vida es la mayor riqueza de estos grupos, pues conduce a una formación activa y participativa.

                  También la Pastoral Vocacional (SAV-PV) es una propuesta grupal, aunque incluya un acompañamiento personalizado. Como pastoral, es un servicio a la pastoral de conjunto. En tal sentido, es mediación y servicio a cada miembro del Pueblo de Dios que, al encontrar su vocación eclesial, se hace servidor de sus hermanos y del mundo. El Documento Pastores Dabo Vobis afirma que es: un servicio a cada persona a fin de que ella pueda descubrir el camino para la realización de un proyecto de vida tal como lo quiere Dios y como lo necesita el mundo de hoy (Cf. PDV, 36).
                         
Siempre es necesaria un Servicio de Animación Vocacional (SAV) activo, innovador, creativo. Hoy se habla de “pastoral juvenil vocacional”. El peligro está en que la pastoral juvenil no llegue a proponer la búsqueda vocacional y que la Pastoral de las Vocaciones (SAV-PV) quede anulada. Nuestros jóvenes están poco tiempo agrupados. Por ello, pensamos y proponemos un servicio complementario[5].

Capítulo 6
Las estructuras para el acompañamiento grupal: catequesis vocacional, círculos vocacionales, etapas previas, etc.

Los procesos personalizados, tanto personales como grupales, exigen estructuras. Nos detendremos en tres aportes: la catequesis vocacional, los círculos o grupos vocacionales y las casas de acogida o etapas previas. 

Etapa del despertar.
La catequesis vocacional
“Verbum Domini”  una catequesis bíblica. También el Documento de Roma (1981, 42- 43). Éste afirma que ella guía a los creyentes y, especialmente a los jóvenes, al encuentro con la Palabra y les ayuda a comprender el Plan de Dios desde la categoría de la Alianza. Ella presenta los grandes personajes del Antiguo y del Nuevo Testamento, especialmente a María. Agrega que una buena catequesis también permite comprender a los santos, los carismas fundacionales (Ibíd. 43- 45) y ayuda a conocer la vida y la misión de la Iglesia.

El Documento de Itaicí lamenta que, en muchos países como Bolivia, México o Uruguay, no había en 1994 una catequesis vocacional propiamente dicha (Itaicí, 107) y valora a naciones que sí la tenían como Colombia, Paraguay y Panamá (Ibíd., 108), especialmente para recibir el sacramento de la confirmación. El Documento de Roma propone la catequesis vocacional en Pastoral Familiar y Juvenil (Ibíd.., 231ss). En la primera, se puede motivar al compromiso, tanto en los cursos pre-bautismales como en la iniciación eucarística de los niños (Itaicí, 235). También puede haberlo la “Escuela para padres” y la “catequesis familiar”. La catequesis, como educación en la fe realizada en forma más o menos ordenada, sistemática y permanente, ha de estar pedagógicamente adaptada a cada cultura (Ibíd., 234). Se sugiere que haya catequesis vocacionales de especial consagración en la adolescencia y juventud (Ibíd., 232).

La catequesis de confirmación es un espacio vocacional, de descubrimiento de la vocación laical (Itaicí 239) y de comprensión de las vocaciones de especial consagración. También son espacios vocacionales: la escuela católica (Cf. DA 329), las parroquias y los movimientos juveniles. Estamos en la frontera entre catequesis y animación vocacional.  
           
I) Una experiencia: Salto.
Propuesta para la etapa del despertar
                        La etapa del despertar o “nivel 1” tiene como objetivo: 1) sensibilizar, vocacionalmente a los niños de los colegios (5to y 6to año), a los adolescentes y en especial a los jóvenes. 2) complementar lo que cada grupo tenga como itinerario parroquial. 3) colaborar en  la elaboración del proyecto de vida. Para esta etapa programamos encuentros, jornadas y retiros. La línea ignaciana motivadora es el “principio y fundamento.” La temática gira en torno a la vocación humana y bautismal, al llamado a ser discípulos misioneros en comunidad. Sirven aquí como textos bíblicos: Jn 1, 40- 42; Lc 18, 18- 22; Lc 5, 1- 11; Lc 5, 27- 29; Lc 9, 23- 24; Lc 9, 57- 62; Lc 14, 25- 27. 33, etc., es decir, los distintos llamados que hace Jesús. Las invitaciones son hechas por carta o correo electrónico a los interesados, equipos y párrocos.

 

            La propuesta

            Jornada para jóvenes de 15 años en adelante (Nivel 1 o etapa del despertar). El tema fundamental es el proyecto de vida. El tema supone abordar cuatro pilares y temáticas que son cíclicas y claves desde la Pastoral de las Vocaciones:


            Tema 1: La vida es un don. La elaboración de un proyecto de vida supone percibir la vida como don de Dios, el llamado a ser Personas y concienciar la dimensión vocacional de toda vida (Vocación humana). Es comprendernos como hijos. Esto supone un conocimiento personal mínimo (auto-conocimiento) especialmente de las potencialidades y debilidades y la aceptación del Yo-real para, desde allí, tender a ser. Es el aspecto antropológico del proyecto. Sin este aspecto, la vida se convierte en proyecto meramente humano.

            Tema 2: La vida es discipulado. La elaboración del proyecto de vida supone el encuentro personal con Cristo vivo, una primera conversión y el esfuerzo por ser sus discípulos (Vocación cristiana). Es comprendernos como hijos redimidos. Supone una experiencia de escucha atenta y frecuente con su Palabra y la opciones propias de un discípulo. Es pensar el futuro como discípulos. Es el aspecto cristológico del proyecto. Sin este aspecto el proyecto nunca será evangélico.

            Tema 3: La vida es una misión. El Proyecto supone percibirse como discípulos y misioneros desde la Iglesia (Vocación humano-cristiana). Es comprendernos como hermanos; supone una actitud ante la vida, el prójimo y la comunidad Iglesia, que se concreta en opciones de servicio. El servicio será el amor  que se concreta en los ambientes donde se está: familia, lugar de estudio y trabajo, parroquia, etc. Es el aspecto eclesiológico del proyecto. Sin este compromiso asumido, el proyecto será siempre provisorio.

Tema 4: La vida es una opción. El proyecto supone capacidad de opción responsable y libertad interior. Supone un discernimiento y una elección mínima para  transformar el don (Yo real) en donación (Yo ideal), es decir: pasar de la conciencia de que la vida es don, a la realidad de donar la vida, de ofrecerla a los demás y permanentemente. Es pensarnos como vocacionables. Así entendida, la vida y la fe son amor y servicio desde la búsqueda-realización de la Voluntad de Dios. Es comprendernos como hermanos y señores y convertir la vida en misión-respuesta permanente (Vocación  específica). Es el aspecto pastoral y espiritual del Proyecto. Sin este aspecto la vida y la fe no tendrán ni serán nunca una pasión.                                   
           
Etapa del discernir
“Círculos vocacionales” o grupos vocacionales.
Los círculos vocacionales son reuniones breves que, por lo general, tienen carácter  mensual. En muchas Diócesis se realizan en el Seminario Mayor o en casas de discernimiento. Sirve para: acompañar en forma personalizada a un pequeño grupo, ayudar en la elaboración de un proyecto de vida, re-leer la historia personal, evaluar opciones, etc. Estamos en la frontera entre catequesis y animación vocacional. Las reuniones pueden incluir momentos de oración, la Eucaristía,  acompañamiento espiritual, etc.  

Existen experiencias diversas. Podemos agruparlas en dos. Algunas, poseen grupos esporádicos. Éstos se forman para una actividad concreta o para realizar parte de un proceso que, en ese caso, es puntual. Esta modalidad permite un trabajo complementario entre Pastoral Juvenil y Vocacional. Otra experiencia supone la existencia de grupos vocacionales que no tienen contacto con Pastoral Juvenil. Recomendamos los primeros.

II) Una experiencia: Salto.
Propuesta para la etapa del discernir
                        Esta etapa o Nivel 2 está pensada para jóvenes que ya han hecho el camino anterior y están en tiempo de discernir su vocación. En este momento son importantes los retiros y las experiencias de misión. La temática fundamental son las distintas vocaciones y carismas, las reglas de discernimiento, etc. Salto la divide la etapa en dos:
            - Etapa de profundización, donde el joven, a través del auto-conocimiento y del asumir su historia personal como historia de salvación, profundiza su compromiso eclesial y discierne su Vocación específica.
 
            - Etapa del discernimiento donde confirma su Vocación específica y discierne lo propio del llamado (dónde, cuando, etc.)

 

          Los temas de esta etapa son:
            Retiro 1: Conocernos para ser libres (Dinámica de auto-conocimiento, presentación de las tres grandes vocaciones de la Iglesia. El objetivo es ser libres interiormente para discernir). El texto bíblico clave es Mateo 25, 14- 30.
           
Retiro 2: Cristo, el Hombre libre, me llama
            El discernimiento supone asumirnos como vocacionables, procurar el conocimiento personal y el ejercicio de una libertad madura. Sólo quien es libre, puede hacer elección de vida. Cristo es el modelo de toda libertad verdadera.
           
Retiro 3: Amar y servir en la Iglesia (Conocer y amar a la Iglesia. Vocaciones de servicio en la Iglesia como estados de vida).
           
Retiro 4: Pistas para el discernimiento vocacional
            El discernimiento supone la capacidad de optar por la Voluntad de Dios, conocimiento de la realidad y de las necesidades de la Iglesia. Presupone amor a Cristo, a la Iglesia y una responsabilidad madura.

 

Etapa del acompañar
Cursos propedéuticos
La finalidad y la forma educativa específica del Seminario Mayor exige que los candidatos al sacerdocio entren en él con alguna preparación previa” (PDV 62), que exista una preparación humana, cristiana, intelectual y espiritual. Esta preparación, si bien es considerada como una necesidad básica, sobre todo en aquellos lugares en que no existe un Seminario Menor (Cf. PDV 62, b), resulta sumamente importante al momento de definir las condiciones de ingreso (Cf. PDV 62, d). En general, el nivel académico previo es insuficiente y los hábitos de estudio también; muchos provienen de una frágil experiencia de vida cristiana en sus hogares y no poseen claridad vocacional. Sus orígenes diversos y sus diferencias socioeconómicas, culturales, académicas, de edad, lengua y formas de expresión, comportamiento, maneras distintas de vivir y expresar la fe hacen, aún, más compleja la formación. Por eso, el año propedéutico se hace fundamental” (Cf. Propuesta de Uruguay).

III. Una experiencia: Curso propedéutico de Uruguay (nivel nacional).
Tiene por objeto proponer a los candidatos al presbiterado un tiempo que les permita vivir una intensa experiencia de fe y de oración, una profundización en el misterio de Cristo y de la Iglesia, una iniciación en los compromisos presbiterales, una nivelación académica, y un acompañamiento personal y grupal para que con serenidad maduren en su opción por el sacerdocio ministerial en el clero secular.

Procura que cada candidato descubra que es el primer responsable de su formación, conozca y desarrolle sus cualidades y carismas, se integre como agente vivo y responsable en la comunidad formativa del Seminario, logre un adecuado conocimiento y aceptación de sí mismo, y tome conciencia de que esta etapa es el primer paso de un proceso que durará toda la vida…

Objetivo:
Lograr que el joven reafirme su opción sacerdotal dentro del clero secular.
Un adecuado conocimiento y aceptación de sí mismo para poder seguir creciendo en su opción.
Que valorice y tenga capacidad para la vida comunitaria. (diálogo, renuncia, solidaridad)
Que adquiera elementos de orden intelectual que lo capacite humana y vocacionalmente.

Orientarlo en un camino de oración más sistemática y profunda que lleve a un encuentro personal con Cristo; que sea capaz de meditar la Palabra de Dios personal y comunitariamente.

Puntos a verificar:
a) Quién es la persona que ingresa.
b) Motivaciones y motivos que trae.
c) Por qué quiere ser sacerdote secular.
d) Cómo es el joven en la vida de relación, cómo es en la comunidad.

Medios:
a) Encuentro personal regular con el formador.
b) Experiencias comunitarias (corrección fraterna, salidas, retiros, comunicación de experiencias)
c) Presentar y experimentar distintos métodos de oración.
d) Vida comunitaria
e) Formación intelectual sobre la base de cursos adecuados.
f) Integrar la relación con la familia al proceso vocacional.
g) Curso Taller de Madurez-Humana-Afectiva-Cristiana.
h) Acompañamiento espiritual frecuente y sistemático *
i) Confrontar y compartir elementos de la espiritualidad del Clero Secular.
j) Contacto y servicio a Jesús en el que sufre (Cottolengo).

Propuesta académica

Introducción a la Cristología                                                 4 créditos
Introducción a la Sagrada Escritura                                        4 créditos
Lingüística                                                                         4 créditos
Historia Universal y Nacional                                                4 créditos
Introducción al pensar Filosófico                                           4 créditos
Introducción a la Espiritualidad                                             4 créditos
Metodología de estudio                                                       4 créditos
1.      Seminario “Introducción al estudio universitario

IV) Una experiencia: Salto.
Casa de discernimiento Mons. Nicolini. 

2. Estructuras de apoyo
2.1. La Diócesis

Presidida por el Obispo, es el primer ámbito de la comunión y la misión. ( DA 169). La pastoral vocacional es una prioridad para la mayoría de las diócesis. Se expresa en el nombramiento del asesor, vicario o delegado vocacional que organizan el trabajo en esta pastoral. En cada Diócesis debe existir un centro de formación e información vocacional donde el interesado pueda tener orientación a su inquietud. 

V) Una experiencia: Salto
Posee el Centro Diocesano o Secretariado. “Está integrado por: un delegado de cada equipo parroquial y zonal, el asesor o director, un delegado de cada comunidad religiosa e instituto secular y algunas personas especialmente invitadas para brindar asesoramiento técnico. Tiene la finalidad de: 1) Animar el servicio pastoral, coordinándolo con las demás pastorales diocesanas y con cada sector del pueblo de Dios. Sensibilizar acerca del tema de las vocaciones y del diaconado permanente. 2) Procurar la formación de los promotores vocacio­nales y elaborar subsidios. 3) Acompañar a los vocacionables en su discernimiento. 4) Brindar un servicio más eficaz en base a cuatros comisiones: de oración, de actividades, de acompañamiento espiritual-vocacional y de coordinación”  (Cf. Periodos 1982- 1999 y 2002- 2010).

2.2. La Parroquia
Es el ámbito donde se ofrece el encuentro personal con Cristo (Cf. DA. 305) y la oportunidad de la experiencia comunitaria (grupos juveniles, catequesis de perseverancia y confirmación, acólitos y niños, etc.)  por lo que es el campo propio para acompañar y vivir una cultura vocacional, por lo mismo fuente natural de las vocaciones. Todos los miembros de la comunidad parroquial son responsables de la evangelización de los hombres y mujeres en cada ambiente. (Cf. DA 171) De igual manera han de fomentar, acompañar e impulsar toda opción vocacional cristiana. Especialmente el párroco y consejo parroquial. Especial importancia debe tener en las parroquias motivar la oración por las vocaciones por medio de horas santa vocacionales, retiros, convivencias, tarde juvenil y otros (Cf. Pre-Congreso, Managua 2010).  

Todo presbítero es agente de pastoral vocacional en los ambientes a él encomendados (parroquia, instituciones, etc.). Valorando la PV como eje transversal de su acción pastoral (Ibíd..,)  También lo son: los diáconos casados, los religiosos y religiosas, laicos y laicas (Cf. DA 205; 217 y 211 respectivamente).

A nivel diocesano podemos hablar de un perfil de los animadores vocacionales:
1.      Excelentes relaciones humanas
2.      Identificado con su propia vocación (testimonio de vida)
3.      Sólida vida de oración
4.      Accesible, cercano
5.      Creativo
6.      Dinámico
7.      Responsable
8.      Apertura y docilidad al Espíritu
9.      Apasionado por Jesucristo y la Iglesia
10.  Perseverante
11.  Respetuoso de la acción del Espíritu en cada persona
12.  Comprender la realidad del joven de hoy
13.  Actualizándose constantemente (formación permanente)
14.  Persona de fe
15.  Paciente (Cf. Pre-Congreso, Managua 2010).

También de funciones y tareas del animador vocacional:
16.  Iluminar doctrinalmente la dimensión vocacional de la pastoral
17.  Integrar la pastoral vocacional en la pastoral de conjunto
18.  Promover equipos de pastoral vocacional
19.  Sensibilizar al interno de la Iglesia sobre la importancia de esta pastoral
20.  Ofrecer espacios de Acompañamiento y discernimiento vocacional
21.  Ser puente de un trabajo en equipo integrado por las diferentes comunidades religiosas, movimientos apostólicos y demás.
22.  Animar la dimensión vocacional de la pastoral
23.  Celebrar los momentos fuertes del año (mes o semana vocacional)
24.  Promover la elaboración de materiales para la animación vocacional de la pastoral
25.  Organizar y promover  charlas, encuentros, campamentos, convivencias, expo-vocacional, jornadas vocacionales
26.  Concientizar al pueblo cristiano sobre el sostenimiento económico de  los seminarios y demás casas de formación (involucrando al pueblo en general, especialmente a las familias de los candidatos).
27.  Presentar el  tema de la vocación de forma atractiva, usando los medios posibles (hojas volantes, programas de radio, tv, página web vocacional; facilitando así el intercambio de materiales, insumos promocionales y procesos de formación entre los diferentes países, regiones etc.” (Pre-Congreso, Managua 2010)[6].

            VI. Una experiencia: los equipos parroquiales (Salto)
            “Son grupos compuestos por los tres sectores del pueblo de Dios y especialmente por integrantes de pastorales afines. Procuramos que cada uno de ellos esté integrado por: un sacerdote, un religioso y/o religiosa, laicos (en lo posible un matrimonio, un animador de adolescentes, un guía de jóvenes, etc.) Los equipos parroquiales tienen la finalidad de: presentar la dimensión vocacional de la vida (dimensión humana) y de la fe, sobre todo el compromiso bautismal y la dimensión comunitaria del bautismo (dimensión cristiana), formarse y coordinar con el nivel diocesano las actividades, sensibilizar acerca de lo vocacional y obtener representación en cada Consejo pastoral Parroquial.

            Equipos zonales. En las ciudades con varias parroquias procuramos la creación de estos equipos. Están integrados por: un sacerdote, delegados de todas las congregaciones religiosas presentes para que sea visible el criterio eclesial y laicos delegados de cada equipo parroquial. La finalidad de estos equipos es presentar las vocaciones específicas y acompañar en el discernimiento vocacional.

            En los últimos años y a partir de los miembros del Secretariado, hemos propuesto la creación de varios equipos de trabajo. Ellos son: 

1. Equipo de “oración”. Tiene la finalidad de proponer la oración por las vocaciones, especialmente en las comunidades y entre los enfermos. Comúnmente lleva adelante: horas Santas, rosarios vocacionales, cadenas de oración entre los enfermos, oración de los primeros viernes del mes, testimonios en la Eucaristía de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, reparto de estampitas vocacionales entre los enfermos, etc.

2. Equipo de “acompañamiento”. Su finalidad es ofrecer acompañamiento espiritual-vocacional personalizado a jóvenes y adultos que hacen su búsqueda y discernimiento en esta Pastoral. 

3. Equipo de “actividades”. Tiene la misión de planificar, realizar y evaluar  actividades vocacionales, tanto para la etapa del despertar, como del discernir.
           
            A estos equipos de trabajo se agrega el de “coordinación”. Este organigrama responde a un diagnóstico: “no está clara la dimensión vocacional de toda vida”.

            La Pastoral de las Vocaciones tiene como objetivo: “vocacionalizar las distintas pastorales de manera que se de un conocimiento y valoración de las diferentes Vocaciones, para que en el contexto de la Evangelización Nueva, comprometidos en una pastoral social liberadora, cada persona en comunidad responda al proyecto de Dios”      

Capítulo 7
La entrevista como medio fundamental. Entrenamiento para la entrevista.

                        La entrevista es la herramienta principal del acompañamiento espiritual-vocacional personalizado.

Definición

Acompañar es caminar junto a otro hacia una meta. En este caso se trata de acompañar durante el proceso vocacional.


  Es: “una ayuda temporal e instrumental que un hermano mayor en la fe y en el discipulado, presta a un hermano menor, compartiendo con él un trecho del camino, para que pueda discernir la acción de Dios en él, tomar decisiones y responder a la misma con libertad y responsabilidad” (Cencini)

 

La meta es el discernimiento y la confirmación de la propia vocación, que la persona se descubra en “estado vocacional”, pueda tomar decisiones y crecer con libertad y responsabilidad delante de Dios y de si mismo. Así entendido, el acompañamiento es una ayuda para encontrar y vivir la vida con sentido, para ser coherentes con la fe. Es una ayuda temporal e instrumental de parte de la Pastoral de las Vocaciones que se propone a un hermano menor en la fe y en el discipulado. La meta es, en definitiva, la santidad del entrevistado.

                        Fundamentamos el acompañamiento espiritual-vocacional en la paternidad de Dios. En efecto, Dios es Padre y por ello modelo de paternidad. Toda experiencia humana de paternidad es un reflejo -siempre incompleto- de la paternidad Divina. Ser padre o ser madre es una realidad cotidiana y existencial que marca la vida de tal manera que, a partir de un nacimiento: se es madre o padre para siempre. La paternidad completa al varón porque integra en su vida la realidad de la mujer como esposa y como pareja y lo proyecta en una nueva vida. Lo mismo sucede -en otro plano- con la maternidad. Podemos hablar de una paternidad biológica en el momento en que el varón fecunda a la mujer, podemos hablar de una paternidad psicológica cuando el hombre asume que es padre y sobre todo, cuando asume vivir su rol de padre. Aquí hablamos de una conciencia responsable asumida, que da plenitud al ser hombre. Podemos hablar también -y entre otras realidades- de una paternidad espiritual: cuando la paternidad es asumida como don de Dios y como misión que se confronta con la misma paternidad divina. Así entendida, es una actitud existencial y una opción interiorizada. La paternidad espiritual es -también- eclesial y pastoral. Es una experiencia de donación al hijo, misterio diferente. Es responsabilidad asumida desde el corazón.   

                        El padre espiritual es aquel que asume la Iglesia como Esposa y se compromete en Dios Padre con el hijo para ayudarlo a ser y a ser diferente, a crecer y a responder vocacionalmente, por eso podemos hablar en Pastoral de las Vocaciones de una paternidad eclesial. Ella hace presente la paternidad divina. Tal paternidad es la victoria del amor y de la generosidad en una cultura de “con uno ya cumplimos”. Es el triunfo de la madurez sobre la esterilidad en un mundo sin modelos de vida, en una cultura de muerte y del mínimo En tal sentido, el acompañamiento vocacional-espiritual también es el ejercicio de la paternidad espiritual -o maternidad para la mujer- de la Iglesia.

Cuando una Diócesis, una Congregación, un Instituto o un cristiano acompaña vocacionalmente a otro, está viviendo la experiencia de la paternidad espiritual, está viviendo la paternidad responsable de la Iglesia. Cuando una Diócesis o Congregación no acompaña o no acompaña adecuadamente a sus vocacionables, está viviendo una soltería irresponsable, aunque esta expresión resulte dura. La vivencia de la paternidad espiritual hace sentir, al que acompaña, que su entrega es fecunda y completa.

La entrevista
Es mucho más que un encuentro “de café” o hacer promoción vocacional, es una acción pastoral concreta.

Ha de ser: 1) procesual, pues ha de pasar por pasos concretos antes de llegar a la meta. 2) metódica, pues ha de tener cierta frecuencia, ha de estar concertada, estar “agendada”, marcada con anterioridad. 3) integral, pues ha de contemplar la totalidad de la persona. 4) personalizada, es decir, ha de contemplar un joven concreto.

Nos hacemos varias preguntas para profundizar en el tema: ¿por qué?, ¿para qué?, ¿cómo? y ¿cuándo realizar una entrevista?... La primera interrogante es: ¿por qué hacer entrevistas? Respondemos que, en una sociedad globalizada y con eficaces MCS como la nuestra, es necesario un trato de tú a tú, de corazón a corazón. Más que nunca las personas necesitan ser escuchadas y acompañadas personalmente. La respuesta viene de la realidad: Dios escucha el clamor de su pueblo y habla a Moisés (Cf. Ex 3). El modelo es Cristo que acompaña en el camino de Emaús (Cf. Lc 24, 13- 35). Allí hace un proceso con sus discípulos que va, de la angustia y el miedo al testimonio. Es metódico, pues Cristo comienza hablando de los profetas hasta llegar a Él. Su “entrevista” es integral, pues tiene en cuenta toda la persona de cada uno de los dos discípulos. Es personalizada, ya que cada uno siente arder “su” corazón cuando habla.

¿Cómo la hizo Jesús? Con un llamado a la conversión, a la apertura al Reino y a estar con el: “vengan a mi...” (Mt 11, 28- 29), “si alguien quiere venir en pos de mi...” (Mt 16, 24). Después formó (Mt 5, 1ss) y puso exigencias propias de todo seguimiento: negarse a si mismo y cargar la cruz (Mc 8, 34- 38 y Lc 9, 23- 24), dejar padre y madre (Lc 14, 25- 27) 33 y optar por El (Lc 9, 57- 62).

Proponer y realizar entrevistas de acompañamiento personal es parte de la espiritualidad cristiana y de la pastoral eclesial. No hacerlo sería perder un instrumento privilegiado de evangelización.

                        La segunda pregunta es: ¿para qué hacerlo? Respondemos que es para colaborar en la maduración de la fe, para ayudar a unificar a la persona en torno a su vocación e identidad espiritual, para colaborar en la construcción de un proyecto de vida, para complementar los itinerarios grupales, para complementar el crecimiento psicológico de cada fiel, para que el acompañado ame más y mejor y, sobre todo, para que el discernimiento vocacional sea eclesial.

La tercera pregunta es: ¿cómo hacerla? Se ha de hacerla con profesionalidad y desde el corazón. Se ha de partir de la realidad de cada uno, se ha de tener en cuenta los silencios, gestos, contenidos del diálogo, etc. Quien acompaña a de: escuchar, escuchar y escuchar. Por parte de quien es entrevistado, es necesario apertura, humildad y transparencia.

                        La cuarta interrogante que nos hacemos es: ¿cuándo hacerla? Especialmente cuando se inicia un proceso formal.

                        Condiciones para ser acompañante
                        Quien realiza la entrevista de acompañamiento ha de conocer su historia personal y su vocación, estar reconciliado con su pasado, su realidad, su afectividad, su yo-real y su yo-ideal, sus fortalezas y sus debilidades. Ha de saber que la hace “en nombre de la Iglesia”, por eso ha de cultivar la humildad, no se ha de proponer a sí mismo sino a Jesús, ha de guiarse por criterios de comunión. Ha de tener: paciencia, capacidad de empatía, misericordia, madurez humana y de fe, oración personal y testimonio eclesial, responsabilidad en el propio proceso y fidelidad vocacional, libertad interior y objetividad. No ha de hacer por el otro lo que éste puede y debe hacer por sí mismo. Ha de poseer capacidad pedagógica, formación teológica y comunión con el Espíritu. Ha de tener la disciplina de confrontarse él mismo con otro acompañante y, en lo posible, trabajar en un equipo inter-disciplinar.

                 Quien entrevista está sometido a ciertos peligros: no captar la búsqueda de dependencia o seguridad de parte del acompañado, no procesar interiormente los “efectos” del acompañamiento, por ejemplo, no procesar sus temores ante la infidelidad cuando el acompañado lo menciona. También: atracción por el acompañado del otro sexo, deseo de  proyectarse en un acompañado “muy parecido” a sí, involucrarse en tensiones, problemas personales, afectos del otro. Pensar que es “su” vocacionable, o escuchar mostrando apuro, o desinterés. Puede no percibir que debe derivar a un especialista ciertos casos, no captar ciertas patologías, somatizaciones, dificultades afectivas, etc. También estará siempre el peligro de pecar contra el acompañado. Son pecados contra el otro: cosificar, dominar afectivamente, castigar, dominar psicológicamente, engañar, manipular, ironizar, no dejar crecer, tener lástima, criticar, no dejar independizarse, juzgar, no dejar ser libre, censurar, curiosear, encasillar, dirigir, dominar, etc.

                 El encuadre de la entrevista
                      Se debe tener en cuenta un lugar adecuado donde muebles, mesas, etc., estén a una cierta distancia entre las personas, tanto si caminan como si están sentadas. Se ha de observar que no haya interferencias u objetos que corten la comunicación, como teléfono o celular. Acompañado y acompañante han estar de acuerdo en el tiempo de la entrevista y en sus objetivos. Durante la entrevista se ha de estar atento al lenguaje no verbal y a la forma en que se presenta la persona: vestimenta, posición del cuerpo, problemática de la que habla con frecuencia, silencios, gestos, lenguaje, cultura, etc., hasta llegar a comprender los códigos del otro. Se ha de estar atento al elemento psicológico: dependencias afectivas, bloqueos, incapacidad de verbalizar sentimientos, diferencias ideológicas y teológicas que puedan haber. En definitiva, se ha de comprender que durante la entrevista el otro es la Iglesia concreta y que por eso merece tiempo y atención, todo mi tiempo y toda mi atención.

            Tanto quien realiza la entrevista, como quien la solicita, han de buscar la presencia del Espíritu que está en lo interior de la conciencia, que inspira y hace fecunda la vida de cada discípulo. Por eso no se han de centrar en aspectos superficiales como, por ejemplo, los últimos resultados de fútbol. Quien hace la entrevista ha de tener claro el primado de la misericordia.
           

Objetivos de las entrevistas

El hombre crece en la medida en que profundiza su relación con Dios, toma conciencia de que es salvado en su historia personal y asume que ha de convertirse. Crece si discierne y desarrolla sus talentos. Se desarrolla cuando, trascendiendo a sí mismo, sale de su egocentrismo y se compromete en la vida con una misión determinada.

En la primera etapa  vocacional son objetivos de las entrevistas:

            - Ayudar a que la Persona se conozca para conocer mejor la Voluntad del Padre. Ayudar a descubrir debilidades y límites, fortalezas y posibilidades de vida, etc. (nivel antropológico).
            - Ayudar a desarrollar las potencialidades espirituales para el crecimiento integral de la persona, la elaboración y fidelidad a un proyecto de vida propio desde Cristo (nivel cristológico).
            - Ayudar a abrirse a la comunidad eclesial y social en la que vive desde la propia realidad y cultura (nivel eclesiológico o socio- pastoral).

                        Los objetivos incluyen una dimensión personal y otra comunitaria. Al interior del proceso se ha de evitar la excesiva espontaneidad del acompañado o que solicite una entrevista “cuando existe un problema” o “cuando voy a decidir”.

Los contenidos de las entrevistas

                        Una vez que se establece que hay disposiciones para realizar un proceso y, en consecuencia, un acompañamiento a través de entrevistas, es importante verificar ¿desde dónde se parte? El punto de partida es siempre la realidad del vocacionable: su personalidad, sus motivaciones,  opciones, cualidades, fe, historia personal pues el Espíritu habla a cada uno en su ambiente.

                                    Los Jesuitas de México, en su “manual de acompañamiento”, señalan como elementos de conocimiento previos al acompañamiento: la familia, ¿cómo estoy haciendo mi trabajo?, ¿cómo es la relación con Dios y la oración?, ¿cuál es la historia de dolor en esa vida?, ¿cuál es la historia de amor y amistad que tiene la persona?, ¿cuál es el compromiso cristiano que asume y la vivencia de lo sexual?, ¿cuáles son los puntos débiles que encuentra para seguir a Jesús? Durante la entrevista se proponen preguntas como: ¿cómo andas?, ¿qué has vivido?, ¿hay algún problema especial a tratar? En la primera entrevista se sugiere comenzar con preguntas como: ¿qué has vivido?

Otras temáticas vienen de lo que llamaremos cuatro familias de vivencias: a)  anhelos de amistad, de ser amados y de amar, de satisfacción; b) el mundo de las ofensas, de ser ofendido u ofensor, el mundo de la enemistad y de los sentimientos negativos: miedo, rabia, culpa, deseos de venganza, etc. c) el mundo de los límites personales de relación, de conflictos y rupturas, la realidad de ser distintos... y de tener conciencia de ello; d) el mundo de la sabiduría que surge de la capacidad y el deseo de re- hacer una relación humana, de crear nuevas relaciones.

                        En la entrevista interactúan el acompañado, el acompañante y el Espíritu Santo. El Espíritu impulsa, a los que se han confiado en Él, hacia Jesús, hacia el bien común y el Amor. Él es el verdadero acompañante. El Espíritu regala sus frutos de libertad, transformación y santidad.

                        Existen diversos estilos de entrevistas. Pueden centrarse en el problema que presenta el acompañado o en la persona, tener una actitud autoritaria o democrática y empática. Puede realizar preguntas inquisidoras o exploratorias, hacer silencios o dar consejo, ordenar la información, iluminar la situación, sugerir y ayudar a expresar los sentimientos. Puede quedarse en lo psicológico o integrar lo espiritual.
           
          Son problemas frecuentes a tener en cuenta: la inmadurez afectiva, la dificultad de optar y de optar para siempre, la imagen de Dios que se tiene, por lo que las temáticas siguientes han de incluirlos oportunamente. En definitiva, los contenidos han de buscar responder a las preguntas esenciales de toda persona, las que dan identidad personal. Aunque cada vocacionable es quien establece la temática de su propio proceso, siempre se ha de abarcar todas las dimensiones de la personalidad humana y de la fe. Por eso el proceso supone un conocimiento personal, de los demás y de Dios.
   
- Nos preguntamos: ¿cómo fuimos acompañados? (personas, lugares, duración, dificultades y aportes principales
- ¿Qué logros y qué fracasos encontramos en las entrevistas que realizamos?

En términos vocacionales hemos de recordar que el joven -varón o mujer- está haciendo un proceso. En la primera etapa no es el momento de hablar aún del carisma o de proponer una experiencia de comunidad religiosa, porque ello sería quemar etapas.

A tener en cuenta
Lo importante es ayudar a verbalizar la historia personal; se puede, por ejemplo, contar en una entrevista la niñez, en otra la adolescencia y así sucesivamente dando tiempo y prestando atención a las primeras temáticas que son las que generalmente marcan el acompañamiento posterior; se ha de estar atentos también a los gestos, silencios, sentimientos, etc. Después de una mirada a la historia personal, se puede ayudar a hacer un “diagnóstico” de fortalezas y debilidades y ayudar a trazar a nivel humano- espiritual, metas que ayuden a desarrollar las primeras y a convertir las segundas; al diagnóstico se podría agregar una agenda semanal pues un problema frecuente de hoy es la incapacidad de apropiarse del tiempo y de trazarse metas. En definitiva, los primeros contenidos han de buscar responder a las preguntas esenciales de toda persona: ¿quién soy? y ¿cómo soy?, es decir, las preguntan que dan identidad a cada persona; después se avanzará- progresivamente- a temáticas que abarquen toda la personalidad.En síntesis, el orden de la temática es:
- historia personal.
- diagnóstico de fortalezas y debilidades.
- metas para esta primera etapa del acompañamiento.

Durante este tiempo, además de la sugerencia de algún retiro y en especial de Ejercicios Espirituales, de la oración personal y de la responsabilidad en y con el grupo juvenil, son presentadas las dos preguntas de: ¿para quién soy? y de ¿cómo soy? que ayudan a ir pensando ¿cuál es la misión de mi vida?

Durante las entrevistas se puede aportar con textos bíblicos estimulando al compromiso, ayudando a revisar los sentimientos. Al final de cada entrevista se pueden subrayar algunas ideas importantes o dejar como tarea para la semana siguiente algunos puntos a profundizar.

          Pasos concretos.
Primer momento: La acogida
Consiste fundamentalmente en un ejercicio de escucha. Se ha de prestar atención a gestos, sentimientos que afloran, palabras, etc. Todas las personas estamos dispuestas a hablar a quienes demuestran interés por nosotros y nos escucha realmente. Se trata  de que el acompañado, al ver que se lo atiende, se sienta animado a hablar y verbalizar lo que vive. El acompañante ha de adoptar una postura física que muestre que está atendiendo.

Ver. En el conocimiento de una persona resultan más significativos los elementos que llegan a captarse con los ojos (observación) que con el oído (escucha). Existe un lenguaje no-verbal que ha de ser tenido en cuenta.  

            Escuchar. Es recoger y recordar lo más fielmente posible cuanto el otro está diciendo, sin olvidar estar atento a las propias reacciones (las del acompañante). No se ha de intervenir mientras el otro desea decir algo; cuando la persona tiene dificultad en expresarse, no hay que tratar de adivinar. No se han de hacer comentarios, valoraciones o reflexiones personales antes de tiempo.
 .
Segundo momento: el aporte
Se trata de devolver al entrevistado lo que resulte significativo, tanto del lenguaje verbal, como del no-verbal. Hemos de recordar que no siempre comprendemos todo, que, especialmente al comienzo, es necesaria cierta empatía…Lo importante es ayudar a reformular contenidos, sentimientos y el nexo causal entre contenidos y sentimientos.
  
Algunas personas suelen narrar situaciones como si las estuviesen viendo, pero sin involucrarse. Es necesario invertir los papeles llevando al entrevistado al primer plano y ayudándolo a tomar conciencia de su responsabilidad. Ello se consigue pasando, de la tercera a la primera persona. Se trata de personalizar los problemas y ayudar a descubrir que Dios está presente en toda situación. Otro objetivo consiste en trabajar los sentimientos y sus causas.

Tercer momento: la decisión
Llega un momento en que, la persona acompañada, llega al tiempo del discernimiento y de la elección. Es un tiempo propicio para redefinir la meta (la Vocación) según el Plan de Dios. A esta etapa puede agregarse otra: la confirmación de la decisión. Este paso ayudará a que la decisión sea mantenida en el tiempo, en fidelidad.

Ejercicio
  • El grupo de sub-divide en tres.
Cada uno desempeñará sucesivamente un papel. Uno hará de acompañante, otro de acompañado y el tercero de observador.  
·         Los dos interlocutores deberán hablar por espacio de 10 minutos sobre uno de los temas que se indiquen en su momento. El observador deberá ir tomando nota por escrito de lo que ve, en positivo o en negativo[7].

A modo de conclusión

“¿Dios, sigue llamando?” Pensamos que la respuesta es afirmativa, porque Cristo-Esposo no abandona nunca a la Iglesia-Esposa. Por un lado, se necesitan promotores vocacionales formados, capaces de proponer una cultura vocacional, de acercarse a los jóvenes con libertad interior y posibilitar que Él se encuentre con ellos, los llame a la conversión, al discipulado, a la comunidad y a la misión. Se trata de hacer una propuesta de calidad, que busque la excelencia. Creer en los jóvenes es confiar en sus capacidades, potencialidades, deseos profundos, esperanzas y posibilidades de formación; no es ser exigentes “porque sí”. El Maestro y su Evangelio lo son, de ahí la importancia de colaborar para que cada uno pueda despertar, discernir y formarse en su vocación, en sus dimensiones humana, cristiana y específica. Es importante ayudar a que cada uno realice un proceso vocacional.

Si la vocación es la Voluntad de Dios Padre que, en Cristo, se manifiesta por el Espíritu Santo como llamado y espera una respuesta libre y responsable de quien lo recibe, todos somos responsables de que cada persona la encuentre y viva con alegría. Para ello, la animación vocacional (SAV) ha de proponer el primado de la oración y ha de pasar de una pastoral de espera, a una pastoral de propuestas. Justamente, propuesta de itinerarios, de caminos de búsqueda, discernimiento y formación.

Testimonio final
La Pastoral Vocacional ha sido mi vida, mi alegría y mi estigma. Las vocaciones, especialmente sacerdotales, tienen un lugar especial en mi vida, han ocupado mi oración, mi tiempo, mi reflexión, mi búsqueda intelectual, mi acción pastoral y mis sentimientos. En primer lugar y luego de veintiséis años cumplidos en tres etapas, doy gracias a Dios por haberme llamado a “llamar” y a “acompañar” junto a Él; a la Iglesia por confiar en mí; a los laicos, sacerdotes y religiosos que apoyaron este servicio a nivel diocesano y nacional. Fue la “misión de mi vida”; en alguna instancia, motivo de sufrimientos porque es una pastoral no comprendida y no siempre apoyada.

Hay vocaciones.

Mientras invito a otros a este apasionante servicio y paso la antorcha a nuevas generaciones, puedo decir: bienaventurados los que, a pesar de los obstáculos, asumen el riesgo de este servicio.     

Felices las comunidades pobres y necesitadas de vocaciones, porque, desde su generosidad, harán camino y experiencia del Dios Providente que no descuida su viña.

Felices los pacientes, porque tienen la capacidad y la posibilidad de acompañar vocaciones, de respetar el tiempo de cada uno, de escuchar, de amar y de glorificar al Espíritu Santo que siempre actúa en quienes se abren a la apasionante aventura de buscar, discernir y responder a su llamado.

Felices los que tienen hambre y sed del Reino, porque, sabiéndolo con nosotros vivirán el misterio de la vida y de la fe solidariamente.

Felices los laicos, porque con sus manos y corazón construyen un mundo más humano, dignifican y santifican el trabajo.

Felices los religiosos, porque testimonian con sus vidas la fraternidad y el amor universal.

Felices los sacerdotes, porque, animando las comunidades con la Palabra, los Sacramentos y la vida, hacen visible a Jesús Pastor Bueno que es siempre fiel a su rebaño.

Felices los que entregan sus vidas más allá de sus fronteras, porque la semilla plantada siempre dará fruto.

Felices los que sufren, porque -unidos al Redentor- vivirán la alegría de dar vida en nuevas vocaciones y en la experiencia de maternidad y paternidad espiritual recibirán el “ciento por uno”.

Felices los que por actuar en Pastoral Vocacional vivan la incomprensión; porque, a pesar de las dificultades, crean la Iglesia y esperan con Ella el futuro.

Felices todos, porque, habiendo respondido al llamado y aceptando el desafío de acompañar, disciernen con los ojos del Dios que les dará siempre su Gracia. Amén.
 
                                                                                   Padre Carlos
                                               Asesor de Pastoral Vocacional, Diócesis de Salto, Uruguay.


[1] Bibliografía: 1) Silva C., “Vocación: don, identidad y misión”. 2) “La Pastoral Vocacional en el Continente de la Esperanza”, Itaicí, Bogotá 1994. 3) Otros: Cencini A., Cómo educar y en la fe y en la elección vocacional. Cuadernos del Instituto de Pastoral Vocacional, Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, Buenos Aires, especialmente número 17; Deville R., “El Dios que llama”, Montevideo 1981. Dho G., “Pastorale ed Orientamento delle vocazione”, Roma 1966. Giordani B., “Risposta dell' uomo alla chiamata di Dio”, Roma 1979. Gianiola  “Dialogo con Dio e sviluppo della personalitá”, en Rogate Ergo 45 (1982), 11 y 8- 20. León- Dufour X., “Vocabulario de Teología Bíblica”, voz Vocación y voz Voluntad de Dios, Barcelona 1976. Rulla L., “La vocazione: dialogo di Dio con la persona”, Roma 1979. Rocco U., “Diccionario enciclopédico de teología moral”, voz Vocación, Madrid 1980. Szentmártoni M., “Psicologia della vocazione”, Roma, 1990- 1991. Zueco V., “Una propuesta vocacional para la Pastoral Juvenil”, Boletín OSLAM 44 (2004), 49- 77; www. catholic.net/vocaciones.
[2] Bibliografía: 1) “La Pastoral Vocacional en el Continente de la Esperanza”, Itaicí, Bogotá 1994. 2) Silva C., “Vocación: don, identidad y misión” y “¿Dios sigue llamando? Pastoral de las Vocaciones: desafíos en tiempos de crisis”. 3) Otros

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[3] Bibliografía: Silva C., “¿Dios sigue llamando?...” y “Vocación: don, identidad y misión”; 2) Otros: Boletín OSLAM, Bogotá (42) 2003. Cencini A., “La formación permanente”. Cencini A., “Cuando la carne es débil”, La Florida- Chile 2004. De Mezerville Zeller G., “O processo da auto estima, curso de acompañamiento”, Porto Alegre 1996 y “El aprendizaje de la autoestima como proceso educativo y terapéutico”, Revista E acompañamiento”, Porto Alegre 1996 y “El aprendizaje de la autoestima como proceso educativo y terapéutico”, Revista Educación Vol 17, 1, (1993)  S. José de Casta Rica. Gonzalez A., “Celibato- vida afectiva y sexualidad”, Montevideo-Seminario 2002. Precht C., “Rasgos contemporáneos de la espiritualidad presbiteral”, Cuadernos Vianney 21. Rodríguez M., “Las diversas etapas de la formación permanente”, Medellín, diciembre 2005 (124). Sperry Len, “Sexo, sacerdocio e Iglesia”, Bilbao 2004. Szentmártoni M., “Identitá personale, un concetto ambiguo”, Orientamenti Pedagógice 35 (1988). www.wikipedia, enciclopedia libre.
[4] Bibliografía: Argüello L., “La pastoral de Jesús según los Evangelios”, Sal Térrea (octubre 2000), 695ss. La Pastoral Vocacional en el Continente de la Esperanza”, Itaicí, Bogotá 1994. Silva C., “Vocación: don, identidad y misión”. Mario L. Peresson T, www, pedagogía de Dios. .

[5] Bibliografía: www.monografías
* Esto es común a las tres etapas.
[6] Bibliografía: Silva C., “Vocación, son, identidad y misión“ y “¿Dios sigue llamando? Pastoral de las Vocaciones: desafíos en tiempos de crisis”. 3) Otros: Itaicí.
 www.archimadrid.es/vocaciones
[7]  Bibliografía: Silva C., “Vocación, don, identidad y misión” y “¿Dios sigue llamando? Pastoral de las Vocaciones: desafíos en tiempos de crisis”. Documento final del 1er Congreso de Pastoral Vocacional, Itaicí. Aparecida. Otros: Barey W.,- Connolly W., “Direcao Espiritual”, S. Paulo 1987. Bernard Ch., “Teologia Spirituale”, Torino 1989. Cencini A., “Vida Consagrada, Itinerario formativo”, S. Pablo (s/f). CELAM, “Animación de la Pastoral Vocacional”, 18 (1986). CEU, DEVYM, “El problema del acompañamiento y del discernimiento de las vocaciones”, Montevideo 1990. Cencini A., Vida Consagrada, Itinerario formativo, S. Pablo, 59. Cigoña J., Acompanhamento vocacional; un caminho, S. Paulo 1988. García C., La dirección espiritual, Lima 1988, 39- 46. González A., “El perdón, experiencia de dolor y de gozo”, en Cuadernos VIANNEY 3 (1998), Montevideo. González L., “Guiados por el Espíritu, acompañamiento espiritual de estilo integrador”, México 1998. Kennedy E.,- Heckler V., “The Catholic Priest in the United States: Psychological investigations”, Washington 1972. Jesuitas, Guía vocacional da Companhia de Jesús; orientacoes e subsídios, S. Paulo 1986.Mendizábal L., “La direzione spirituale, teoria e pratica”, Bologna 1990. Merton T., “Dirección- Contemplación”, Madrid 1986. Pighetti A., - Dutra Pesoa J., Curso para orientadores vocacionais, S. Paulo, 1981, 48- 55. Rubiano C., Pastoral para candidatos, Bogotá 1982. Rahner, “Cambio estructural de la Iglesia”, Madrid 1974. Raguin Y., SJ, “Maestro y discípulo”, Madrid 1986. Zueco V., Acompañamiento Vocacional (16), Buenos Aires 1998 y Cuadernos de acompañamiento (8), Buenos Aires, 32- 44 y 48- 64.